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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

No sabemos nada sobre China

No sé cuántos de mis lectores conocen mi pasión por la novela negra y policial, en todas sus variantes; ni siquiera sé si están enterados de que hasta he escrito y publicado unas cuantas. Baste decir, para que se entienda lo mío, que entre los pocos libros que me llevaría a una isla desierta estaría, sin falta, El largo adiós de Raymond Chandler. Voy, pues, a recomendar fervorosamente a un autor de novelas policiales.

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No es que abunden los maestros. Y hasta los maestros pueden hartarnos. Henning Mankell, sin ir más lejos, debió haber parado hace unos cuantos tomos. Justo desde el momento en que Wallander se cansó de sí mismo, que es la mejor garantía de que se cansen los lectores.
 
¿Por qué mi debilidad y mi amor por este tipo de literatura? Porque lo que sé de Suecia lo aprendí en las novelas de Selma Lagerlöf, Pär Lagerkvist y el ya mencionado Henning Mankell, que no reducen la generosidad didáctica de mi ilustre amigo José Luis Ramírez, catedrático de filosofía en Estocolmo, que me mostró un país insospechado. Y no se trata de que Mankell supere en nada a la Lagerlöf ni a Lagerkvist, tan visitado como silenciado por los que hoy escriben novela seudohistórica (¿qué no le deben a El enano?), sino de que habla de la nación actual. También porque cuando, a mis tímidos veinte años, llegué por vez primera a París, me di cuenta de que tenía el plano de la ciudad en la cabeza gracias, sobre todo, a Hugo, Flaubert, Zola, Balzac y, cómo no, Alejandro Dumas. Pero tuve que meterme en los cines de la capital francesa, aquellos en los que hasta se fumaba, como en la civilización verdadera, y ver À bout de souffle de Jean Luc Godard y Le samourai y L'armeé des ombres de Jean Pierre Melville, para hacerme cargo del espíritu canalla de aquel paisaje, todavía el de Les Halles zolianas, prepompidou.
 
Mao, retratado por Horvath.Pues bien. De China no sé yo nada que no sea uno que otro retazo de la historia del último siglo: el Kuomintang (gracias, desde luego, a La condición humana de André Malraux), la Larga Marcha y la elongación populista del mandarinato en manos de Mao, de la señora Mao y de la Banda de los Cuatro, la tristemente célebre Revolución Cultural, el partido de ping pong que le costó el Watergate a Richard Nixon y la valerosa intentona de la plaza de Tiannanmen. También sé que anduvo por ahí Den Xiao Ping y que ahora parece mandar Hu Jintao. Y no ignoro que se trata de un régimen férreamente totalitario, en el que rigen formas de la esclavitud y de la servidumbre de la gleba, donde cada instante y cada lugar de cada uno de los mil cuatrocientos millones de individuos que lo habitan tienen un registro en los archivos del Estado y del Partido. Los contactos con extranjeros están rigurosamente controlados, si no se los fomenta mediante el empleo de prostitutas, como solía hacerse y probablemente se siga haciendo en Rusia y Cuba, por si acaso el visitante en cuestión es poco transparente. La organización general es de una rigidez abrumadora, orwelliana en un sentido nada figurado, con unas jerarquías estrictas y una división de clases que Marx ni siquiera llegó a concebir en sus peores pesadillas.
 
Se ejecutan más delincuentes en China, en proporción a su población, que en ningún otro lugar del mundo, y se lo hace mediante el método de la bala en la nuca porque el Estado y el Partido comercializan los órganos de las víctimas, aunque oficialmente se las incinere y se le entreguen a las familias sendas urnas con cenizas de algo.
 
Todo eso, desde los desfiles perfectos de cientos de miles de soldados ante los dirigentes del Partido (uno se pregunta a veces si no son los mismos, que van girando y pasando por delante de la cámara del informativo, como en las películas de Eisenstein) hasta los juicios sumarísimos a cargo de camaradas de probada lealtad (al menos hasta que no se demuestra lo contrario), es vivido por gente.
 
He leído unos cuantos libros sobre China, buenos y malos. Libros de viajes y memorias, algunos con toda la pinta de ser el precio del billete y el recorrido, otros con la apariencia opuesta, de haber sido escritos porque tocaba en el plan general de la Guerra Fría, por algún oscuro redactor en un aún más oscuro sótano, sin el menor atisbo de experiencia real del país. Pero en todos, sin excepción, faltaba la gente. Las casas sin servicios en las que vive, la falta de alimentos, el frío intenso, el control de la natalidad (el más férreo del mundo: si tiene usted más de un hijo, bala en la nuca; y, para colmo, tendrá que ser con la mujer que nosotros le indiquemos), las condiciones de trabajo, la feroz explotación. La existencia humana. Como si los chinos no existieran realmente.
 
Hasta que me encontré con una novela. Mejor dicho, dos. Gracias a los buenos oficios de mi amigo y editor Manuel Florentín, que conoce mis gustos. Los libros se llaman Ojo de dragón y El primer ciudadano: los cito por orden de escritura y de publicación, y aconsejo que se los lea en esa secuencia.
 
El autor se llama Andy Oakes, nació en Londres en 1952 y empezó a publicar en 2003, es decir, siendo un hombre maduro y para nada necesitado de ganar dinero con la literatura, tras una larga y brillante carrera en la industria británica de defensa. Sus obligaciones como ejecutivo le llevaron varias veces a China, y tuvo el raro privilegio de recorrer buena parte de su territorio y convivir con indígenas.
 
Tiene un detective propio, el inspector jefe Sun Piao, tan antitético respecto de sus supuestos homólogos occidentales como una rosa y un cerdo. Por supuesto, no es un gourmet ni un chef: no hay comida suficiente para ello, ni restaurantes al alcance de un sueldo de policía, decorados para turistas. No es elegante: tiene un uniforme al que le faltan botones (no tiene quién se los cosa) y el traje con el que se casó con una mujer bellísima que lo abandonó por un ministro y por el poder del ministro, que ejerce ella (algo bastante más duro que un divorcio occidental, lo juro, sé de qué hablo). No se baña: se lava como puede y cuando puede, con agua fría o tibia en los días buenos. Siempre tiene la sensación de oler mal porque todos sus demás paisanos huelen mal: los presupuestos del Estado no dan para comprar ni para fabricar mil cuatrocientos millones de cepillos de dientes, de modo que ése es un lujo de altos cargos: formas socialistas de atender a la salud dental (y mental) del pueblo, mientras usted o yo podemos comprar cepillos de dientes baratos pero aptos en cualquier tienda china de cualquier barrio de por aquí.
 
Hay funcionarios corruptos; leales miembros del Partido que por su lealtad te mandan al infierno; policías honestos y policías dedicados a difundir la práctica de la deshonestidad; científicos empeñados en continuar, con el apaño del Estado, la labor de Pingfang, el campo en que los japoneses imitaron las experiencias del doctor Mengele (¿a que usted tampoco había oído hablar del asunto?; ya sé que me llegarán cartas de lectores diciendo "yo sí", pero la mayoría está en la inopia, como yo hasta hace dos novelas); hay cornudos; hay americanas poderosas que no entienden dónde se han metido, y a las que Sun Piao no salva porque son mujeres sin salvación; hay unos cigarrillos repugnantes (peores, al parecer, que los rusos y los israelíes, que hasta ahora se llevaban la palma), y unos licores que causarían un soponcio de marca mayor a la ex ministra Salgado; hay rufianes y grandes rufianes, camellos de calle y traficantes de Comité Central. Hay de todo. Hay la vida.
 
Lea a Andy Oakes. Me lo agradecerá y aprenderá un montón sobre China, el país del que ha venido su vecino el del colmado, ése que se pasa el día mirando la tele china, peor vestido que Sun Piao pero más poderoso que él porque alguien le dejó salir o lo envió a hacer algo. Quiera Dios que sus hijos sean españoles amarillos.
 
 
ANDY OAKES: OJO DEL DRAGÓN. Alianza (Madrid), 2007, 588 páginas.
ANDY OAKES: EL PRIMER CIUDADANO. Alianza (Madrid), 2007, 554 páginas.
 
Pinche aquí para acceder a la página web de HORACIO VÁZQUEZ-RIAL.
 
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