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Manuel Valls

Maragall, como su hermano Ernest, como la práctica totalidad de sus colaboradores, sería hoy un separatista más. Seguro. Valls aún está a tiempo de separarse de ese espectro.

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EFE

La genuina operación Tabarnia, que no otra cosa es el proyecto de alumbrar un contrapoder institucional en Barcelona para enfrentarlo a la Generalitat rural y asilvestrada bajo el liderazgo de alguien como Manuel Valls, se asienta, por desgracia, sobre dos premisas en extremo precarias. La primera, determinante a la hora de promover la candidatura, parte de suponer que la polarización de la sociedad catalana en dos comunidades escindidas entre sí aún no sería lo bastante radical como para hacer inviable cierto trasvase de votos entre los dos bloques en función de la calidad de las ofertas electorales de cada uno de ellos. La segunda, ésta acaso achacable al limitado conocimiento directo que Valls posee de la intrahistoria reciente de la ciudad, tiene que ver con la recuperación de una herrumbrosa leyenda mítica, la de la pretendida modernidad cosmopolita de Maragall, ajena en teoría al estrecho horizonte comarcal que caracterizó al catalanismo hegemónico desde los tiempos de Pujol. Como si Maragall hubiese encarnado algo por entero distinto y distante de esa cosmovisión onanista que hoy representa el testaferro Torra.

Por desgracia, decía, ni la primera ni la segunda se compadecen con la realidad. Manuel Valls tal vez habría ganado la alcaldía hace tres años, cuando todavía era posible, pese a todo, mantener la apariencia de cierta civilidad compartida en Cataluña. Y es que en Barcelona, y desde siempre, ha existido una masa crítica que aspira a que la ciudad no acabe siendo eso que tanto parece hoy: un Sabadell con puerto de mar. Y esa gente, que es mucha, podría haber votado a un candidato dotado de su perfil mundano frente a la anodina, desoladora mediocridad provincial de la competencia. Hace tres años, sí, habría sido aún posible. Pero hoy ya no. Ahora, en Cataluña solo se vota con los pies y con el estómago. Con los pies y con el estómago. Con nada más. Ni presentando al mejor candidato del mundo, pues, ninguno de los dos bloques conseguiría algo más que trasvases internos de apoyos entre las distintas siglas que integran cada uno de ellos. Hoy, constitucionalismo y catalanismo o separatismo (son sinónimos) constituyen bloques monolíticos y sin fisuras, compartimentos estancos por completo impermeables a las filtraciones procedentes del contrario.

Diga lo que diga, prometa lo que prometa y reivindique a quien reivindique, ni un solo catalanista votará a Valls. Ni uno solo. Y viceversa. Esas realidades tan ingratas, en la Cataluña actual conviene traerlas sabidas de casa, más que nada para evitar luego frustraciones de última hora. De ahí que vindicar a estas alturas la herencia política de ese apellido vacío, Maragall, tras el que nunca hubo nada salvo una pretenciosa pose entre arrogante y huera, no lleve a ninguna parte. A fin de cuentas, si a alguien se parecía Maragall era a su hermano Ernest, que no por casualidad fue siempre su mano derecha en el gobierno de la ciudad. Maragall tuvo buena prensa porque supo pagarla. Conocía, quizá su mejor virtud política, el gran secreto de los intelectuales, a saber, que nada les conmueve espiritualmente más que un talón al portador. De ahí el mito de papel que aún hoy, tantos años después, algún Madrid papanata sigue comprando. Maragall, como su hermano Ernest, como su amigo íntimo Rubert de Ventós, como su asesor áulico Ferran Mascarell, como la práctica totalidad de sus colaboradores, sería hoy un separatista más. Seguro. Valls aún está a tiempo de separarse de ese espectro.

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