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NARRATIVA

Los días frágiles

Estamos ante una curiosa novela centrada en los últimos días de un poeta extraordinario. Y, sobre todo, raro. Su carácter destructivo fue su destino. Nada vio duradero, y por eso rastreó cientos de caminos. Nunca agotó ninguno de ellos, porque a cada paso veía otros nuevos. Hombre, pues, de permanente encrucijada. Me refiero a Arthur Rimbaud. Es un poeta maldito. Es el poeta maldito entre los malditos.

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Después de Rimbaud, el ideal de los románticos alemanes es imparable: la poesía cambia la vida o no es poesía. Fue tan cruelmente coherente con su idea que dejó de escribir. Después de Rimbaud, el arte ya nunca será la celebración o la condenación de la vida humana.
 
La poesía de Rimbaud es revolucionaria. Destructiva. La coherencia de Rimbaud es geométrica: su poesía cambia tanto la vida que deja de escribir. El fracaso revolucionario se plasma en su vida. Se enfrenta a todos, amigos, familias, paisanos y compatriotas… No quiere pertenecer a esa cultura. Se larga a los antípodas de Francia, de Europa, y vive casi como un tratante de esclavos en África.
 
Su forma de vida, casi bárbara y salvaje, en África, es el resultado de un programa estético. Y también político. El grandioso poeta francés, cuyos versos tenían la voluntad de destruir la cultura, termina viviendo como había previsto.
 
Es difícil hallar un programa sistemático de destrucción de la cultura comparable al trazado y desarrollado por Rimbaud. Esa voluntad de destrucción la plasma en su obra y en su vida. Fiel a su voluntad de transgresión constante, termina transgrediendo su propia escritura. No hay peor agresión a la escritura que abandonarla. Negarla. Dejar de escribir.
 
Ése fue el gran exceso de este hombre excesivo. Ésa fue, obviamente, la tragedia de sus lectores. Ésa fue, seguramente, su tragedia. Eso fue, exactamente, lo que hizo el poeta, que nos enseñó a ver con los ojos del espíritu. El poema no se ve con los ojos de la carne sino con los del espíritu, sencillamente porque la poesía es fusión de ver y creer: "Et j'a vu quelquefois ce que l'homme a cru voir".
 
En esta novela aparece algo de ese espíritu de Rimbaud, grandioso poeta en la adolescencia que dejó súbitamente las letras, los versos, para sobrevivirse a sí mismo y que vivió gran parte de su vida como si siempre hubiese sido un vulgar y hosco traficante del trópico africano. Algo, en fin, de todo eso aparece en esta novela, pero siempre en grado menor, porque se centra en los últimos días del poeta, cuando regresa a Francia muy enfermo.
 
En forma de diario, la narradora, su hermana, que es el polo opuesto de Rimbaud, va contando el regreso a Francia de Arthur, gravemente enfermo. Vuelve para morir. El retrato de los sentimientos de Rimbaud ante su trágico final, los recuerdos de la hermana y de algunos pasajes de la vida de Rimbaud y, sobre todo, la reflexión moral permanente sobre dos formas de vida radicalmente distintas, una transgresora y desasosegante y otra conservadora y sosegada, ocupan gran parte del relato. La frase breve, a veces cortante, se agradece, en una novela que tiene tanto de pensamiento como de ficción.
 
Obstinación, perseverancia y esfuerzo serían rasgos del hombre Rimbaud, que han sido perfectamente trazados aquí por Besson. Sin embargo, esos mismos rasgos ocultan el principal gesto del poeta: el odio a la cultura existente, o sea, su afán revolucionario. Su exceso. Rimbaud es metáfora de la crítica radical a la cultura occidental. Es la metáfora de la autodestrucción. Tengo la sensación de que esta por otro lado buena novela no se ha enterado de la importancia de ese asunto, crucial en la obra de Rimbaud y decisivo en la propia cultura crítica de Occidente.
 
 
PHILIPPE BESSON: LOS DÍAS FRÁGILES. Alianza (Madrid), 2007, 223 páginas.
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