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VOX y las tres derechas

Todo lo que gane VOX a partir de este instante lo van a perder el PP y Ciudadanos. Y viceversa. Porque, al menos de momento, la fantasía de la transversalidad es solo eso, una fantasía infundada.

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Que España fuese junto con el otro país de la Península Ibérica, Portugal, el único lugar de Occidente, el único, donde no hubiera irrumpido aún en escena alguna fuerza política de derecha populista (de algún modo hay que llamarla) confrontada a la tradicional constituía una anomalía que, más pronto que tarde, el simple paso del tiempo se iba a encargar de corregir. Y eso es lo que, aquí y ahora, acaba de suceder en Andalucía. Al igual que Podemos y que Ciudadanos, VOX, esa última esquirla desprendida de la explosión terminal del bipartidismo, ha venido para quedarse. Como los otros dos recién llegados, tampoco va a ser flor de un día. A partir de ahora mismo, pues, procede empezar a considerar como un rasgo permanente de la derecha política española el hecho de su fragmentación en tres obediencias partidarias confrontadas entre sí. Desde su reunificación en la década de los noventa, cuando José María Aznar logró convertir al Partido Popular en unas siglas ómnibus, en un gran paraguas electoral capaz de agrupar bajo una misma obediencia al heterogéneo espectro sociológico que iba desde los últimos residuos de la extrema derecha añorante del franquismo hasta una franja nada desdeñable de electores fluctuantes e intercambiables con el PSOE, nadie había osado disputar la hegemonía en ese espacio, el del centro-derecha, al PP. Pero la Gran Recesión, primero, y la final deriva insurreccional de los catalanistas, después, se encargaron de crear las condiciones necesarias para que antes Ciudadanos y ahora VOX rompieran finalmente ese monopolio.

Novísima partida a tres bandas, la que a partir de ya comenzará a jugar la derecha en todas las citas electorales por venir, ante la que procedería ir desprendiéndose de la muy voluntarista quimera de que dividir equivale a multiplicar. Porque dividir, aquí y en Lima, solo equivale a dividir. Ni a sumar ni a multiplicar, solo a dividir. De idéntico modo a lo que sucedió en el ámbito de la izquierda tras la irrupción de Podemos, VOX, al menos en su actual posicionamiento programático, no va a evitar que en el conjunto del espectro de la derecha se produzca un juego de suma cero. Hoy y en España, la derecha, al igual que la izquierda, es un bloque pétreo. Un bloque siempre igual a sí mismo, que ni se expande ni se contrae, y que solo se altera internamente al cambiar los pesos relativos de sus tres componentes partidistas. Así las cosas, todo lo que gane VOX a partir de este instante lo van a perder el PP y Ciudadanos. Y viceversa. Porque, al menos de momento, la fantasía de la transversalidad es solo eso, una fantasía infundada. La de la transversalidad, recuérdese, fue la carta que quiso jugar Podemos en primera instancia, cuando se presentaba como una alternativa del pueblo contra el establishment ajena a la divisoria izquierda-derecha. Pero el arraigo, tan profundo, del esquema clásico entre los electores les obligó al poco a reposicionarse como lo que en realidad siempre fueron: un grupo a la izquierda de la izquierda.

Podemos, que lo intentó con ahínco, no pudo. Ciudadanos, que se presentó en sociedad apelando a etéreas raíces progresistas y a una no menos etérea centralidad equidistante, no esperaría ni dos años antes de lanzarse a competir en los caladeros de la derecha tradicional, la pura y dura de toda la vida, con el Partido Popular. O sea, que tampoco le resultó posible mantenerse por demasiado tiempo morando en el limbo de la indeterminación. Y VOX, que en primera instancia vindica las viejas esencias doctrinales orilladas por Génova, no va a correr una suerte distinta en las urnas. A VOX, que no oculta su condición de derecha de la derecha, le va a votar la derecha de la derecha. La derecha de la derecha, pero nadie más. Al menos de momento. Porque la ruptura del pacto social implícito que regía en el Occidente desarrollado, tanto en Europa como en Estados Unidos, tras la generalización de los flujos migratorios y los efectos de la Gran Recesión sobre las viejas clases medias ha llevado, sí, al surgimiento de multitud de siglas asociadas a eso que hemos convenido en designar como derecha populista o nueva derecha, pero únicamente dos de esos nuevos actores, el Partido Republicano de Trump y el Frente Nacional de Le Pen, ha roto la maldición de los juegos de suma cero. A Trump, es sabido, le votan, y con entusiasmo, los obreros industriales de mono azul. Y a Le Pen, no es menos sabido, todos los antiguos distritos de Francia donde el Partido Comunista impuso su ley durante más de medio siglo. Pero ni al uno ni a la otra les votan porque sí. A Trump lo apoyan porque ha roto el tabú impronunciable del proteccionismo. Y a Le Pen por lo mismo, si bien en el marco europeo. La lección es clara: la transversalidad solo se logra poniendo en cuestión los principios más intocables y sagrados de la ortodoxia económica, que es justo lo que ha hecho Trump y también quiere hacer Le Pen. Única y exclusivamente haciendo eso. ¿Se atreverá VOX?

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