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José María Albert de Paco

Incontinencia de un golpe de Estado

Las indiscreciones del exsenador de ERC Santiago Vidal han puesto de manifiesto la ausencia en Cataluña de aduanas periodísticas.

José María Albert de Paco
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Las indiscreciones del exsenador de ERC Santiago Vidal han puesto de manifiesto la ausencia en Cataluña de aduanas periodísticas.
Santiago Vidal | Archivo

Las indiscreciones del exsenador de ERC Santiago Vidal han puesto de manifiesto la ausencia en Cataluña de aduanas periodísticas. Antes de que Cristian Segura, el redactor de El País que destapó la noticia, se oliera la tostada, otros colegas habían tenido conocimiento del hecho, algunos de ellos de primera mano, y lo habían desdeñado. La molicie no fue privativa del periodismo local, de cuya utilidad como servicio público hay cada vez menos dudas (y al que hay que conceder, en cualquier caso, el beneficio de la duda por aquello de servir a los intereses de una parte). Tampoco el resto de los periódicos aguzaron (¡aguzamos!) el oído. El cargo más importante en el Senado de ERC llevaba tres meses aireando el rosario de ilegalidades que comprende el procés (y presumiendo de estar en la pomada) y nadie, exceptuando a Segura, había dado un respingo.

Aún más sorprendente que la desatención de los medios es la indiferencia del mundo nacionalista en general y de Esquerra Republicana de Catalunya en particular. Vidal no se dirigía a su audiencia desde lo alto de un taburete en mitad de las Ramblas y tocado con un sombrero de Napoleón, sino desde la tribuna de ponentes, en actos organizados por el partido, en los que compartió mesa con otros dirigentes que, en el mejor de los casos, acogieron sus palabras con regocijo. A semejanza, por cierto, del público, cuando menos el de Granollers, del que se diría que asiste a una stand-up comedy. Nada, ni el más leve indicio de contrariedad o extrañeza, lo que desmiente una vez más la imagen de sensatez, moderación y fairplay que el nacionalismo proyecta de sí mismo. No hay un independentismo blanco, y prueba de ello son la coquetería con que Vidal se jactaba de delinquir y la tontuna con que la afición recibía la primicia.

Por lo demás, la indignación del Govern resulta inverosímil por sobrevenida, tanto más cuanto que Vidal no era el único bocazas que andaba de gira. Aunque con menos ínfulas, el secretario de Hacienda de la Generalitat, Lluís Salvadó (secretario general adjunto de ERC), también iba dando a conocer las tropelías en que hay que incurrir ("Esto no nos lo dan en un pendrive") para construir un Estado paralelo. Y lo más probable es que Salvadó no hablara sin conocimiento de su superior, el vicepresidente y consejero de Economía y Hacienda, Oriol Junqueras.

Vuelvo a los vídeos. Auditorios de doscientas, trescientas personas, casi todas provistas de iPhones. Y entre ellas, insisto, periodistas, algunos de ellos de radio y televisión. Y así todo, Vidal parlotea como lo haría ante sus íntimos frente a un braserillo. Con la convicción de que su relato no franqueará las cuatro paredes a las que se ha reducido Cataluña. Y, sobre todo, como si nadie en España estuviera escuchando.

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