
Los contrastes enunciados vienen de la capacidad de los españoles para la exuberancia del gozo, a la vez que para vivir silentes las decisiones del poder que afectan negativamente a sus intereses, tanto que el observador concluiría que les son indiferentes.
El pasado 19 de julio, pero más aún el lunes 20, el entusiasmo de la España que más se desbordó, con razones sobradas, se manifestó por el resultado de la final entre Argentina y España, con el triunfo de la selección española por uno a cero.
La apoteosis, que sobrepasa cualquier imaginación, sería con la presencia del pueblo español en las calles de Madrid para homenajear a la selección en su itinerario desde el Palacio de la Moncloa hasta la Plaza de Cibeles, lugar del acto de recepción formal por el pueblo de Madrid, que contaba, según cálculos oficiales, con dos millones de personas eufóricas.
De lo visto parece evidente la afirmación de que el pueblo, ante el resultado del acontecimiento deportivo del Mundial de Fútbol, estaba gozoso en extremo y quería testimoniarlo en la bienvenida y acogida de la selección.
Contrastando con lo dicho, mi pregunta era por qué ese unánime entusiasmo popular no se manifiesta, acorde con ese corazón y esa voluntad, cuando actos, decisiones, mandatos, incluso voces públicas y resultados de acciones políticas de quienes nos gobiernan, mancillan nuestro nombre y nuestro hacer, arrojándonos a resultados que nunca hubiéramos querido.
¿Acaso hemos deseado alguna vez estar en el vagón de cola en estructuras políticas y sociales que muestran, sin tapujos, la capacidad de bien y el camino de lo bueno? Un medio, de los de mayor difusión y mayor prestigio, hablaba en un titular de España, situándola "en la cima del mundo" y, sintéticamente, era lo que muchos españoles estaban pensando.
Por ello, pregunto ahora: ¿qué piensan los españoles de estar a la cola de los treinta y ocho países de la OCDE en la escala de competitividad fiscal, puntuando en 100 Estonia, el más competitivo, y España en el puesto 34, con 57,9 puntos?
Ese gasto desmedido, que subyace como modelo de gobierno del presidente Sánchez, respaldado sólo por el Consejo de Ministros y no por el Congreso de los Diputados, ha situado a nuestra nación como un país endeudado, con una deuda ya superior al PIB, además de ineficiente, con carencias insalvables hasta en mantenimiento de los equipos productivos, y con una complejidad burocrática que expulsa a quienes pretendan emprender inversiones empresariales, agobiados por la presión fiscal generada por el sector público.
¿No merecen estos datos, y otros igualmente descorazonadores provenientes de la Airef, un clamor tan elocuente como el manifestado por el resultado del Mundial de Fútbol 2026? ¿Cómo se ve, desde "la cima del mundo", a ese país en el puesto 34 de los 38 de la OCDE? Sí; merece un clamor tan elocuente, aunque de repulsa, a un sistema que agobia y empobrece a la nación.
