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José García Domínguez

Macron, el tutor de Ciudadanos

Una creciente cascada de intromisiones de Francia que tiene por objeto condicionar, si no dirigir y tutelar, la acción política de Ciudadanos.

José García Domínguez
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José García Domínguez - Macron, el tutor de Ciudadanos
El presidente de Francia, Emmanuel Macron | EFE

Alguien, creo recordar que un primer ministro imperial de la Reina Victoria, dijo en cierta ocasión que los países no tienen amigos permanentes, sino intereses permanentes. Y, desde más o menos los últimos tres siglos a esta parte, el interés permanente de nuestro gran vecino del otro lado de los Pirineos, Francia, es constituirse en la potencia nacional dominante en la región del Mediterráneo europeo. Una vocación hegemónica, la suya, que exige de España un papel subordinado a los intereses de París en el mejor de los casos. El ideal de Francia siempre ha sido que España jugase un rol estratégico similar al tradicional de Finlandia en relación a las necesidades de la política exterior de Rusia. El problema es que España no se deja. Algo que han ido constatando con alguna desolación los gobernantes franceses desde los célebres desaires que aquí sufrieron los hermanos Bonaparte, José y Napoleón, hasta los desplantes algo menos célebres de Adolfo Suárez a aquel altivo y chulesco Giscard d’Estaing. Por no mencionar las ajetreadas visitas al otro lado de la frontera de los Grupos Antiterroristas de Liberación cuando Felipe González decidió, y con muy buen criterio, que había que acabar de una vez con el santuario galo.

Y es que los principales partidos españoles de la era contemporánea, el Partido Popular y el PSOE, si algo comparten es una común voluntad de no tolerar que las grandes cuestiones que afecten al interés nacional se decidan desde fuera de España. Una actitud patriótica de fondo, la común a PP y PSOE, cuya última manifestación práctica fue el valiente rechazo del Gobierno del Partido Popular a las presiones internacionales de todo tipo para tratar de forzarle a solicitar un rescate financiero a la Troika que hubiese implicado renunciar en la práctica a la soberanía de nuestro país. La fantasía recurrente de Francia, no obstante, sigue siendo convertirnos a nosotros, los españoles, en una suerte de protectorado, si bien PP y PSOE son huesos demasiado duros de roer a esos efectos. Porque para Francia, es sabido, todos los nacionalismos son malos, muy malos, menos el nacionalismo francés que ellos jamás han dejado de practicar y sin ni siquiera demasiados disimulos cosméticos. Un nacionalismo francés y una vocación hegemónica regional que en los últimos tiempos se están haciendo mucho más intensos ante la inminente retirada del Reino Unido, su gran competidor histórico, del tablero europeo y la crónica indecisión de Alemania, siempre atenazada por sus fantasmas del pasado, para asumir el mando decidido de la Unión Europea. Ese es el muy preciso contexto en el que procede interpretar políticamente la insólita cascada de declaraciones públicas de altos cargos gubernamentales franceses inmiscuyéndose en cuestiones de política interna española.

Una creciente cascada de intromisiones de ese país extranjero que tiene por objeto cada vez más evidente condicionar, si no dirigir y tutelar, la acción política del tercer partido de España, Ciudadanos. Así, a propósito de los escarceos regionales de Rivera con Vox, un grupo nacionalista español de raíz tradicionalista y católica no muy distinto de lo que pueda representar la CSU en Baviera, los supercicutas del Eliseo comenzaron a impartir unas indicaciones paternales a Rivera que cada vez se iban pareciendo más a simples órdenes. Desde Nathalie Loiseau, la secretaria de Estado de Asuntos Europeos de Macron, que fue la primera francesa en arrogarse la autoridad para decidir con quién podía gobernar o no Juan Marín en la Junta de Andalucía, pasando por el Stéphane Séjourné, el jefe operativo de La República en Marcha, que vino a poner oficialmente en cuarentena a Ciudadanos tras el acuerdo tripartito en Sevilla, y acabando por las muy reiteradas amonestaciones de Guy Verhofstadt, el lenguaraz testaferro belga de Macron en la dirección de Alde, a Rivera le están diciendo todos los días desde un despacho de París lo que debe hacer. Algo a lo que ningún francés se había atrevido hasta ahora con Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar, José Luís Rodríguez Zapatero o Mariano Rajoy. Y tampoco, por cierto, con Pedro Sánchez. Quizá piensen que, por fin, han encontrado a su hombre en Madrid. Esperemos que se equivoquen.

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