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HABÍAMOS GANADO LA GUERRA

Sin miedo y sin reproche

"Habíamos ganado la guerra. Hace unos días oí comentar que la guerra civil española la habíamos perdido todos. No es verdad. Cierto que, tras una contienda que dejaba el país en ruinas y había ocasionado un millón de muertos, tenía que haber forzosamente motivos de duelo en ambos bandos. Pero unos la habían perdido y otros la habían ganado. Los que la ganaron lo sabían bien, y los que la perdieron debían de empezar a calibrar, supongo, la magnitud de la catástrofe. Y yo, con mis tres añitos, pertenecía al bando de los vencedores". Así comienza lo último de Esther Tusquets, Habíamos ganado la guerra.

Ana Nuño
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De entrada, suena una música que nada tiene que ver con las tonadillas de mayor éxito comercial. Nada de acentos nostálgicos o resentidos, ni sombra tampoco de agresivas reivindicaciones. La letra, además, dice cosas raras. Habla, por ejemplo, de "la guerra civil española" (no de "la guerra civil", a secas, o, peor, como rezan los manuales escolares al uso en Cataluña, de "la Guerra de España"). Se refiere, además, a "un país en ruinas", a "una catástrofe", incluso a "un millón de muertos", justo ahora, cuando algunos nos pintan una guerra que habría sido menos mortífera de lo que fue y una posguerra no exenta de bondades. Colmo de la disonancia, revela la existencia de "bandos" y, peor aún, afirma que hubo "vencedores" y "vencidos", borrando de un plumazo los tácticos afanes de algunos por hacernos creer que nada hay mejor en este mundo que una "paz" basada en la anulación de tan crispadora distinción. Para remate, quien tales incongruencias escribe proclama su pertenencia al bando de los vencedores, y lo hace sin ufanarse de ello pero también sin mendigar indulgencia.
 
Con la música de ese primer párrafo, además, ha entrado en la habitación una brisa limpia y suave. Una habitación oscura y llena de muebles viejos, que huele siempre a cerrado y a humedades, y eso que es la de los huéspedes en una casa muy visitada. Por primera vez en mucho tiempo no me veo obligada a hacer lo que casi siempre hago cuando me asomo a ese espacio: comprobar, tras una rápida ojeada, que todo sigue como la víspera, y cerrar la puerta para volver a las estancias más soleadas y ventiladas, donde se respira un aire más puro y no estoy siempre pensando que acabaré tropezando con la aparatosa cómoda o las mesillas de noche. Esta vez decido quedarme en el cuarto sombrío y mal ventilado, leyendo los recuerdos de la escritora barcelonesa.
 
Recuerdos de su infancia y adolescencia y primeros atisbos de madurez, en un país y un tiempo que han sido copiosamente, quizás hasta excesivamente, evocados, recreados y glosados. Si de la narrativa o el cine español se podaran las obras ambientadas en ese tiempo, en la inmediata posguerra y la década siguiente, nos quedaríamos con un árbol más bien raquítico. Razón de más, dicho sea de paso, para sorprenderse ante el revuelo causado por la "memoria histórica". Los españoles de la generación de Esther Tusquets, nacida en 1936, y posteriores no han esperado a que ningún Gobierno levante la veda para recordar lo que se les antoje y hacer con sus memorias y las ajenas lo que les venga en gana, incluso disfrazarlas de lo que no fueron.
 
Sí, se ha escrito mucho sobre los 40 y 50, novelas, relatos, guiones. Y memorias. Lo que sin duda es Habíamos ganado la guerra, aunque también es otra cosa, como casi todos los libros de esta escritora, auténtica pionera en un género que hoy los taimados –y los amnésicos, que paradójicamente abundan entre gentes tan dotadas para la reescritura del pasado– fingen descubrir como novedad. Se ha desatado en España un auténtico furor por el género autobiográfico, las memorias y los diarios, lo cual está muy bien, visto que han sido los parientes pobres de la tradición literaria española. Pero, a diferencia de lo que sucede en las letras inglesas o francesas, donde este género es considerado tan "literario" como una égloga o una novela psicológica –y como, además, siempre tenemos que estar dando la nota de más radicales y ultramontanos que nadie–, puritanamente hemos decidido que "la ficción" es mala y que la verdad sólo anida en "la realidad" (como si, para colmo, estos dos términos fueran necesariamente antagónicos). Quizás ello explique por qué hoy tanto periodista funge de escritor y los escritores aspiran a hacerse periodistas.
 
Esther Tusquets, rara avis, es una escritora, a secas. Esta condición tiene sus consecuencias. Por ejemplo, no confunde novela y cuento y memorias, y en cada uno de estos apartados ha escrito libros que evidencian, además, un perfecto dominio de sus respectivas posibilidades. Pero –y en esto reside el mentado carácter pionero de su obra– sus escritos propiamente narrativos son inseparables de la exploración de su vida. Desde la trilogía formada por El mismo mar de todos los veranos, El amor es un juego solitario y Varada tras el último naufragio hasta su última incursión en la ficción (¡Bingo!), el hilo dorado que la recorre y le da una magnífica coherencia es esa pulsión autobiográfica que sólo recientemente, desde Correspondencia privada, ha decidido trabajar, digamos, en solitario, lejos de sus primos narrativos.
 
De tal modo que éste no es un libro de memorias al uso, por tres razones. Porque recorre un paisaje (unos temas, unas obsesiones, unas figuras) reconocible asimismo en las obras de ficción de la autora, porque está escrito con la misma honesta intensidad que pone siempre Tusquets en sus libros, sean más o menos autobiográficos o ficcionales, y porque no ha sido escrito para deslastrarse retrospectivamente de culpas personales o colectivas o, peor, para hacer del pasado un sayo cortado a la moda de hoy. Dicho sin rodeos: estas memorias no han sido escritas contra alguien o algo, ni para lavarse la cara de la mugre del pasado. En este país, donde últimamente da buenos réditos posar de opositor retrospectivo a un régimen que perduró gracias a que aun quienes lo rechazaban no lo combatieron, la de la autora me parece una actitud temeraria hasta extremos heroicos.
 
Esther Tusquets recuerda, y recuerda sobre todo a su familia, representante a la vez típica y sui generis de la burguesía barcelonesa, de la que traza un retrato lleno de vida, sin ocultar lo que cada uno de sus miembros le inspiraba. Del lado materno, los Guillén, vuelve a plantar la imponente figura de una madre que es el gran amor y la inmensa herida en la vida de la autora, que ya evocó con todos los acentos agridulces de que es capaz en la primera carta de Correspondencia privada: mujer altiva, elegante y bella que no ocultaba su admiración por Franco pero que, atea irredenta, se atrevió a dar a sus dos hijos una educación laica en colegios mixtos, auténtica transgresión pedagógica en la clerical España del régimen. De trasfondo, un abuelo "masón, liberal y mujeriego", y en primer plano el hermano menor de la madre, el tío Víctor, jugador, despilfarrador, mujeriego como su padre y no ya franquista declarado, como la madre, sino desatadamente nazi.
 
Aunque la autora no lo dice, y aunque no cabe dudar de su apego a los Tusquets, la rama paterna le inspira páginas menos brillantes. Es notable el retrato del sacerdote Juan Tusquets, el primogénito y hermano mayor del padre de aquélla, conocido propagandista antimasónico y antisemita en los años anteriores a la guerra y posteriormente reconocido catedrático de Pedagogía de la Universidad de Barcelona. Esther confiesa que ignoraba algunos de los episodios de su vida que Paul Preston ha sacado recientemente a la luz, como, por ejemplo, que la predecesora de la editorial Lumen, fundada por Juan Tusquets y que la misma Esther se encargaría de dirigir durante cuarenta años, convirtiéndola en un referente de la edición literaria en lengua española, "nació como una editorial de propaganda franquista y antisemita, la financió el cuartel general del Caudillo y se llamó inicialmente Ediciones Antisectarias…".
 
Revelaciones aparte (afortunadamente, la divulgación de "verdades históricas" no es el asunto principal de estas memorias) , los retratos que van desfilando en esta galería de los recuerdos –casi un "baile de cabezas" proustiano, en el que tampoco faltan las criadas– se mezclan con estampas de la Barcelona de los 40 –una Barcelona provinciana, empobrecida y triste, y lo dice quien vivió una infancia privilegiada y es plenamente consciente de ello–, de los pisos donde vivió con su familia, de los veraneos en la costa, en Sant Pol, Vilassar o Playa de Aro, de las aulas y patios de las cinco escuelas donde se formó, del Teatro del Liceo (en cubierta, el libro muestra una viscontiana foto, de Pérez de Rozas, de la inauguración en el Liceo de la temporada 1963), para trenzar el que sí es asunto fundamental de estas memorias. Que no es solamente, como corresponde al género, la evocación de personas y lugares hoy desaparecidos, sino ese plus que siempre está presente en las memorias de hondo calado. En este caso, a través de figuras y lugares, entre anécdotas e historias, se abre paso una interrogación honesta, a ratos expresada con no fingida perplejidad: cómo, de la suma de todas esas experiencias, ha podido surgir una conciencia que no se reduce a lo vivido y que ocasionalmente se sabe ante ello "en falta" o "en exceso", de más o de menos.
 
No destacaré lo obvio. Me importa menos que Esther Tusquets se atreva a decir en voz alta lo que tantos se afanan ridículamente en ocultar –que Franco y su régimen contó con entusiastas seguidores en esa burguesía barcelonesa que se viste hoy de nacionalismo catalán fetén–, o que revele que, al salir de la adolescencia, quiso ingresar en el "movimiento", no por oportunismo ("A finales de los años cincuenta, los hijos de la burguesía catalana ya no se apuntaban en Falange, y los padres, que quizá lo habían hecho llevados al terminar la guerra por la euforia del momento, o para lograr algún beneficio, se habían borrado hace mucho"), sino por idealismo político, basado en un genuino rechazo de las injusticias que le llevaría, después, a apoyar al PSUC. Casi me atrevería a decir que me parece secundario que esta autora que ha escrito toda su obra en castellano –y que en una reciente entrevista declaraba: "Cada vez me siento más contenta de ser catalana, por lo poco que nos entienden fuera. Pero no soy nacionalista. Y en Cataluña me indigna lo mal que se enseña el castellano en las escuelas. Éste es un país bilingüe"– no fuera invitada a la reciente Feria de Frankfurt como lo que es, una de las grandes escritoras catalanas. Mucho más importante me parece que se atreva a escribir sobre su pasado y aquella época con la inconfundible mezcla de ingenuidad y humor que siempre hace de su escritura un preciso escalpelo. Algo así como si a sus 70 años la Maisie de Henry James rememorara su infancia y adolescencia, libre ya del todo de temores y falsos pudores, pero sin haber perdido la mirada limpia de la niña que fue.
 
 
ESTHER TUSQUETS: HABÍAMOS GANADO LA GUERRA. Bruguera (Barcelona), 2007, 276 páginas.
 
ANA NUÑO, poeta, ensayista y editora.
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