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PISANI Y "LA MAFIA DEL SIDA"

'La sabiduría de las putas'

Elizabeth Pisani lo mismo vale para dar una conferencia TED (con subtítulos en español) que para guiarte por los puticlubs más selectos (o más infames, según preferencias) del Lejano Oriente. Igual te escribe un artículo polémico para The Economist (que le censurará un redactor jefe sin muchas luces), que se convierte en reportera de guerra o te elabora un sesudo y políticamente correcto informe de la ONU sobre la prevalencia de las infecciones transmitidas sexualmente entre los subsaharianos.

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La sabiduría de las putas es la síntesis de todo lo anterior. Ensayo en primera persona sobre su labor como "activista del SIDA", Pisani nos hace pisar mullidas alfombras de hoteles de cinco estrellas de todo el mundo, donde se reúnen gerifaltes de la ONU o el Banco Mundial que luego alternan con chicas de a 500 dólares la noche –con cargo a sus impuestos, estimado y sufrido lector–, o garitos donde drogadictos comparten jeringuillas como si fueran donuts y putillas de a dólar el polvo y gracias.

A mitad de camino entre las crónicas de reportero de Pérez Reverte y los informes socioeconómicos de Henri Levy o Thomas Friedman, Pisani conjuga con ironía y desparpajo el lenguaje directo e incluso soez de la calle con la jerga burocrática y oficialista de la ONU y similares.

Con esa independencia que caracteriza a los periodistas anglosajones, Pisani ha escrito un libro contra los mitos y los dogmas de lo que denomina "la mafia del sida", el entramado de idiocia e industria que ha corrido mil cortinas de humo sobre la enfermedad del VIH amparados en prejuicios ideológicos y religiosos a cuál más trágico y de consecuencias más devastadoras: desde las ONG progresistas al Papa, pasando por Bush y sus cristianos renacidos, hasta los izquierdistas paternalistas que llaman a los negros "gente de color" o, vaya por Dios, los mismos africanos, que se aferran a una cultura tan estúpida que les hace tratar el sida comiendo remolacha.

A las jerarquías católicas y musulmanas, por ejemplo, les molestan las campañas que promocionan la utilización de condones para prevenir el contagio. A los activistas progresistas les fastidia que se especifiquen los grupos de riesgo –tales como los homosexuales– porque temen que se les estigmatice, e imponen unos patéticos eufemismos que configuran una lengua de trapo: inyectores de drogas en lugar de drogadictos o trabajadoras del sexo en vez de prostitutas. Por contrapuestos motivos ideológicos, ambos grupos, conservadores y progresistas, rechazan la verdad y tratan de imponer cortinas de humo y programas paternalistas. Por ejemplo, proponiendo la abstinencia como una alternativa a los condones. Por ejemplo, considerando el VIH un problema de desarrollo (ya saben, el viejo esquema marxista de la lucha de clases) en lugar de tratarlo como una enfermedad infecciosa que puede prevenirse dando servicios demandados y necesitados a personas que tienen sexo anal con muchas parejas, a los que compran y venden sexo y a los inyectores de droga. En definitiva, las medidas que pusieron en práctica los gobiernos que no se dejaron llevar por el delirio anticondón (en el que cayeron los EEUU de Bush) o la paranoia antioccidental (que llevó a Mbeki en Sudáfrica a recomendar la remolacha para curar el sida): Australia, Gran Bretaña, Canadá y Japón.

Una anécdota que refleja los prejuicios ideológicos que impulsan la expansión del sida, esa combinación de sexo y drogas con una enfermedad mortal: a la Pisani le censuraron un artículo en The Economist porque según el redactor jefe de la publicación "era racista decir que los africanos tenían más sexo que los asiáticos, los europeos o los americanos". Tropecientos mil signos de exclamación. The Economist con la misma concepción sexual puritana que el Vaticano...

La franqueza directa y desprejuiciada de Pisani le lleva a llamar al pan, pan y a las vaginas, vaginas:

Si tienes sexo de formas que no siguen el diseño sexual humano básico (lo que incluye una vagina lubricada), aumentas la probabilidad de producir pequeños desgarros y abrasiones que permitan al virus pasar de un cuerpo al otro. Si alternas entre el sexo anal receptivo, en el que es muy probable que te infectes, y el sexo anal insertivo, en que es muy fácil que infectes, acelerarás la transmisión del VIH.

Hechos. Pero estos hechos favorecían, y también estropeaban, determinadas "construcciones narrativas" (entre nosotros, cuentos chinos). Por ejemplo, que el sexo anal es un castigo divino. O que las personas que tienen más sexo anal, las que se van más de putas y las que se drogan con inyecciones son como a la hora de calibrar el riesgo de contagio del VIH.

El mito del castigo divino impedía una lucha efectiva contra la propagación del virus mediante la introducción de la cultura del condón. El dogma de que no hay grupos de riesgo ha llevado a una cultura de la "confidencialidad" que ha impedido campañas de prevención ajustadas a los grupos de población en las que hubieran sido eficientes. Y el mantra de los derechos ha hecho que no se pueda exigir a la gente que recibe medicamentos para el sida que acuda también a los servicios de prevención.

Muy ilustrativo también resulta ser el ensayo como sociología del sexo en general y la prostitución en particular a lo largo y ancho del mundo. Su retrato de las warias, los travestis indonesios, es fascinante. Como demoledor es su confesión de cómo se cocinan en los organismos institucionales las campañas para convertir las hipótesis científicas en impactos mediáticos, para lo que no es necesario siquiera mentir, ya que existen las estadísticas. O el modo en que se dilapida el dinero público, inflando los presupuestos de los informes u organizando reuniones improductivas de cientos de delegados alojados en hoteles de cinco estrellas. Lo que es muy revelador para conocer las causas de los fenómenos mediáticos que envuelven problemas de raíz científico pero que resultan corrompidos por intereses de financiación o por sesgos ideológicos:

Charlando con mi amigo Bert, que trabaja para el Banco Mundial, me maravillé de que casi todas las agencias de la ONU estuvieran metidas en el vagón del sida. Bert me lanzó una mirada cansada. "Las instituciones de la ONU son mendigos profesionales, y los mendigos van donde está el dinero. Así que tienes cultura y sida, niños y sida, pesca y sida. Sólo espero a que llegue cambio climático y sida.

A libros como el de Pisani los encuadro bajo una cita de Nietzsche que me gusta especialmente.

Para conquistar la verdad hay que sacrificar casi todo lo que es grato a nuestro corazón. El servicio de la verdad es el más duro de todos los servicios.

La verdad es dura, difícil y duele. Pero también puede ser divertida. Y si no me creen, lean este libro.
 

ELIZABETH PISANI: LA SABIDURÍA DE LAS PUTAS. Sexto Piso (Madrid), 2012, 324 páginas. Traducción de Javier Río Navarro.

Pinche aquí para acceder al blog de SANTIAGO NAVAJAS.

twitter.com/santiagonavajas

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