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Regatear una pancarta

Que nadie se llame a engaño. Podemos le ha regateado una pancarta honorífica a Miguel Ángel Blanco por haber tenido un carné de militante del PP.

Juan Pablo Polvorinos
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EFE

Que nadie se llame a engaño. Podemos le ha regateado una pancarta honorífica a Miguel Ángel Blanco por haber tenido un carné de militante del PP. No es casualidad que sea el mismo motivo que encontró la banda terrorista ETA para asesinarlo. El joven edil de Ermua era el objetivo más fácil y accesible para vengarse de un Gobierno del Partido Popular que una semana antes había liberado al funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara, tras 532 días de cautiverio.

Frente al tradicional discurso retraído de la derecha y de la izquierda socialdemócrata, en el partido de Pablo Iglesias salen cada día a proclamar –sin el menor complejo– un argumentario de cara y cruz, una narrativa altanera con la que suelen defender una cosa y la contraria al mismo tiempo. Y eso es lo que han hecho esta semana. Inocular en la sociedad el artificial debate de las víctimas del terrorismo de primera y de segunda. Carmena ha defendido con insistencia que "no se puede poner una pancarta a Miguel Ángel Blanco porque eso es distinguir a una víctima de otras". Si fuera cierto que eso supusiera un dilema moral para la alcaldesa, la solución sería tremendamente sencilla, porque nada ni nadie impediría a la regidora colocar un cartel cada día del año que coincida con el aniversario de un asesinado a manos de ETA. Seguro que así ninguna víctima se sentiría excluida o ninguneada.

Si es verdad que lo que quieren en el Ayuntamiento de Madrid es recordar por igual a todas las víctimas de ETA, que se pongan en marcha y que nos cuenten todos los actos gracias a los cuales van a mantener siempre viva la memoria de las víctimas del terrorismo. Ya nos podemos sentar a esperar, porque no habrá para Miguel Ángel Blanco ni calles, ni placas, ni monumentos o concentraciones ni camisetas, más que nada porque jamás han mostrado el más mínimo interés.

Quizás todo hubiese sido distinto si, en vez de del PP, el edil asesinado hubiera sido un militante de las juventudes comunistas. No hay más que ver cómo han defendido a Andrés Bódalo, el delincuente que agredía embarazadas y cumple condena en prisión por darle una paliza a un concejal del PSOE. O cómo se deshacen con Alfon –que llevaba explosivos a manifestaciones–, con los agresores de Alsasua o con el exlíder de Batasuna Arnaldo Otegi cada vez que va al Parlamento Europeo a soltar sus peroratas por el derecho de autodeterminación.

Si Miguel Ángel Blanco hubiera sido como ellos, quizás habría encontrado un hueco en la fachada del Ayuntamiento de la capital de España sin pero alguno. Pero se trataba de un joven del PP. No era revolucionario ni antisistema con lo que basta lamentar la suerte que corrió el chaval y reconocer que todas las víctimas merecen un recuerdo. Eso sí, sin excesos, no vaya a parecer que se está al lado del partido del sufrimiento.

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