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José María Albert de Paco

Treinta años de risas

Payasos con malas pulgas, se afanan en denigrar a España y los españoles.

José María Albert de Paco
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Hace más de 30 años, el humorista Quim Monzó protagonizó un monólogo en TV3 en que ridiculizaba a la infanta Elena. El programa en cuestión se llamaba Persones Humanes y lo conducía Miquel Calçada, una especie de Milikito con ínfulas de solemnidad (ya sé que cuesta imaginarse esa quimera, pero es que España, créanme, no ha dado a nadie que pueda equipararse), un payaso con malas pulgas, en fin, que se valía de la comicidad para denigrar a España y los españoles, a quienes solía presentar como catetos, intolerantes o, tal fue el caso de la infanta, retrasados mentales. Hasta que la Casa Real, con su habitual apocamiento, hizo constar su enfado, Calçada tuvo carta blanca durante meses para exhibir, como parte del decorado de Personas Humanes, una fotografía de la primogénita de los Borbón en gesto no precisamente favorecedor.

La ficción que envuelve Cataluña decretó que ese detritus y otros de su especie eran humor inteligente, consideración que, en un bucle perverso, servía para acreditar lo distinta que Cataluña es de España, y donde distinta, obviamente, quiere decir superior. A falta de pruebas de dicha superioridad, nunca faltaban españoles que creyeran que, en efecto, Cataluña es una Dinarmarca en ciernes y España un erial africano. Poco importaba que la sátira la sátira que practicaban Els Joglars (ésta sí, inteligente) y que salpicaba a la Moreneta y al Barça hubiera merecido la condena del nacionalismo catalán, que ya veía en Boadella al jefe de los reptilianos.

En excedencia Monzó y Calzada (que en 2014 ejerció, ahí es nada, de comisario de los fastos del Tricentenario por designación gubernamental), el Departamento de Humor Inglés está hoy en manos de individuos como Toni Soler, Toni Albà o Empar Moliner. En el caso de esta última, el relevo fue particularmente indicado, pues, a semejanza de Monzó, suele exagerar su tartamudez (y toda clase de tics) para acentuar lo que su público (tan pavloviano) tiene ya por un timbre de agudeza. Ayer, en el mismo plató donde hace quince días el periodista Albert Sáez acusó a Arcadi Espada de defender la pederestia, quemó un ejemplar de la Constitución. Probablemente, para que el humo nublara lo que había dicho segundos antes, esto es, que España mata de frío a los catalanes (bastante parecido, por cierto, a decir "una pareja alquila a su hijo de 10 años a un pederesta".) La revolución de las sonrisas, sí; de las sonrisas heladas.

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