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El país donde el individualismo vive en comunidad

En Israel se ha sabido conjugar la ética imprescindible del individualismo con otra ética, llamémosle 'comunitarista'.

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Celebración de la llegada del sabbat en el Muro de las Lamentaciones. | C.Jordá

Tuve la inmensa fortuna de poder viajar a Israel por motivos de trabajo. Formaba parte de una delegación cuya misión era conocer de cerca el sistema israelí de innovación y extraer aquellas conclusiones que pudieran ser de posterior aplicación en una determinada zona de España, en concreto Extremadura. Como suele suceder con todos los viajes de trabajo, las lecturas con las que me había pertrechado en los meses anteriores sirvieron de punto de partida, pero la experiencia real en el lugar aportó algo que iba más allá de cualquier referencia teórica previa.

A grandes rasgos, lo más sobresaliente de aquella estancia fue descubrir hasta qué punto el tejido israelí de innovación despunta a nivel mundial sostenido por dos fuerzas éticas aparentemente contradictorias: por un lado el culto a la iniciativa de cada individuo, sea cual sea su rango, para, dentro de las organizaciones, proponer planteamientos, sugerir cambios y llevar a cabo sus ideas con responsabilidad; por otro, el compromiso íntimo de esos individuos creadores para que aquello que plantean implique al mayor número de colaboradores y finalmente sea beneficioso para la comunidad en su conjunto.

Es decir, en Israel se ha sabido conjugar, como probablemente en ninguna parte del mundo, la ética imprescindible del individualismo con otra ética –llamémosle comunitarista si nos encaja– mediante la cual el innovador se siente moralmente obligado a que sus beneficios repercutan en la comunidad humana que le ha ayudado a maniobrar con libertad efectiva. El resultado es doble: una nación que da toda la autonomía que necesitan los innovadores y unos innovadores que en su gran mayoría no conciben moralmente su éxito si éste no arrastra a otros y a continuación no se extiende al tejido social, al menos al más próximo.

En aquel viaje me topé con diversos ejemplos de lo que acabo de exponer, si bien me quedo con dos de ellos por la claridad con la que se mostraba esta retroalimentación entre individualismo y comunidad.

Durante la visita a una prestigiosa fábrica de componentes metálicos industriales, referente mundial por su capacidad para desarrollar mejoras constantes en sus productos, el fundador de dicha empresa, todo un icono en Israel, se asombró por las elevadas tasas de paro juvenil en muchas zonas de España, algo que le parecía de todo punto inaceptable.

Pues bien, no tardó ni un minuto en sostener con aplastante rotundidad que, ante tan desolador panorama, cualquier pretensión por parte de un gobierno español de impulsar un sistema propio de innovación debería enfocarse hacia áreas en las cuales fuera absolutamente imprescindible la creación de una industria manufacturera añadida que crease miles de puestos de trabajo.

Es decir, innovación sí, pero no como una vanguardia alejada de los problemas inmediatos de los ciudadanos, sino como medio para combatir el drama del desempleo allá donde lo haya. Ahí estaba la clave, en la visión estratégica de involucrar a toda la comunidad en la búsqueda de la innovación, no sólo a los elementos más preparados o con más capacidad.

Días después se produjo la visita a una joven empresa que estaba desarrollando nuevas e ingeniosas herramientas para la administración focalizada de medicamentos en aquellos órganos específicos donde fuesen necesarios. Una vía para catapultar la eficacia inmediata de los fármacos al tiempo que se evitan los indeseables efectos secundarios de los tratamientos orales o intravenosos.

Bien, al tratarse de instrumentos que requerían de una precisión absoluta, la fase de producción propiamente dicha era sumamente laboriosa. Es decir, una circunstancia que en cualquier empresa europea o americana hubiera acabado con la externalización de la fase productiva en terceros países con costes laborales más bajos. No así en Israel: el responsable que nos atendió durante aquella visita, a preguntas de los que allí estábamos, nos explicó que bajo ningún concepto iban a externalizar la producción a ningún otro país. Ni se les pasaba por la cabeza.

A continuación nos glosó las virtudes de las operarias –eran casi todas mujeres– que manipulaban las piezas, las cuales estaban allí trabajando a la vista de todos. Para él, sus trabajadoras no sólo eran las mejores, sino que eran parte indisoluble del proceso, las únicas personas cuyas hábiles manos podían –y debían– ir dando forma material a lo que antes se había diseñado.

Un sentimiento de sana envidia me recorrió por dentro cuando escuchaba al científico empresario hablar de aquellas operarias como parte de un mismo equipo de personas unido y comprometido en un objetivo empresarial, sí, pero sobre todo en una aventura humana que representaba lo mejor de sus vidas.

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