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José García Domínguez

Por qué Torra juega al Apocalipsis

Torra y Puigdemont, hagan lo que hagan, no pueden crecer más. Y lo saben. Junqueras tampoco.

José García Domínguez
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Torra y Puigdemont, hagan lo que hagan, no pueden crecer más. Y lo saben. Junqueras tampoco.
EFE

A día de hoy, es bien sabido, el 47% de los habitantes de Cataluña se muestran firmes partidarios de crear una república independiente segregada de España. Y entre esos secesionistas hay muchos, probablemente la mayor parte, convencidos de que si lograsen llegar al 51%, esto es, si consiguieran crecer apenas cuatro puntos estadísticos, el objetivo resultaría alcanzable. Entre esos creyentes figuran tanto Torra como Puigdemont, pero no así Junqueras. Ha necesitado un par de largos años entre rejas (en la cárcel cada año es una eternidad infinita) para acabar de entenderlo, pero al final el líder de Esquerra ha comprendido, él sí, que el precio de proclamar la independencia con el apoyo de la mitad raspada de los votos no sería otro más que la guerra civil. Y una guerra no entre Cataluña y España, sino entre catalanes. La misma guerra civil que estuvo a punto de empezar en octubre del año 17. Y que, de momento, permanece aplazada, solo aplazada. Por lo demás, Junqueras no es ni mejor ni peor que los otros dos, sino que simplemente resulta ser alguien consciente de los límites demográficos infranqueables que afronta el nacionalismo indigenista heredero de la cultura política pujoliana, ese que hoy encarna Torra.

El pujolismo, fiel a la tradición histórica del catalanismo conservador desde los tiempos de Prat de la Riba, nunca consideró que la población de origen alógeno, nada menos que la mitad del censo electoral de Cataluña, mereciera en serio la consideración política asociada al principio de la ciudadanía. Para ellos, toda esa gente únicamente forma parte paisaje. Es solo el decorado en el que se desarrolla su obra. De ahí el carácter homogéneo y pétreamente monolítico de su base social. En ese sentido, Torra, a pesar de lo mucho que se ha escrito y hablado de su explícita xenofobia hispanófoba, no representa ninguna anomalía extravagante que se aparte demasiado de la línea canónica propia del pensamiento profundo del nacionalismo de derechas. Torra no es ni más ni menos supremacista que el propio Pujol o que el resto de la élite dirigente de la antigua Convergencia, ahora tan añorada en Madrid. Si acaso, es un poco menos hipócrita que todos ellos, rasgo personal que le honra. Por eso el irredentismo asilvestrado que caracteriza sus posiciones actuales, en paradójico contraste con la posibilista moderación de Esquerra.

Torra y Puigdemont juegan hoy la carta del Apocalipsis por una razón bien sencilla, a saber: porque no disponen de ninguna otra. Ya se ha apuntado ahí arriba: la expansión numérica de los nacionalismos indigenistas, y el suyo lo es de libro, chocan siempre con un límite cuantitativo que viene determinado por la demografía. Para ellos, como antes para Pujol, solo cuentan los catalanes puros, y a esos (conviene que no nos engañemos mucho al respecto) ya los tienen. Por tanto, y siempre desde su perspectiva, no hay razón alguna para seguir esperando. Que la vía insurreccional no conduzca a ninguna parte es otra historia. Torra y Puigdemont, hagan lo que hagan, no pueden crecer más. Y lo saben. Junqueras tampoco. Pero esa es la parte que el de Esquerra todavía no ha entendido.

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