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José García Domínguez

Los Legionarios de Pujol

Son inasequibles al desaliento en su confianza ciega en la rectitud moral de los patriarcas de una cleptocracia institucionalizada.

José García Domínguez
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Tan sobreactuada, tan tartufesca, la general consternación de las fuerzas vivas locales ante la evidencia de que el inductor de la quiebra más que fraudulenta de Banca Catalana era un delincuente crónico está sacando a la luz el hondo poso del catolicismo en esa Cataluña que tanto gusta presumir de secularizada y ultramoderna. Un rasgo colectivo que presenta su manifestación más extravagante en el público respeto y consideración hacia individuos claramente trastornados, como la valleinclanesca monja Forcades o aquel otro lunático, el difunto cura Xirinacs. Acaso de ahí que, si a algo se parece el catalanismo místico que el ángel caído fundó allá por 1975 entre los muros de Montserrat, ese algo sea una obediencia religiosa. Le pusieron Covergencia en la pila bautismal, pero en realidad eran los Legionarios de Pujol, el genuino padre Maciel catalán.

Pecado, caída en la tentación, culpa, penitencia, compasión, vía crucis, expiación, hasta el vocabulario sacro con que la desolada prensa doméstica evoca a estas horas la inopinada confesión del estafador remite, tal vez de modo inconsciente, al ámbito de lo eclesiástico. Cuando falla la profecía, un clásico de la psicología experimental, documenta con exhaustiva pericia cómo acostumbran a reaccionar los fieles de algún credo tras demostrarse falsos los dogmas de su fe. Por lo común, y contra toda lógica, dan en intensificar el fervor en la causa aún con más entrega que antes. Disonancia cognitiva llaman los terapeutas a tales mecanismos de defensa frente a los crueles desaires de la realidad.

Al respecto, es sabido que los Testigos de Jehová se aferraron con devoción renovada a los principios de la secta tras comprobarse falaz la fecha prevista por su fundador para que se produjese el fin del mundo. Y así también los Legionarios de Pujol, inasequibles al desaliento en su confianza ciega en la rectitud moral de los patriarcas de una cleptocracia institucionalizada. ¿O existe constancia en los anales de que en algún otro rincón del planeta el jefe del ejecutivo haya especificado en sede parlamentaria el porcentaje exacto hurtado por los gobernantes en todos los contratos de obra pública? Por lo demás, los vendedores de indulgencias, un comercio que tiene muchos más practicantes en la Cataluña de hoy que en la Europa del siglo XVI, ya han puesto en marcha la campaña para exonerar al fundador de sus pecados. A fin de cuentas, Pujol no era distinto a los otros. Solo era el jefe. Apenas eso.

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