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Ésa es toda la identidad aranesa, un subterfugio para amarrarse a España. Aunque, bien mirado, qué demonios: cada uno es español como le da la gana.

José María Albert de Paco
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Ésa es toda la identidad aranesa, un subterfugio para amarrarse a España. Aunque, bien mirado, qué demonios: cada uno es español como le da la gana.

Hoy trae La Vanguardia una noticia sensacional, cual es que entre la población del Valle de Arán el debate sobre la consulta soberanista ha suscitado más inquietud que entusiasmo. Según declara al rotativo barcelonés el secretario general de Unidad de Arán y senador del PSC por Lérida, Francisco Boya, el Valle de Arán "es un territorio que vive del turismo, español en un 40%". En razón de esa evidencia, dice Boya, una parte sustancial de los araneses se hallan "preocupados por el efecto que pueda tener este proceso en la economía e incluso en nuestras relaciones con Francia y Europa".

Tanta es la preocupación que el pasado septiembre Unidad de Arán (asociada al PSC desde 1995) sugirió celebrar una consulta paralela a la que promueve Artur Mas para, en caso de que Cataluña se independizara de España, los araneses tuvieran la posibilidad de independizarse, a su vez, de Cataluña. El síndico de Arán, Carles Barrera, de Convergencia Democrática Aranesa, no ve ningún motivo por el que la comarca pirenaica deba pronunciarse al respecto, ya que, a su juicio, "los araneses podrán decidir libremente en un sentido u otro sin que esto afecte a su condición identitaria". La genialidad táctica de Barrera, que suele tildar de demagogia los amagos de descatalanizar el territorio, se advierte al ensanchar el horizonte de la frasecilla:

Los catalanes podrán decidir libremente en un sentido u otro sin que esto afecte a su condición identitaria.

Ya en 2008 la tertuliana Pilar Rahola se desgañitó contra el derecho a decidir de los araneses a propósito de un debate sobre el oso pardo. A los pastores de la comarca, caprichosos como son, parecía importunarles que los plantígrados les diezmaran los rebaños de ovejas, mientras que Rahola abogaba por la conversación con la especie. Así, frente a lo que consideraron una intromisión catalanista en su modus vivendi, los araneses invocaron el credo identitario: historia, leyes, cultura, lengua... Todo en propiedad y encerrado entre montañas.

Ni que decir tiene que ese denuedo por el terruño, que ahora aflora ante el temor a que los Borjas y las Azucenas dejen de esquiar en Baqueira, no es sino una forma de tomar partido por España sin mancharse las manos. El prestigio de los particularismos ha llegado tan lejos que incluso para declararse español hace falta dar un rodeo, no sea que a uno lo confundan con vaya usted a saber qué. De ello da cuenta el estudio Sentimiento de nacionalidad en el Valle de Arán, realizado en 2007, y que mostraba que el porcentaje de araneses que se sentía "totalmente español" era del 43%, por un 35% de "totalmente catalanes". Ésa es toda la identidad aranesa, un subterfugio para amarrarse a España. Aunque, bien mirado, qué demonios: cada uno es español como le da la gana.

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