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'HITCH-22'

Ateísmo 'black label'

Para cazar a quien presuma de haber leído las memorias de Christopher Hitchens sin haber vuelto una sola página de las 500 (las ediciones exultantemente hermosas, como ésta de Debate, entrañan el riesgo de pasar por la vida como un philippestarck cualquiera); para desenmascarar, decía, a los lectores de oídas, para que salgan a flote como siluros despanzurrados, bastaría con requerirles el porqué del título.

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No faltará el tunante que se sonría, tome carrerilla y recite la oración que Hitchens esculpió en sus Cartas a un joven disidente: "En Trampa-22, de Joseph Heller, que espero y confío en que hayas leído al menos una vez...". La afisión, ciertamente, no ignora que una de las obras predilectas de Hitchens es esa farsa antimilitarista. Ahora bien, ¿por qué Hitch-22 en lugar de Hitchens-22? En este punto, la aliteración Hitch-Catch (catch, "trampa" en la versión original), tan plausible como tentadora, aportaría al fingimiento el resplandor de la verosimilitud.

Lo cierto, no obstante, es que nadie que conozca al personaje (siquiera por algún que otro jirón cazado al vuelo, ya se trate de su panfleto antikissinger, su ateísmo triunfal, Orwell o la denuncia del sectarismo de la izquierda); nadie, digo, que haya admirado en alguna ocasión la estela turbulenta de su obra daría por zanjada la cuestión aludiendo a un recurso estilístico. Ese Hitch del título, en efecto, rebasa la ocurrencia floral para trasladarnos, a la manera del Rosebud de Welles, al Londres de 1970; concretamente, a la noche en que el joven Hitchens acompaña a su padre, excomandante de Marina del Imperio, a un encuentro de veteranos del ejército. Cuarenta años después, escribe lo siguiente:

Se me quedó grabado un detalle extrañamente conmovedor: en lugar de referirse a mi padre como Eric o el Comandante, todos lo llamaban Hitch, que es como mis amigos íntimos habían empezado a llamarme.

El hombre que asistió a aquel encuentro de exmarinos es hoy, a sus 62 años, uno de los ensayistas que ha proyectado más crudeza sobre la idea (por lo demás, tan vieja como el sentido común) de que lo fundamental no es lo que se piensa, sino cómo se piensa. También es un intelectual. Se sabe que la diferencia entre el intelectual y el ensayista es que el primero no es mero animador socio-cultural, sino que, además, avala su obra con algún que otro frame de su vida (o, sabrá Dios, trata de vivir para parecerse a su escritura). Sea como sea, el Hitchens que relata su paso por el mundo en Hitch-22 escribe arrimado a la certeza, no exenta de honestidad y menos aún de petulancia, de que uno de los leitmotivs que ha jalonado su paso por el mundo es el intento de parecerse a sí mismo. A este respecto, acaso el episodio más turbador a fuer de patético es el relato de cómo, siendo él un bisoño e irritante periodista de izquierdas, y ante la inminencia de una entrevista con el político filonazi Oswald Mosley, resolvió no cumplimentarle con el preceptivo saludo. La verdad, sin embargo, es que en cuanto lo tuvo enfrente no vio el momento de tenderle la mano (como también se la tendería a Videla, por cierto), en lo que constituye un acto que da pie a una brutal reflexión sobre la sublimación del ridículo.

Tan honesto como ese pasaje (más, si cabe, que la flemática y abundante literatura acerca de su bisexualidad) es el sinnúmero de salpicaduras de whisky que contiene el libro; tantas que resulta casi imposible distinguir dónde acaba el ateísmo y empieza el alcoholismo. Casi:

Más conmovedor resulta el modo en que mis anfitriones me saludan, a veces incluso en el aeropuerto, con una gran botella de Johnnie Walker Etiqueta Negra. Se diría que creen que deben aplacar al demonio que llevo conmigo. Los entrevistadores que vienen a mi casa hacen con frecuencia lo mismo, como si quisieran calmar al insaciable. No quiero decir nada que pueda hacer la menor mella en esa feliz práctica, pero me parece que debo unas palabras. Hubo una época en que podía pensar que superaba a todo el mundo, salvo a los bebedores más curtidos, pero ahora bebo con relativo cuidado. Eso debería resultar obvio por inducción: de media, produzco al menos mil palabras de escritura publicable al día, y a veces más. Nunca he fallado en una fecha de entrega. Doy una clase o una conferencia o un seminario más o menos cuatro veces al mes y nunca he llegado tarde a un compromiso ni he aparecido bebido. (...) Debería ser obvio que no podría hacer todo eso si fuera lo que llaman sin rodeos "un borracho.

Hay en el párrafo anterior una palabra que debería llamar la atención de todo aquel que quiera dedicarse al oficio de escribir. Me refiero, obviamente, a publicable. Es verdad que Hitchens no llega al confín estético de Martin Amis, que desaprobó una biografía sobre él porque estaba escrita con los pies. Aun así, se trata de un escritor magnífico, uno de esos rarísimos ejemplares que logra que se vaya haciendo la luz a golpe de palabra, y que detrás de cada palabra siempre habite una idea. En parte (sólo en parte), a Hitchens le ocurre lo que a Fernando Savater; pocos críticos reparan en que, en ocasiones, escribir bien guarda semejanzas con el buen arbitraje, ese que pasa inadvertido.

A su gran amigo Amis dedica Hitchens un capítulo titulado "Martin". Sólo hay otro individuo que goce de tan elocuente afecto: "Salman". Por lo demás, la amistad, el importante papel que desempeñan los amigos en la vida del autor, corre parejo a la memoria. Sorprende, y a menudo desarma, que Hitchens recuerde las circunstancias exactas en que conoció a tal personaje o qué impresión le causó tal otro al verlo por primera vez. Por ello a nadie debiera sorprender que, cuando la revista Vanity Fair le sometió al cuestionario Proust, respondiera a la pregunta "¿Cuál sería la mayor de las desgracias?" con estas palabras: "Perder la memoria".

Contrarian, le llaman, mas Hitchens es renuente a esa etiqueta. También le disgustan la de disidente ("es un título honorífico que hay que ganar"; por cierto, es la que ha elegido el traductor) y la de mosca cojonera ("demasiado trivial"). ¿Coquetería, quizás?

Ya he perdido la cuenta de la cantidad de autobiografías de viejos camaradas o ex camaradas con títulos como Contra la corriente, Minoría de uno, Rompiendo filas y cosas por el estilo: todas dan la razón al fulminante comentario de Harold Rosenberg sobre "el rebaño de las mentes independientes".

Es fama que, en plena promoción de este libro de memorias, Hitchens recibió la noticia de que padecía un cáncer de esófago con metástasis. Su aspecto es hoy el de un hombre devastado por la enfermedad, cuyo enésimo zarpazo le ha dejado sin voz. O, por encuadrar debidamente su legado, sin habla. Que se sepa, su memoria sigue en pie.

 

CHRISTOPHER HITCHENS: HITCH-22. Debate (Barcelona), 2011, 512 páginas.

albertdepaco.blogspot.com

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