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ALBIAC Y LAS VERGÜENZAS DEL ZAPATERISMO

Contra la sentimentalización de la política

El venezolano Pedro Emilio Coll imaginó hace un siglo la siguiente fábula política: un niño que, jugando con sus amigos, recibe un golpe en la cara y acaba con un diente roto, al llegar a la edad adulta es elegido presidente y se convierte en el hombre más popular y poderoso de su país. El lejano accidente infantil es el único suceso reseñable de su biografía.

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Desde aquel momento, en efecto, el chico no volvió a abrir la boca, entregado como estaba al deleite de acariciarse a todas horas el diente roto con la punta de la lengua. Los contemporáneos no tardaron en ver en su inquebrantable silencio una señal de sabiduría, y depositaron en el mudo ensimismado el destino político de la patria. Esa misma fábula fue refinada y mejorada por Jerzy Kosinski en Being There, y Hal Ashby, en su adaptación al cine, nos regaló a Peter Sellers encarnando al bobo prodigioso.
 
Gabriel Albiac introduce con citas de Desde el jardín, como en español se ha dado en traducir Being There, los capítulos y apartados de su último ensayo, Contra los políticos. Como dicen los franceses, estos epígrafes ya por sí solos "anuncian el color" del libro y su auténtico destinatario: un tipo de político y una manera de entender el ejercicio de la política.
 
Gabriel Albiac.El rótulo "los políticos" del título es, visto así, un trampantojo. Pero esto sucede siempre con los panfletos políticos inteligentes –es decir, no partidistas, no meros frutos de las circunstancias–, en los que detrás del "contra" el autor perfila un "por" o un "a favor de". Que, en el caso de Albiac, nunca asume la forma vulgar y tramposa de una risueña promesa. De nada. Precisamente porque –y éste es el pilar que sustenta su análisis– "la política es nada. Todo, la ciudadanía". Y el oficio de los políticos se reduce a poner sus dudosas habilidades en ocultar la única fuente legítima del poder que ejercen –la ciudadanía– detrás de esa pantalla en blanco. Sobre la que proyectan ficciones ni siquiera amenas. Todas ellas, por lo general, mortíferas.
 
Contra los políticos es ante todo un libro de reflexión y análisis. Quien conozca la parte más polémica y aguerrida de la obra de este filósofo, magnífico lector de Spinoza y de Pascal, sabrá de antemano que no encontrará aquí un simple libelo, que se enfrentará a una minuciosa labor de desmontaje, pieza a pieza, de la enrevesada (la deliberadamente enrevesada) maquinaria del poder político. Si Desde la incertidumbre (2000) ofrece el más detallado análisis de las consecuencias para España de la voladura del Estado de Derecho emprendida en los 80 por los socialistas de González, mediante la pinza del GAL y la politización a ultranza del poder judicial, este Contra los políticos deja magistralmente al descubierto las vergüenzas del zapaterismo, esa patología política basada enteramente en el cultivo del sentimentalismo y la inanidad.
Vivimos, desde hace casi cuatro años, en la sentimentalización de la política: la ciénaga de la cual nadie sale indemne. Y en la cual toda inteligencia muere. Con bellos sentimientos se hace mala literatura, apostrofaba Gide. En política es peor. En política, con bellos sentimientos se edifica infierno.
La sentimentalización de la política: tal es el diagnóstico certero de la patética legislatura zapaterina. Una vez establecido el cual, Albiac se dedica, con ejemplar paciencia, a apuntar la sintomatología del cuerpo enfermizo. Sus dolencias sentimentales aparecen disfrazadas con máscaras pueriles y designadas mediante torpes palotes mayúsculos: Educación para la Ciudadanía, Alianza de Civilizaciones, Proceso de Paz, Memoria Histórica, Igualdad Efectiva de Hombres y Mujeres. Y aunque Albiac no aborda otras chisteras y conejos con que el actual "Gobierno de España" ha animado sus recurrentes espectáculos de fullería política, conviene recordar que ni siquiera el ámbito más íntimo de la vida de los ciudadanos –la pareja y la familia– ha logrado escapar al furor etimológico y legislativo de nuestros sentimentales dirigentes. Como tampoco, dicho sea de paso, a la más crasa incoherencia: si se nos obliga por ley a aceptar que familia hay más que una, resulta incomprensible que se expulsen del ámbito de la pareja comportamientos que no infrecuentemente anidan en ella. Dicho de otro modo: si en un ámbito se legisla el "respeto a la diferencia", que al menos se nos explique por qué esta muestra de exquisito talante no puede hacerse extensivo al otro. Por no decir nada de los derechos de las parejas sadomasoquistas, que de semejante modo se ven tan injusta cuan reaccionariamente conculcados.
 
Albiac sabe que no basta, para denunciar éstas y otras ficciones patéticas, con demostrar que detrás de cada una de ellas anida la voluntad de instrumentalizar políticamente los constructos teóricos tan sentimental cuan desaliñadamente proclamados. No basta, en efecto, con recordar que la ciudadanía, a diferencia de la tabla de multiplicar, no es materia de enseñanza; que todos los habitantes del planeta vivimos en una sola civilización, si acaso declinados en culturas que, ellas sí, pueden no sólo ser dispares, sino hallarse enconadamente enfrentadas; que dar por buenas las racionalizaciones políticas de una banda de asesinos y vendernos esta operación como "la búsqueda de la paz" es una burda engañifa que no debería confundir siquiera a un parvulario; que la memoria es siempre individual y que la historia puede ser y es relato y lectura, descripción e interpretación y sin duda muchas cosas más, pero lo que en ningún caso admite ser es rememoración de sí misma; que postular la igualdad efectiva de hombres y mujeres no pasa de ser un ejercicio huero de tomismo trasnochado, basado en la suposición de que la igualdad no sólo es un bien absolutamente deseable, sino que además existe o que su existencia puede probarse en algún compartimento de la realidad.
 
No, no basta. Como tampoco basta con repetir –y se ha repetido hasta la saciedad– que una característica señera del zapaterismo es la perversión del lenguaje. Como buen filósofo, Albiac sabe que cualquier argumentación, por sólidamente trabada que sea, no hace mella en la verdad si se ciñe a lo apodíctico. Porque la verdad tiene la piel muy dura, y para tocar su hueso hay que hundir en ella el estilete de la contrastación y comparación entre realidades aparentemente incongruentes.
 
Tomemos el caso de la "igualdad efectiva" legislada por nuestros dientes rotos. Un analista político al uso, y además sagaz, centraría su reflexión en la inanidad evidente de legislar la igualdad en cualquier ámbito. Si también maneja las referencias al uso, aducirá ejemplarmente la larga lista de crímenes perpetrados por los poderes políticos en nombre de la igualdad. Con especial énfasis en el siglo XX, el de las mayores carnicerías "igualitarias" de la historia. En cambio, ¿qué hace un filósofo como Albiac? Obligarnos a revivir las jornadas del 20 y 21 de julio de 1789, cuando Sieyès expuso ante la Asamblea francesa sus reflexiones sobre la igualdad. El sutil y lúcido Sieyès, que trazó con mano firme la regla de oro de las democracias modernas: nunca confundir igualdad jurídica –esto es, igualdad ante la ley, basamento del Estado de Derecho– con la realidad de carne y hueso. Los individuos –los ciudadanos– son desiguales (y da igual que lo sean por nature o por nurture: realidad es desigualdad, y punto), pero el Estado no ha de tomar en cuenta las distinciones individuales constatables en la realidad, puesto que su única función consiste en imponer a todos y cada uno de los diferentes individuos (único uso de la fuerza legítimo en un Estado de Derecho) idéntico tratamiento en sus conflictos con la ley común, a todos por igual aplicable.
Y no lo hace con proclamas de paz. Lo hace asumiendo íntegramente el monopolio de la violencia más impositiva (…) La garantía inamovible de la igualdad no es la paz; es la guerra permanente del Estado contra todos; la violencia extrema que la ley regula.
Pues bien, prosigue en su contrastada demostración Albiac, el "sutil juego" del abate entre desigualdad real e igualdad legal acabó siendo devorado por el cáncer de la igualdad material, concebida –e impuesta– como realidad primera y a la vez último horizonte jurídico de la razón de Estado. El Manifiesto de los iguales, de Maréchal y Babeuf, fue el origen de esa metástasis, nos recuerda el autor. Pero la sutileza del filósofo consiste en no oponer brutalmente la lúcida construcción de Sieyès a la "Ley de igualdad efectiva de hombres y mujeres", sino en comparar la visión utópica y descabellada de Graco Babeuf a la "miseria léxica" de los zapaterinos dienterrotos redactores de este descabellado texto. Sólo así, tras leer y comparar a unos y otros políticos, puede sentenciarse, con toda propiedad, que la ley socialista de nuevo cuño que impone la igualdad entre sexos en la sociedad española no es otra cosa que un "retorno a la jurisdicción estamentaria", al Ancien Régime.
 
Estos son los "políticos" contra los que instruye el abogado-filósofo Albiac. Así son nuestros progres. No otra cosa han hecho, por cierto, al imponer un nuevo Estatuto de Cataluña que vuela los cimientos de la igualdad ante la ley de los ciudadanos de esta región, o al ensayar un "proceso de paz" que legitima el triunfo por las armas y la sangre del racismo sabiniano (y me juego lo que tengo y también lo que no tengo a que, si nuestros "sentimentalistas" volvieran a formar gobierno, procurarían llevar a término su fallida intentona). Borrar las fronteras del Estado de Derecho democrático e instaurar ese Ancien Régime capaz de garantizar la supremacía del "Estado sentimental": tal es el proyecto de los políticos contra los que escribe Albiac.
 
Por último, me niego a decir nada sobre la supuesta "negrura" de Albiac. Su visión de la política y los políticos es, ciertamente, pesimista. Pero ¿cómo reprochárselo? ¿O cómo asombrarse de que el panorama que ofrece el ejercicio de la política induzca la más negra melancolía? "El optimismo está basado en el más genuino terror": la definición es de Oscar Wilde. Como también me niego a decir nada sobre el "estilo" del autor. En este recurso anida la sempiterna coartada de quienes, y son legión, admiten como mucho que las reflexiones políticas de Albiac son singulares dado que su autor ha bebido de fuentes en las que destacan sus maestros franceses. Esto es una manera típicamente local de descalificar al autor. Vamos, que lo que se quiere dar a entender es que es "afrancesado" o "pedante".
 
A estas alturas, y ante una obra imprescindible en el panorama de las letras españolas –y no sólo en sus vertientes filosófica y política: también en sus incursiones narrativas–, las muestras de provincianismo y pacatería retratan solamente a sus autores. Pero ya puestos, aceptemos la culpable sospecha de afrancesamiento. En efecto: Albiac es un cruce, tan impensable cuan salutífero, entre Guy Debord y Raymond Aron. Tamizado por Spinoza y por Pascal. Por la lucidez judía y el pesimismo de Port-Royal. Y además escribe como lo hacía Foucault en sus mejores momentos.
 
Lo que basta para explicar por qué es un pensador maldito en la castigada escena intelectual española. Un escenario a menudo chulesco y siempre chamuscado por los despiadados focos del machadiano (y siempre, hélas, vigente) "desprecia cuanto ignoras". Que se viene abajo a la que se le pone el peso de un solo individuo cogitando sabiamente y –colmo de sobrepeso– por libre.
 
GABRIEL ALBIAC: CONTRA LOS POLÍTICOS. Temas de Hoy (Madrid), 2008, 219 páginas.
 
ANA NUÑO, poeta, ensayista y editora.
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