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Para entender el Brexit

Lo sorprendente es que hayan demorado tanto su partida. Una partida, por lo demás, en la que habrá mucho más ruido que consecuencias prácticas.

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Lo raro, si bien se mira, no es que los ingleses hayan decidido abandonar ahora la Unión Europea, lo en verdad extraño es que hayan tardado tanto tiempo antes de decidirse a hacerlo. A fin de cuentas, y aunque demasiadas veces se olvide, Europa fue desde el principio un proyecto esencialmente político, no económico. Cuando Adenauer, Schuman y De Gasperi fundaron el Mercado Común, la primera piedra de esa empresa histórica, no estaban pensando en alumbrar una simple zona de libre cambio exenta de aranceles para que franceses, italianos y alemanes vendieran frutas y verduras a cambio de acero y tornillos. La idea, el objetivo a largo plazo, era otra mucho más ambiciosa. Se trataba no de comerciar con lechugas y tuercas sin restricciones aduaneras, sino de convertir de nuevo a Europa en la fuerza política, económica y cultural hegemónica de Occidente, un gran bloque integrado y capaz de disputar la preeminencia global a Estados Unidos. Un proyecto, el de la Gran Europa, que los anglosajones, aunque solo fuera por razones instintivas y de mentalidad, siempre consideraron ajeno a su congénita querencia atlantista. De ahí que lo en verdad sorprendente sea que hayan demorado tanto su partida. Una partida, por lo demás, en la que habrá mucho más ruido que consecuencias prácticas. Y es que, más allá de la retórica efectista y grandilocuente, el impacto real del abandono británico va a ser mínimo para ambas partes.

Será mínimo, casi despreciable, por una razón fundamental y otra accesoria. Esa primera y fundamental es que británicos y continentales no vivimos en el año 29 del siglo XX, sino a finales de la segunda década del XXI. Algo, el marco temporal, que relativiza hasta rozar casi el extremo de la insignificancia la importancia de las barreras arancelarias en el comercio internacional. Es cierto, sí, que dentro del paraguas aduanero de la Unión Europea no existe traba alguna de orden nacional a los intercambios comerciales. Tan cierto como que las barreras arancelarias que hoy marcan las lindes de los grandes espacios económicos mundiales son cada vez más livianas desde el punto de vista cuantitativo. Dentro de la Unión Europea, los ingleses no pagaban nada por vendernos sus productos. Pero es que, estando fuera, tampoco van a pagar prácticamente nada. El nivel arancelario medio para sus exportaciones a la Unión será del 3%, algo menos que una propina oficial catalana. El mismo 3% que están pagando ahora mismo todas las empresas norteamericanas que venden su producción en Europa. Y por un mísero 3% ni se va a arruinar nadie ni tampoco se va a acabar el mundo. En cuanto a la accesoria, procede recordar hoy cuál es el muy restringido estatus de Noruega y Suiza, los otros dos disidentes de la familia, en sus relaciones cotidianas con la Unión. Porque Suiza y Noruega se tienen que tragar todos los días su soberanía y su orgullo nacional si quieren seguir teniendo acceso a nuestro mercado.

Sépase que esos dos países arrostran la obligación de cumplir todos los reglamentos comunitarios, por mucho que no sean formalmente naciones integrantes de la Unión Europea. Pero no queda ahí la cosa. Suiza y Noruega están obligadas asimismo a incorporar a su legislación nacional todas las normas con fuerza de ley emanadas de la Unión Europea. Razón por la cual el Gobierno suizo no puede impedir que un ciudadano español decida instalarse en Berna para buscar trabajo, por ejemplo. Pero es que, además, están obligados a pagar. Pagar, sí, para ayudar, igual que los países miembros, a mantener la Unión. En concreto, cada ciudadano de la muy soberana, altiva e independiente Noruega paga cada año unas 106 libras esterlinas a Bruselas para que su país pueda seguir teniendo derecho a comerciar con la UE. Casi lo mismo que estaba desembolsando anualmente cada contribuyente británico (unas 128 libras per capita). Demasiadas alforjas para un imposible viaje de vuelta a la vieja y añorara soberanía perdida.

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