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Podemos y Cataluña

A cuantos barruntan votar Podemos en Cornellá o Badalona, una 'estelada' les suscita idéntica emoción que una salchicha de Frankfurt.

José García Domínguez
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Decía Mark Twain que la historia no se repite, pero rima. Cuando en la Cataluña tronada de la República los viajantes de comercio de la Esquerra abrieron la caja de Pandora de la revolución, lo que llegó después fueron los murcianos de la FAI prestos a comerse curas y fusilar catalanistas, un deporte que siempre ha contado con gran predicamento en la Rosa de Fuego. Rasgo singular de los micronacionalistas locales es que, al modo de los antiguos Borbones, nunca aprenden y nunca olvidan. De ahí que, cuando menos lo esperaban, se les haya vuelto a aparecer el espectro de Durruti en la Plaza de San Jaime. Un Durruti fashion, eso sí, que luce coleta, tejanos de marca y pulseritas piji-progres de moco de elefante. Nada que ver, pongamos por caso, con el torpe aliño indumentario del pobre Cayo Lara, tan camp, tan viejo paradigma, tan out.

Podemos, una marca virtual ingeniada por un grupo de ciudadanos españoles nacidos y criados en la capital de la metrópoli que oprime al país petit, ya sería la tercera fuerza electoral en Cataluña a decir del mismísimo Centro de Estudios de Opinión de la Generalitat. Sin líder local conocido, sin militantes, sin sedes, sin medios de comunicación afines en la plaza, sin nada de nada. La tercera fuerza. Y no son de los suyos. Porque Podemos, guste o no, es España. Y los que les van a votar en la corona metropolitana de Barcelona, también. No, no son de los suyos. Como tampoco lo eran aquellos anarquistas de Tarrasa que hacían temblar de pánico a los muy catalanes fabricantes de Sabadell, los mismos que acabaron pagándole la guerra a Franco para que se los quitase de encima.

Podemos está llamado a ser el octavo pasajero en el viaje a Ítaca de nuestros airados niños bien de CiU, los altivos talibanes amamantados durante un cuarto de siglo a la sombra del pujolismo. Un caballo de Troya. Porque el sufragio de la ira y la desesperación, que no otro va a ser el de Iglesias también en Cataluña, es indiferente a las banderas. A cuantos barruntan votar Podemos en Cornellá o Badalona, una estelada les suscita idéntica emoción que una salchicha de Frankfurt. La misma. Los aprendices de brujo, al fin, lo han logrado: Durruti vive.

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