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José García Domínguez

Rusia tiene razón

No repitamos, en fin, el error de Yugoslavia ; sobre todo, cuando la única Yugoslavia que resta en pie en el continente se llama... España.

José García Domínguez
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No repitamos, en fin, el error de Yugoslavia ; sobre todo, cuando la única Yugoslavia que resta en pie en el continente se llama... España.

Antes de pronunciar algunas enfáticas tonterías biempensantes a propósito de Ucrania, mejor harían nuestros dirigentes adoptando un par de cautelas preventivas. La primera, emular los hábitos del ciudadano Carod Rovira procediendo a observar en un mapa dónde se encuentra situada Cataluña. La segunda, recitar mentalmente cierta sentencia que hizo célebre lord Palmerston, el legendario ministro de Exteriores del Imperio Británico cuando la reina Victoria; aquella lacónica obviedad que rezaba: "Los países no tienen amigos permanentes, sino intereses permanentes". Porque los intereses estratégicos de España no parece que pasen por el fomento de Estados-nación tan ficticios como ese extravagante invento de Kruschev, la Gran Ucrania; el capricho arbitrario de un déspota soviético que mutiló un territorio, Crimea, tan histórica y culturalmente ruso como Baviera lo pueda ser de Alemania o la provincia de Tarragona de España.

Y es que, con Putin o sin Putin, Crimea jamás ha sido otra cosa más que Rusia. Al respecto, acaso haya llegado el instante de enmendar la soberana necedad que nos guió en los Balcanes, la que nos empujó a cooperar con entusiasmo digno de mejor causa en la destrucción de Yugoslavia. Por lo demás, la Guerra Fría ha resultado ser un difunto que goza de excelente salud; al punto de que también los polacos parecen haber acusado recibo de la buena nueva, de ahí que se hayan apresurado a instalar en su territorio ese escudo antimisiles norteamericano que, según Condoleezza Rice, "no va dirigido contra nadie", pero que apunta directamente hacia Moscú.

Retorna, pues, Clío al viejo escenario del que quiso expulsarla el cándido de Fukuyama. Ahora ha quedado claro que Putin hablaba muy en serio cuando definió el derrumbe de la Unión Soviética como "la mayor catástrofe geoestratégica del siglo XX"; sus carros de combate desfilando por Georgia fueron la primera prueba de que, tras el efímero espejismo posterior a la caída del Muro, la Historia había vuelto a donde siempre solía. Rusia y Europa, no se olvide, son vecinas en el espacio, pero no en el tiempo; geopolíticamente, viven en siglos distintos; Europa, instalada en su adánica quimera posmoderna; Moscú, en cambio, habitando en el más altivo nacionalismo de Estado del XIX. No repitamos, en fin, el error de Yugoslavia ; sobre todo, cuando la única Yugoslavia que resta en pie en el continente se llama... España.

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