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RELIGIÓN

Demasiada confusión

Junto a Arthur C. Clarke y Robert A. Heinlein, el bioquímico de origen soviético Isaac Asimov ha sido uno de los más importantes autores de ciencia ficción de todos los tiempos; sus relatos sobre robots –con sus tres leyes de la robótica– y el llamado Ciclo de Trántor son seguramente las obras que le han dado más a conocer. Lo que no es tan conocido es que era un gran divulgador de temas científicos, para lo que contaba con una buena pluma y una sólida preparación científica.

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Hace unos pocos años aparecieron en inglés dos libros de Philip Trower, Turmoil and Truth y The Catholic Church and the Counter-Faith, que recientemente han aparecido en español reunidos en un solo volumen bajo el título de Confusión y Verdad. Raíces históricas de la crisis de la Iglesia en el siglo XX. Aunque originariamente sean dos trabajos distintos, por la temática tratada forman un díptico en el que, con un ánimo divulgativo, el autor trata de hacer asequible al lector las raíces tanto intra como extraeclesiales de la crisis sufrida por la Iglesia en el pasado siglo y todavía presente en el actual.

Una buena obra de divulgación, como las de Asimov, con independencia de la materia que trate, presenta unas características que la diferencian fácilmente de las que no lo son tanto. Seguramente lo más indicativo es que tanto el especialista en la materia –al que ningún conocimiento le aporta– como el lego disfrutan en su lectura. En cambio, cuando una obra de divulgación no es tan buena, para quien tiene algún conocimiento la lectura se hace insufrible. Ser un buen divulgador es muy difícil, y por lo general los mejores suelen ser buenos conocedores de aquello sobre lo que hablan de forma sencilla, mientras que el mero diletantismo suele ser perjudicial para estas empresas; no basta simplemente con saber cosas sobre algo, para comunicar bien es preciso saber.

La claridad en las ideas, la ordenada sencillez en la exposición, si de verdad se sabe, no son incompatibles con la profundidad. Cuando esto se da, aunque los datos sean escasos y los razonamientos estén al alcance del inexperto, se deja sentir una densidad en el trasfondo del texto que hace gustosa la lectura al especialista y a quien se acerca a la materia por primera vez le evita la ilusión de creer que aquel mundo es fácilmente abarcable; pero esa profundidad adivinada no lo retrae, por el contrario, la sencillez expositiva es invitación para seguir ahondando en ese universo acabado de descubrir.

El buen divulgador, sea cual fuere la materia de que se trate, tiene una forma de dirigirse al lector rápidamente reconocible. Tiene presente que aquél para quien escribe no está falto de inteligencia, sencillamente no es experto en esa materia y perfectamente puede ser alguien muy preparado en alguna otra disciplina. Por eso, en la escritura no hay rasgos, por sutiles que estos sean, de paternalismo hacia el lector; tampoco argucias sofísticas, conscientes o inconscientes, para llevarlo tenuemente a una determinada posición; sin que por ello el autor carezca de una clara posición, al contrario, ésta la manifiesta abierta y razonadamente.

Aunque Confusión y Verdad. Raíces históricas de la crisis de la Iglesia en el siglo XX cuenta con elementos muy aprovechables, de muchas de las virtudes de la buena divulgación no anda sobrado. Pero es que, además de carecer de virtudes, también presenta algunas limitaciones muy notables: generalizaciones, ambigüedades, imprecisiones, silencios. Algunos de ellos sumamente llamativos. Si se intentan exponer las raíces de un problema, ¿por qué no hacer un análisis previo del mismo, para que así quede definido?

Pese a que el autor, desde el primer momento, dice tomar la revelación divina y el magisterio de la Iglesia como puntos de partida imprescindibles e innegociables para analizar la historia de la Iglesia en el s. XX, sorprende el tratamiento que da a los mismos, y no porque lo haga al modo progre. En la cuestión de la revelación, la concepción de ésta como autocomunicación de Dios tiene un papel completamente marginal, a pesar de que viene siendo moneda de curso desde nada más y nada menos que 1870, es decir, desde el Vaticano I. Pese a su declarada apuesta por el magisterio, las citas de los documentos del Vaticano II son escasísimas, lo cual da la impresión de que uno está escuchando una pieza musical en la que casi nunca suenen ni la tónica ni la dominante del tono en que esté compuesta; esto se agudiza, si cabe, cuando se trata de la liturgia. Se habla de muchas cosas, pero curiosamente el acontecimiento central de la Iglesia en el siglo XX brilla por su práctica ausencia.

Pero no es solamente que se cite poco. El lector puede encontrar una afirmación como ésta:

Quizá la mejor forma de retratar la nueva situación sea ver el Concilio como un cedazo sostenido por Dios para que los principales pensadores de la Iglesia pusieran en él sus ideas. Después, el cedazo sería agitado (por los debates y las votaciones conciliares) y a los documentos llegaría más o menos lo deseado por Dios;

lo cual me parece que podría firmarlo tanto un lefebvriano como un teólogo progre, aunque el autor no esté en ninguno de estos casos; en lo que diferirían unos y otros sería en el más y en el menos. Lo que dice refiriéndose a K. Rahner y a su contribución en el Concilio creo que deja claro qué quiera decir el autor con lo anterior:

No debemos negar que hizo contribuciones muy positivas a los textos. Pero también hay evidencia de que ejerció una influencia negativa en el sentido de que las posiciones tradicionales podían haber sido apoyadas con más fuerza de lo que lo fueron.

Creo que esto retrata muy bien la actitud de Trower frente al Vaticano II; pese a sus propósitos promagisteriales, no da la impresión de que el suyo sea un nítido , sino un sí pero que, por ejemplo, respecto a la filosofía y a la teología se concreta en su deseo de retornar a la cálida seguridad del tomismo.

Volvamos a Asimov. Al revés de lo que suele ocurrir, hacer una película sobre una novela, él escribió una basándose en un guión, el de Viaje alucinante (Fantastic Voyage). Ahora, con producción de James Cameron, se está preparando una nueva versión con efectos 3D. ¿Se dejará influir este proyecto por el relato de Asimov o solamente se basará en la película? Sean cuales sean las influencias o fuentes empleadas, un libro lleva una firma, lo mismo que un guión o una película; quien responde de la obra completa es el autor. Y a esto el magisterio de la Iglesia no hace excepción.

 

PHILIP TROWER: CONFUSIÓN Y VERDAD. RAÍCES HISTÓRICAS DE LA CRISIS DE LA IGLESIA EN EL SIGLO XX. El Buey Mudo (Madrid), 2010, 768 páginas. Traducción de Federico de Carlos Otto.

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