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José García Domínguez

Populista es el PSOE, no Podemos

El cliente de los populistas, en lugar de pagar como su nombre indica, cobra.

José García Domínguez
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El cliente de los populistas, en lugar de pagar como su nombre indica, cobra.
La presidente de Andalucía, Susana Díaz | Europa Press

Esas dos noticias coincidentes en el tiempo, la de la carta del señor alcalde currante de Cádiz al académico Monedero y la publicación en la prensa nacional de una lista de ochenta y cinco enchufados del PSOE en nómina en uno de tantos entes administrativos inútiles que parasitan el erario de Andalucía, invita a replantearse, y muy en serio, si estamos utilizando con precisión el término populismo en el lenguaje político español. Porque si algo se parece de verdad a lo que ha sido el populismo desde la invención del término, en el siglo XIX, ese algo es lo que viene cometiendo el PSOE en Andalucía de ocho lustros a esta parte. Por el contrario, el monjil intercambio epistolar entre el alcalde currante y el currado asesor de caudillos bananeros, si bien se mira, no pasa de pura, simple, vulgar y prosaica demagogia de garrafón. De la barata, de la corriente y a granel de todas las barras de bar. La demagogia política, es bien sabido desde tiempos de Platón, consiste en el arte retórico de ofrecer sencillas soluciones que se saben falsas a un público que se sabe ignorante. Y en eso, tanto el señor alcalde como el hacedor de informes monetarios son peritos de contrastada valía.

Mas, insisto, lo suyo solo es demagogia, no populismo. Populismo, populismo del de verdad, es lo que hace, y desde tiempo inmemorial, el PSOE ereizado y meridional de Díaz. Pues la voz populismo remite a una manera de hacer política indisociable de entornos marcados por la pobreza material. De ahí que en la Europa del norte, al igual que en las regiones de mayor desarrollo económico de la del sur, afloren muchas taras congénitas en la vida política, muchas, pero no la del populismo. Y es que las estrategias populistas presentan un problema: nunca funcionan con los ricos. Nunca. Y ello por una razón simple, a saber: porque a los pobres se les puede comprar con bien poca cosa –una subvención, una dádiva menor, la promesa de un empleo de bajo nivel vinculado a la administración pública–; sobornar a los ricos, en cambio, resulta prohibitivo por lo muchísimo más oneroso que se antoja adquirir su voluntad a un tanto alzado. De ahí que el muy populista PSOE de la muy populista Díaz pueda permitirse comprar por cuatro perras gordas el sufragio vitalicio de esos ochenta y cinco estómagos precarios y agradecidos.

A diferencia de la pura y simple corrupción, en los regímenes populistas, como ese de libro que la presunta socialdemocracia de Ferraz ha instaurado de Despeñaderos para abajo, no únicamente rapiña beneficios personales el político que hurta fondos estatales. Al contrario, el genuino rasgo definitorio del populismo es su dimensión comunitaria y redistributiva. Así, el cliente de los populistas, en lugar de pagar como su nombre indica, cobra. Cuenta Fukuyama en su último libro que el partido que gobierna Taiwán ininterrumpidamente desde la fundación del Estado, el célebre Koumintang, logró ganar las elecciones de 1993 gracias a que subió a última hora la tarifa por cada voto. Frente a los magros tres dólares que en aquel tiempo se pagaban en Filipinas por cada sufragio, el Koumintang disparó el precio de mercado al alza: diez dólares americanos por papeleta. Eso es populismo y lo demás, zarandajas teóricas de penenes de la Complutense borrachos de Laclau. ¿Me preguntas qué es populismo, Susana? Populismo eres tú.

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