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¿Puede la hibernación ser una solución?

No puedo imaginar que el señor Sánchez no se dé cuenta de la situación política en la que se encuentra. La nación está hecha unos zorros.

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Admitan mis queridos lectores, que mis líneas de hoy sean el reflejo fiel de unas reflexiones que, desde hace tiempo, me inquietan y hasta me obsesionan, sobre todo cuando concluyo que lo que a mí tanto me preocupa, a muchos de nuestros conciudadanos ni siquiera les ocupa un minuto.

Ya sé que, por simple probabilidad, debemos admitir que, en general, los seres humanos se niegan a admitir la propia hibernación, a no ser que se sientan llamados a salvar a la humanidad dentro de cinco siglos.

Hoy pienso en un plazo más corto, en el que la hibernación sería la fórmula intermedia entre desaparecer, que sería lo mejor, y solucionar problemas planteados, para lo que han demostrado su incapacidad.

Tengo en mente, como bien podrán imaginar, al Gobierno de don Pedro Sánchez, con la mejor plantilla, de entre los propios, y con la colaboración de sus ad lateres, siguiendo el inamovible principio de la izquierda: no importa lo que se construya o destruya; lo crucial es que no gobierne la derecha.

No puedo imaginar que el señor Sánchez no se dé cuenta de la situación política –de gobierno, no de ideas, si las tuviese– en la que se encuentra. La nación está hecha unos zorros.

En materia económica, se está extinguiendo el rescoldo de la herencia recibida del Gobierno anterior: cada día más endeudados –con la amenaza de un incremento en los tipos de interés–, incrementando el gasto público –escasamente social, pese a sus falsos discursos– y vendiendo una reforma fiscal para estrangular a los ricos desalmados, aunque reduciendo a los pobres sus escasas posibilidades. ¿No se dará cuenta de que nadie le toma en serio?

Sus ministros han aprendido que, si no pueden aprobar leyes en las Cortes, sí pueden distraerse promulgando decretos, aunque estos deban ser revalidados por aquellas. Lo importante es el hoy, no el mañana.

De aquí que si la izquierda que manda no es capaz de hacer bien lo que como sector público le corresponde, sólo le queda una parcela: regular cómo tienen que actuar los particulares, empresarios y ciudadanos en general. Y ahí les tenemos, prohibiendo, mandando, amenazando y, sobre todo, desdiciéndose. Mientras tanto, el país en un agujero negro; que este sí que es negro y agujero.

En estas condiciones, yo preguntaría al señor Sánchez y al noble pueblo español si, para evitar tanto desastre, tanto despilfarro, tanta quiebra de recursos –también de ilusiones–, no sería mejor que el Gobierno y sus secuaces quedaran un tiempo en hibernación; cobrando, eso sí, pero en silencio, ocultos a los medios de comunicación y, si viajan, en secreto. Quizá el simple azar y el no estorbar fueran instrumentos suficientes para mejorar.

Porque marcharse no es una solución fácilmente aceptable; tenían tanta ilusión en ocupar el cargo y sus prebendas, que es difícil abandonarlos por las buenas. Pero un tiempo de hibernación, como digo, quizá alivie nuestros devaneos.

¡Que también tenemos derecho, caramba!

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