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NUEVA EDICIÓN DEL LIBERALISMO DE MISES

Bienestar para todos

Ludwig von Mises dio este libro a la imprenta con la idea de invitar al lector a redescubrir un ideario, el liberal, que está anclado en la realidad y ni promete paraísos en la tierra ni llena a la gente de odio –todo lo contrario: llama a la cooperación–. Ocho décadas después, y salvo por algunas advertencias contra el socialismo que pueden parecer anticuadas, Liberalismo sigue siendo una excelente introducción (desde una perspectiva utilitarista, no iusnaturalista) al pensamiento liberal.

Gorka Echevarría Zubeldia
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Aquí, Mises sostiene que el objetivo del liberalismo es incrementar el bienestar material de los individuos; y agrega: "Los bienes espirituales no pueden venirle al hombre desde fuera, sino sólo desde su interior".
 
Para desarrollar esta tesis, Mises analiza el funcionamiento de la sociedad e indaga en qué es lo que lleva la prosperidad a los pueblos. La civilización y las cotas más altas de progreso individual se producen allí donde la productividad laboral es elevada, lo cual viene determinado por la división del trabajo. Asimismo, la propiedad es clave en todo este proceso, porque las personas se esfuerzan más cuando se saben dueñas del fruto de su trabajo.
 
"Un sistema basado en la libertad de todos los trabajadores garantiza la máxima productividad del trabajo humano y, por tanto, atiende los intereses de todos los habitantes de este mundo", escribe Mises; y añade: "Los liberales (…) luchamos contra la servidumbre involuntaria de los trabajadores no a pesar de que sea ventajosa para los señores sino porque estamos convencidos de que en definitiva perjudica a todos los miembros de la sociedad humana. (...) un trabajador europeo (…) vive en condiciones materiales más favorables y más confortables que las de un faraón de Egipto, por más que éste tuviera a su servicio millares de esclavos".
 
Claramente, tal progreso sólo es posible bajo el capitalismo. Desgraciadamente, sus defensores siguen siendo escasos, mientras que el número de sus críticos crece exponencialmente. Éstos avivan el sentimentalismo y el miedo de la gente a quedarse sin trabajo, sin hogar, sin comida. Acusan al capitalismo de explotador y de desatar guerras para conquistar nuevos mercados, y la gente acaba por convencerse de que hay que hacer algo. Ese algo se traduce en más impuestos y en menos salarios, en más paro, en pisos más caros… Es entonces cuando los ingenieros sociales dicen: al menos, hemos "humanizado" el capitalismo.
 
Las falacias que soportan la tesis de que el libre mercado es perjudicial para la sociedad son fácilmente refutables. Mises se ocupa de desmontar brillantemente algunas de ellas, así como las virtudes del salario mínimo, el control de precios y  alquileres y demás medidas intervencionistas.
 
Frente a la opinión más extendida, que pide al Estado que nos cuide de la cuna a la sepultura, Mises aboga por que éste no haga más, pero tampoco menos, que proteger los derechos individuales y la libertad. Cuando se sale de estos dominios, sostiene el austriaco, el Estado genera conflictos que pueden llegar a ser explosivos.
 
Pensemos, por ejemplo, en la educación pública. Aparentemente, su objetivo es evitar el analfabetismo infantil y posibilitar que todo el mundo pueda cursar estudios superiores y sea capaz, en el futuro, de sostenerse por sí mismo. Sin embargo, la ausencia de incentivos impide que la educación que se procura desde el sector público sea de calidad. Además, está el problema de la manipulación política de la enseñanza. 
 
En este punto, conviene que prestemos mucha atención a lo que dice Mises; puede sernos de gran provecho: "En todas las zonas de lengua mixta la escuela es una realidad política de la mayor importancia. No se conseguirá despolitizarla mientras siga siendo una institución pública y obligatoria. Sólo hay un medio para conseguirlo: hacer (…) que la educación y la instrucción estén enteramente en manos de los padres y de asociaciones e instituciones privadas". Es más, Mises advierte de que si no se procede de este modo se despertará un "odio devastador" en la sociedad, que podría dar lugar a la voluntad de servirse de la enseñanza como "instrumento para erradicar de los hijos la lengua de sus padres" o a la "persecución" judicial, económica y administrativa de las minorías lingüísticas.
 
La solución pasa, como dice MIses, por limitar el poder del Estado. Sin injerencias estatales, los padres tendrían más libertad de elección y salvarían a sus hijos de lavados de cerebro e inmersiones lingüísticas de toda laya.
 
En otro orden de cosas, Mises alerta de los peligros que para el individuo entraña la tiranía de las mayorías. El liberalismo aboga por que ni el Estado ni la sociedad se entrometan en la vida de las personas, salvo para impedirles que ejerzan la violencia y para velar por que cumplan los contratos que han suscrito.
 
Ochenta años despúes de su llegada a las librerías, Liberalismo sigue vigente; lo cual nos lleva a temer que el futuro de la libertad sea tan sombrío como lo era entonces. Mises demostró ser un hombre adelantado a su tiempo. Un siglo después, lamentablemente, sigue siéndolo. Ojalá no lo fuera, y sus ideas estuvieran desfasadas porque hubieran sido aplicadas e incluso superadas. Pero el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra…Quizás leyendo Liberalismo, algún día, seamos capaces de no dar más traspies.
 
 
LUDWIG VON MISES: LIBERALISMO. Unión Editorial (Madrid), 2007. 270 páginas.
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