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Mi sospecha personal

Los servicios de inteligencia de los grandes Estados sólo precisan pulsar una tecla para que los secretos mejor guardados emerjan a la luz.

Los servicios de inteligencia de los grandes Estados sólo precisan pulsar una tecla para que los secretos mejor guardados emerjan a la luz.
Trump y Netanyahu en su rueda de prensa en la Casa Blanca. | EFE

Hay una música de fondo en la geopolítica, que es la única política importante de verdad, que el oído acostumbrado al ruido del gallinero doméstico nunca termina de percibir, mucho menos de descifrar. Dentro del cercado adánico del gallinero vivimos en la ficción de que los asuntos turbios se esclarecen a base de autos judiciales y comisiones rogatorias. Como si la caverna platónica de la Carrera de San Jerónimo no estuviera a muchos miles de kilómetros de donde el poder real se administra en despachos sin ventanas a la calle.

En la trastienda del chocante caso de Zapatero, chocante por la inopinada eficacia de los investigadores judiciales a la hora de obtener información en varios rincones remotos del planeta sobre las andanzas financieras y societarias del entorno del expresidente de la cuarta economía del euro, informaciones todas ellas indiciarias de la comisión presunta de graves delitos, acaso haya algo más que diligencia policial y buena suerte por parte del Poder Judicial español. España lleva mucho tiempo ya, demasiado tal vez, jugando a la ruleta rusa con muchas de las cuestiones más conflictivas de la gran escena internacional. Venezuela, Irán, Israel, Palestina Hay algo del adolescente inmaduro e inexperto que todavía se cree inmune a las resacas en esa búsqueda constante del foco mediático planetario que retrata la acción exterior del Ejecutivo español. Y esas audacias juveniles, más pronto o más tarde, siempre se acaban pagando.

Porque el Imperio calla a veces, pero nunca olvida. Le va la autoridad en ello. Es de sobra sabido, sí, que el dinero siempre deja rastros por el camino, pero resulta preciso disponer de los satélites adecuados para poder detectar esas huellas, a veces tan minúsculas, casi imperceptibles. Y no cualquiera dispone de acceso franco a esos muy complejos y sofisticados instrumentos de búsqueda. Donde las togas locales se topan con insuperables muros transatlánticos de sociedades pantalla y otras mil barreras extraterritoriales, los servicios de inteligencia de los grandes Estados que ejercen la hegemonía sólo precisan pulsar una tecla para que los secretos mejor guardados emerjan a la luz. Lo dicho, demasiada ruleta rusa.

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