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Nuestro error en Venezuela

En Venezuela no impera la democracia, pero sí en cambio el populismo. Justo lo contrario de cuanto acontece en España.

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EFE

Tras la enésima investidura presidencial del ectoplasma del coronel Hugo Chávez, ahora reencarnado en el pajarito parlanchín que frecuente el hombro del obtuso conductor de guaguas Nicolás Maduro, en Europa se sigue incurriendo en el yerro de trazar analogías miméticas entre el régimen de Venezuela y la dinastía comunista fundada por los Castro en Cuba. Yerro, sí, porque lo de Venezuela siempre tuvo por modelo a seguir el México de la legendaria dictadura perfecta del PRI, una autocracia implacable si bien adornada con todos los elementos externos y cosméticos propios de cualquier democracia representativa al uso, mucho más que al explícito, obvio e indisimulado entramado autoritario de la isla. El chavismo, un movimiento político bastante menos burdo en su concepción del poder de lo que da a entender la retórica chusca de sus líderes, tuvo en su día la inteligencia política de mantener a toda costa las apariencias formales de un sistema pluralista; apariencias ornamentales que un sector de la oposición, el menos lúcido, se prestó a legitimar por la muy ingenua vía de acceder a participar en las mascaradas electorales organizadas por la dictadura.

Una candidez recurrente que no ha tenido más consecuencia práctica que el involuntario encubrimiento por parte de sus víctimas de la verdadera naturaleza del sistema de poder en Caracas a ojos a de una parte significativa de la comunidad internacional. Porque en Venezuela, y merced a esa desgraciada combinación de falta de perspectiva parte de la oposición y de inopinada agudeza estratégica en las filas del régimen, se dan a día de hoy todos los elementos de una democracia liberal, todos salvo, claro está, la posibilidad real, que no teórica, de que los chavistas pudieran en algún momento ser desalojados del poder a través del mecanismo pacífico y civilizado de las urnas. La consideración asimétrica que en el plano internacional, y particularmente en el ámbito de la Unión Europea, merecen las autocracias de Cuba y Venezuela responde a ese error contumaz en el que, una y otra vez, incurre la oposición interna a Maduro, demasiadas veces convertida en un inconsciente remake caribeño del Partido Campesino de Polonia de cuando Gomulka.

En Venezuela no impera la democracia, pero sí en cambio el populismo. Justo lo contrario de cuanto acontece en España, donde sí existe una democracia ejemplar y no se da, pese a los ríos de tinta y charlatanería indocumentada que se dedica al asunto, ninguno de los rasgos típicos del genuino populismo. Porque el populismo, que es un invento político nacido con carnet de identidad sudamericano, se define históricamente por tres características básicas, las que ahora mismo retratan al sistema político venezolano, que están casi por entero ausentes en nuestro país. Esos tres elementos, consustanciales al chavismo, se pueden sintetizar en, primero, un relato doctrinario que idealiza al pueblo; segundo, en la relación directa, vertical y sin intermediarios de ningún tipo entre el líder carismático y las masas; y, tercero, una deslegitimación permanente de las instituciones propias de la democracia liberal por parte del discurso dominante. Eso, por desgracia, es Venezuela. Y eso, gracias a los dioses, no es España. Todavía.

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