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'BARCELONA CAU'

Autopsia de una derrota

Si los fanáticos de la inmersión lingüística en catalán no lo fueran también de la tergiversación histórica, deberían programar como libro de lectura para el bachillerato la novela Barcelona cau, de Valentí Puig. Su contenido desmitificador barrería, con la fuerza de un vendaval, las telarañas que la propaganda sectaria y secesionista teje en la mente de muchos jóvenes faltos de información.

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Barcelona cau se puede leer como una novela negra. La acción se desarrolla en Barcelona, durante la guerra civil, pocos días antes de que el ejército de Franco entre en la ciudad. El protagonista, Víctor, es un agente del Servicio de Inteligencia Militar republicano que, en realidad, trabaja para la Quinta Columna enemiga y que, como en la mayoría de las ficciones de este género, busca a una persona desaparecida.

Palmira, una enigmática mujer de la que se ha enamorado, le pide que encuentre, vivo o muerto, a su hermano, devorado por el infierno de las checas. A esta altura, la novela empieza a transitar por los terrenos del horror: torturas, rapiñas, tiros en la nuca, cadáveres eviscerados. Ni siquiera faltan los pasajes que podrían hacer pensar en la pornografía, si no fuera porque episodios como el de las dos enmascaradas y el pony están más asociados, premeditadamente, a la patología de una sociedad desquiciada que a la estimulación de fantasías eróticas.

En fin, aunque esto ofenda a los fabricantes de mitos, no se trata de una novela negra, ni de horror, ni pornográfica, sino de una novela histórica, que se ciñe fielmente a la realidad de aquella época.

Impera el latrocinio

Blindado por un cinismo a toda prueba, Víctor conduce al lector por los vericuetos de aquella realidad. Él mismo es producto de circunstancias anómalas. Su padre lo expulsó del hogar cuando lo sorprendieron durante un lance incestuoso con su tía materna, y cuando su quinta fue movilizada al estallar la guerra civil otro tío, masón y prohombre del partido Estat Català, lo hizo ingresar en la Guardia de Asalto para evitar que lo enviaran al frente. Por ese privilegio se pagaba hasta medio millón de pesetas.

El posterior ingreso en el Servicio de Inteligencia Militar fue para Víctor el no va más. En el sótano de su refugio del paseo Palladio almacenaba "los resultados de largos meses de requisas y expoliaciones".

Pasó un buen rato mirando sus tesoros, fruto de treinta meses de saqueos en la ciudad.

Ya con las tropas de Franco a las puertas de Barcelona, hará el último arqueo del botín que se ha de llevar; un botín en el que hay

piedras preciosas, diamantes, gemas, rubíes rutilantes color sangre de palomo, zafiros bien azules, un puñado de esmeraldas colombianas.

Víctor no es, empero, la excepción. Impera el latrocinio.

Cuando los barrios estaban más tranquilos, llegaba el estrépito de vidrios rotos y el bullicio de los ladrones, de uniforme o de paisano, que se llevaban lo que fuese del saqueo. A menudo iban en camiones, eran soldados que habían abandonado el frente, sindicalistas que buscaban una recompensa por su sacrificio revolucionario, ladrones de toda la vida que debían llenar las bocas de una familia.

Durante un patrullaje nocturno, los faros del coche iluminan, en un descampado próximo a la Monumental, una escena macabra:

Había un montón de cadáveres, una veintena, y parecían recién liquidados. Tal vez eran quintacolumnistas detenidos en la penúltima batida, sorprendidos delante de una radio mientras escuchaban el parte de los nacionales, o familias ejecutadas en virtud de una delación completamente falsa. Alrededor de los cadáveres, una docena de mujeres, como en un aquelarre, desvestían los cadáveres para aprovechar la ropa.

El verdadero expolio se produce, sin embargo, a otro nivel:

Las facciones internas del SIM eran la protección mercenaria de la pequeña oligarquía de Intendencia. Víctor y otro agente del SIM, también quintacolumnista, estaban en un gran almacén de Poble Nou, garantizando las idas y venidas ilícitas de los camiones de Intendencia, cargados de provisiones que después vendían a los agiotistas y los intermediarios. El almacén de Intendencia era como un hormigueo silencioso de hombres ajetreados que cargaban camiones de prisa, a cualquier hora. Aunque en los últimos días habían proliferado las redes de protección y distribución, todavía eran rentables para los hombres del SIM que aportaban la impunidad de movimientos al pillaje y el latrocinio porque todo –la barra de pan, el tabaco, la vida humana– se cotizaba en la Barcelona a punto de caer (...) En los últimos tiempos, Intendencia era el poder supremo, con todo un sistema de corrupciones, una arquitectura mercantil propia y ramificaciones que llegaban a París. Era el origen de las fortunas más espectaculares de la Barcelona de aquellos dos años largos de guerra.

Los círculos del infierno

La búsqueda de contactos capaces de revelarle el paradero del hermano de Palmira coloca a Víctor en las situaciones más inverosímiles. Concurre a una sesión de espiritismo donde los congregados intentan comunicarse con los seres queridos que han sido víctimas de la guerra. Visita una timba donde encuentra a un omnipotente y vengativo secretario sectorial de la FAI sentado en su silla de ruedas, y a un comisario que se jacta de haber asesinado a un sargento de artillería para robarle una estilográfica Waterman. Una joven jugadora, observa Víctor, podía ser "una criada vestida con las ropas de la señora liquidada de un tiro en la nuca en la Arrabasada, o una señora que vivía y sobrevivía como si fuera la criada". En el espectáculo obsceno de las dos enmascaradas y el pony los asistentes

representaban una tregua tácita y una muestra selecta de la especie victoriosa, entre los vicios de la derrota y la venganza, precisamente porque eran quintacolumnistas, jóvenes anarquistas, agiotistas muy precoces, jefes militares que habían abandonado a sus soldados en el frente con cualquier excusa, genios del mercado negro, estrellas emergentes del SIM, falangistas con el carné cosido al forro de la gorra rusa...

Finalmente, la travesía por los círculos del infierno, con la consiguiente autopsia de la derrota, desemboca en las checas. El hombre que Víctor busca ha cambiado muchas veces de identidad y parece inhallable. Los confidentes emboscados dan pistas falsas. En la checa Adriano, de la calle Muntaner, le explican cómo funciona la "caja de los ruidos", donde el prisionero es sometido a "una altísima presión acústica, con timbres, campanadas, golpes o percusiones muy fuertes de picaporte". En la de la calle San Elías, los especialistas rusos han dejado discípulos expertos en la aplicación del casco eléctrico, "un secador de cabello que, mediante las descargas de dos electrodos, convulsionaba todo el cuerpo del interrogado".

La búsqueda inútil prosigue en uno de los tres barcos-prisión anclados en el puerto de Barcelona: el Uruguay, que cumple esas funciones hermanado al República Argentina, y el Ciudad de Barcelona. Hasta que encuentra al prisionero en la checa de la calle Vallmajor, donde

acababa de pasar –le dijo el chequista, burocrático– por la prueba esférica. Era una celda esférica de no más de cinco metros de diámetro: al prisionero se lo subía por una escalerilla. Entraba por una compuerta hermética. El suelo era de color negro, y las paredes estaban totalmente pintadas de negro. El prisionero se quedaba completamente a oscuras, extraviado en el espacio esférico, azotado por chirridos metálicos y estrépitos súbitos (...) Las checas no eran una forma de control; eran un sistema para destruir la mente humana. Eran un ensayo de inhumanidad a las órdenes de chequistas que podían ser rusos o de donde fuera.

Un híbrido monstruoso

Como en las novelas negras, el rescate del prisionero no libra al investigador de sus tribulaciones. Las circunstancias imprevistas obligan a Víctor a seguir su camino, que esta vez lo lleva a incorporarse al éxodo de los vencidos. La descripción de las multitudes en fuga caótica hace evocar imágenes de El Bosco y de Los desastres de la guerra de Goya. Las tropas de Franco entran en Barcelona. El recibimiento, cuentan todos los testigos, incluso los más fieles al ideal republicano, es apoteósico. La prioridad, para la población, era el final de la guerra, del hambre, de los bombardeos, de las checas, de la persecución a la Iglesia, de las luchas sectarias y de la corrupción rampante.

Mientras tanto, una extraña bestia, un híbrido monstruoso, se había puesto en marcha. La masa de fugitivos trajinaba los bultos más informes, una gran máquina de tostar café, una pajarera inmensa, colchones, sacos de todas las medidas imaginables, maletas a punto de estallar, un gran espejo de recibidor art nouveau, el bazar nómada de los perdedores.

Y más tarde, cuando Víctor ya viaja en coche rumbo a la frontera:

Dejaban atrás grupos de fugitivos que los imprecaban para que parasen y los recogieran. En las cunetas no faltaban cadáveres. Represalias de última hora, venganzas internas, ejecuciones sumarias.

Por cierto, los cadáveres en las cunetas están omnipresentes a lo largo de la novela. Acribillados a balazos, despanzurrados o con un tiro en la nuca. Cuando los profesionales del SIM se han dispersado, los sustituyen mineros asturianos sedientos de venganza por los hechos de 1934. Pueden catalogar como fascista a un vecino que toca el piano.

Antes de enfilar rumbo a Francia, Víctor asiste en Figueras a la última reunión de las Cortes y escucha los desvaríos de un enajenado Juan Negrín.

Los oradores hablaban en cascada, rotundos, digresivos, verborrágicos. Eran palabras históricas y vanas, argumentos a favor de la resistencia imposible, el clima de las decadencias sin oro viejo. Era como si veneraran más que nunca la soberanía y la legitimidad en el instante preciso y definitivo de la extinción de un régimen. Hubo vivas a España y la República. Era una noche fantasmal.

Finalmente, Víctor cruza la frontera y pisa tierra francesa como perdedor, "después de tres años de ser ganador y perdedor a la vez".

La acción corrosiva del separatismo

Lo que Valentí Puig convierte en una ficción estremecedora y, a la vez, prolijamente iconoclasta (¿estas cualidades tendrán algo que ver con el hecho de que sus espléndidas colaboraciones hayan desaparecido del cada día más sectario somatén mediático?), quedó documentado en un descarnado texto del historiador socialista Antonio Ramos Olivera, texto que el siempre recordado Rafael Abella reprodujo en su no menos iconoclasta Finales de enero, 1939. Barcelona cambia de piel (Planeta, 1992):

Barcelona se desploma moralmente. La aviación ítaloalemana bombardea la ciudad a mansalva, como en marzo del año anterior. Desorganizados los transportes, inutilizado el puerto por los bombardeos aéreos, el problema del abastecimiento se agravó de modo irremediable en unos días. El barullo político que nunca cesó, la acción corrosiva del separatismo, las luchas personales y de los partidos, que se reflejaban incluso en el acaparamiento de provisiones por organismos particulares, agudizaban el malestar público. Las privaciones de todo linaje, el largo sufrimiento y, sobre todo, la súbita disipación de la esperanza de contener al enemigo en las montañas se coligaron para anunciar el fin de la resistencia republicana en Cataluña.

Eso sí, el lector de la novela de Valentí Puig deberá armarse de valor para internarse en su inventario de iniquidades. De tanto valor como el que debe reunir el estudiante que asiste por primera vez a la autopsia de un cadáver. En este caso se trata de la autopsia de una derrota.

 

VALENTÍ PUIG: BARCELONA CAU. Proa (Barcelona), 2012, 170 páginas.

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