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HISTORIA

Dos libros del mayor interés

La guerra civil española parecía agotada bibliográficamente, pero ha experimentado en los últimos tiempos un relanzamiento, sobre todo en torno a las causas de la guerra. Tenía que ser así, pues lo que estaba realmente agotado era la interpretación dominante durante los últimos treinta años, basada, con unos u otros matices, en la propaganda comunista.

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Baste pensar que la escuela impuesta en la universidad española ha sido sobre todo la de Tuñón de Lara. Hace años anuncié que esa versión, pese a su predominio en la universidad y los medios de masas, no podría sostenerse ante el peso abrumador de los datos en contra y sus propias contradicciones. Choca, cuando menos, la pretensión de que la democracia fue defendida en España por un conglomerado de anarquistas, stalinistas, marxistas revolucionarios y jacobinos bajo la dirección (pues fue eso, mucho más que ayuda) de Stalin.
 
Y no es que esas versiones se den por vencidas fácilmente. Sus sostenedores han conquistado tales posiciones mediáticas y universitarias que se resisten con uñas y dientes al debate de ideas, advirtiendo públicamente contra la lectura de determinados libros "perniciosos" o recurriendo a la censura, disimulada hasta hace poco e invocada ya públicamente como una necesaria virtud. Declaración, también, de bancarrota intelectual donde las haya.
 
En este orden de cosas, acaban de aparecer dos libros que suponen un nuevo golpe para aquellas versiones: Los mitos de la represión en la Guerra Civil, de Ángel David Martín Rubio, y El colapso de la República. Los orígenes de la Guerra Civil, de Stanley Payne.
 
Stanley Payne.El colapso plantea las causas del derrumbe de la república en 1936 (que no en 1939, como quiere la versión oficial), recurriendo a frecuentes análisis comparativos con otros países. Considerando el caso español como parte algo tardía de la oleada democratizadora europea posterior a la I Guerra Mundial –fracasada en la mayoría de los casos–, resulta una notable especificidad de España. Como, seguramente, de cualquier otro caso: piénsese en la Alemania de Weimar, por ejemplo.
 
Me interesa, no obstante, señalar otro aspecto del análisis de Payne: "Las fuerzas abiertamente subversivas no fueron al principio ni importantes ni numerosas, con la excepción parcial de la CNT flanqueada por los comunistas en la extrema izquierda. Más tarde, la República se enfrentaría a la subversión de la derecha radical monárquica y de la Falange, pero ninguna de ellas tenía significación alguna por sí misma (…) Mucho más importantes y decisivas fueron las posturas de lo que Juan Linz ha denominado los principales partidos 'semileales': los socialistas y la CEDA".
 
En un sentido esto es exacto, porque la CEDA y el PSOE, como las fuerzas determinantes de la república, marcaron el destino del régimen. Pero en otro sentido mueve a confusión, pues ¿qué partidos eran leales a la república, máxime si por ésta se entiende democracia? Ninguno pasó de "semileal" en el mejor de los casos. El partido de Lerroux parece haber tenido relación con la intentona de Sanjurjo, y los republicanos de izquierda no sólo se atribuían derechos especiales para gobernar –simplemente por declararse republicanos–, sino que reaccionaron con intentos golpistas al triunfo electoral del centroderecha, en 1933, y en octubre de 1934 se situaron al lado de la subversión socialista-separatista.
 
Y la política de la CEDA no puede compararse con la del PSOE. La CEDA no era democrática, cierto, pero ¿lo eran los demás partidos? En cambio, sí permaneció afecta a la paz y a la legalidad, mientras que el PSOE pasó de una breve etapa de relativa moderación –aunque adoptando siempre una actitud instrumentalizadora hacia la república– a organizar la violencia y la guerra civil desde finales de 1933. Y cuando las izquierdas volvieron al poder, en 1936, el sector dominante de este partido se convirtió en el principal impulsor de un proceso revolucionario que multiplicó las violencias e impuso la ley desde la calle, en espera de acceder al poder de forma "legal" para ejercerlo revolucionariamente y sin riesgo de una nueva insurrección.
 
Todo esto queda muy claro en el libro de Payne, en especial lo referido a la etapa final, de colapso de la república: los cinco meses de caos, sangre y arbitrariedades siguientes a febrero del 36, presididos por Azaña y Casares Quiroga. El simple relato de los sucesos de aquel tiempo borra por completo la idea de que la derecha se sublevara contra un régimen normal, aunque algo "avanzado". Se rebeló, con todas las consecuencias, contra un proceso revolucionario amparado de hecho por los gobiernos de Azaña y Quiroga, como quedó dramáticamente de manifiesto en el asesinato de un jefe de la oposición, Calvo Sotelo, y el intento de hacer lo mismo con Gil-Robles.
 
El libro pone de manifiesto el carácter retórico, irrealista y a menudo ilógico del discurso y la actuación de Azaña, el republicano por excelencia, venerado tan acríticamente, por no decir beatamente, desde la Transición, por numerosos intelectuales y políticos.
 
Hay un punto que a mi juicio no examina lo bastante Payne, y es la relación entre la insurrección de octubre del 34 y el proceso revolucionario reabierto desde febrero del 36. Entre ambos sucesos hay un fuerte enlace, desdeñado o inadvertido por casi todos los historiadores: la campaña sobre la represión derechista en Asturias en 1934. Payne observa cómo esa represión, aunque torpe y con algunos excesos, resultó suave en extremo si se la compara con otras represiones contrarrevolucionarias, como la de la Comuna de París, la de Finlandia, la realizada por los socialistas alemanes contra los comunistas y otras.
 
Sin embargo, la campaña española sobre Asturias no sólo interesa por sus falsedades y exageraciones, mezcla típica pero realmente intensa en aquella ocasión, sino porque articuló tanto la propaganda como la unión de las izquierdas en el más tarde llamado Frente Popular, ganándose incluso la colaboración anarquista. Y su influjo psicológico fue tremendo: en 1934 la gente desoyó en casi todo el país los llamamientos a las armas hechas por el PSOE y la ERC, mientras que en 1936 existían masas muy considerables ardiendo en indignación y ansias de venganza por las supuestas crueldades derechistas (miles de asesinatos, torturas, violaciones, etcétera).
 
En 1934 había crispación, pero no espíritu de guerra civil. En 1936 existía un difundido ánimo guerracivilista. La campaña sobre la represión creó ese ambiente, creó la unidad de las izquierdas y constituye el enlace de hierro entre los sucesos del 1934 y los de 1936. Por eso puede decirse que la guerra civil empieza en el primer año y se reanuda en el segundo. Creo que también esta tesis, todavía rechazada por la mayoría de los historiadores, terminará imponiéndose por el peso de su evidencia.
 
En cuanto al otro libro, Los mitos de la represión en la Guerra Civil, redondea una obra investigadora de su autor, Martín Rubio, ya larga pero exitosamente sometida a la censura del silencio por la poderosa sociedad de intereses autodenominados "progresistas". Exitosamente por el momento, quiero decir. En un título alusivo a una frase célebre de Azaña: Paz, piedad, perdón… y verdad, y en Salvar la memoria: una reflexión sobre las víctimas de la Guerra Civil, había arrojado bastante la luz sobre los defectos metodológicos y las desvirtuaciones con que una pléyade (llamémosla así) de presuntos historiadores se ha dedicado, provincia por provincia, a exagerar la represión franquista y a falsear su contexto y significación.
 
Dedicación subvencionada, muy a menudo, con dinero público, tan generosamente otorgado a según qué tareas por las autoridades locales y regionales de izquierda, a veces también de derecha. En contraste, nuestro autor se ha visto sometido la censura y el silenciamiento de todos esos amantes de la verdad.
 
Sobre la represión conviene distinguir dos aspectos: el del número de víctimas causadas por cada bando y el, a mi juicio más crucial, de por qué la sociedad española se despeñó hasta aquellos extremos de odio. La mayor parte de la bibliografía de izquierdas al respecto centra su atención en la cuantificación de los muertos, y supone un carácter muy diferente en el terror desatado por un lado y por el otro: el terror derechista, más masivo y organizado desde el poder contra "los obreros y campesinos"; el terror revolucionario, de respuesta espontánea al anterior, pronto dominado en lo esencial por los gobiernos "republicanos" cuando éstos pudieron imponerse y dirigido contra los "reaccionarios" y la gente pudiente en general.
 
Todo esto, como prueba claramente Martín Rubio, no es más que propaganda, y sorprende que a estas alturas resurja, a pesar de estudios tan determinantes como los de R. Salas Larrazábal, que habían puesto el problema en el terreno de la historiografía seria. Las cifras de muertos causadas por ambas represiones durante la contienda resultan muy similares, lo que significa una intensidad mayor en la zona del Frente Popular, por cuanto allí pudo ejercerse sobre algo más de la mitad de la población, mientras que la de sus adversarios recayó sobre toda España. El carácter organizado del terror izquierdista, desde la dirección de los partidos a los ministerios, tampoco deja lugar a duda: nada de espontaneidad, pues. Por supuesto, muchos crímenes fueron realizados por individuos sin control, pero esto ocurre siempre en circunstancias parejas, y responde generalmente a un odio nada espontáneo, sino sembrado a conciencia por determinadas ideologías.
 
Las principales víctimas de la represión izquierdista fueron personas de clase media, con cualificación profesional o intelectual a veces muy notable, lo que había de pesar en la posterior reconstrucción del país. Y una parte importante de la represión contraria se cebó en medios sindicales, sobre todo entre trabajadores manuales, cosa lógica porque en esos medios centraban sus propagandas los revolucionarios y en ellos reclutaban a la mayoría de sus adherentes. Pero, desde luego, las izquierdas también eliminaron a miles de obreros y campesinos, pues no todos, ni mucho menos, aceptaban sus prédicas; y se eliminaron abundantemente entre sí militantes de partidos izquierdistas, como raramente se recuerda.
 
Lo que debe descartarse es la pretensión marxista de que la condición de trabajador manual lleva implícita una superioridad moral o política, como portadora de progreso o de "emancipación social". La división de las víctimas del terror mediante tales categorías trasluce la pretensión de considerar unas justificadas y las otras inaceptables, a unas criminales merecedoras de su destino y a otras víctimas del crimen. Pretensión fácilmente perceptible también, por ejemplo, en los grupos terroristas de la actualidad y sus simpatizantes abiertos o solapados.
 
Detalle de la portada de LA COLUMNA DE LA MUERTE, de F. Espinosa.Uno de los capítulos del libro toca, inevitablemente, la matanza de Badajoz. Con minuciosidad presente en todo el libro, Martín Rubio echa definitivamente por tierra las leyendas. Entiéndase bien, no pretende desmentir el hecho de que en Badajoz se produjeran matanzas, como en tantos otros lugares de España, sino la "leyenda" por excelencia de los cinco mil –o dos mil, o los que prefiera cada autor– prisioneros vejados, toreados y asesinados en la plaza de toros en una gran fiesta de la "buena sociedad", con banda de música, etcétera: la leyenda fraudulenta que dio carácter único y celebridad mundial a la represión de Badajoz.
 
Recientemente un supuesto historiador llamado Espinosa, muy jaleado por la izquierda progre, ha intentado magnificar las cifras de la leyenda, aunque resignándose a la evidencia de que la famosa fiesta de la plaza de toros no tuvo lugar. El libro de Martín Rubio pone en evidencia la metodología de Espinosa, el cual enfoca sus estudios con la mentalidad marxista más basta (en España nunca dio el marxismo mucho de sí en el plano intelectual) y de cuyo carácter puede dar idea una reciente entrevista mantenida en la SER con I. Gabilondo: en ella terminaba pidiendo la prohibición de libros como los de Martín Rubio (o los míos) por la razón básica de que contradicen a los suyos. Todo ello con la aquiescencia del locutor, cuyo espíritu democrático quedó perfectamente reflejado.
 
Los mitos de la represión aporta una gran cantidad de datos, aproximaciones sociológicas y crítica a libros muy publicitados, sobre todo a partir del prohijado por Santos Juliá Víctimas de la guerra civil, que resume el sesgado recuento de muertos, la recopilación sesgada de rencor. Lo cual nos lleva a la intencionalidad política de la campaña hoy en curso, bautizada pomposamente como de "recuperación de la memoria histórica", verdadero llamamiento a reverdecer los antiguos rencores con propósitos políticos muy actuales. Trae a la memoria la campaña sobre la represión de Asturias y, como aquella, pretende sentar un estereotipo de la derecha, identificándola con aquellos sádicos asesinos que destruyeron la gloriosa democracia republicana.
 
A muchos puede parecerles burda esa insistente propaganda, y creen poder neutralizarla con llamamientos a pensar en el futuro y no en el pasado. Fundamental error, o cobardía: el pasado y el futuro van unidos, y la impresión que, sin más análisis, transmiten tan toscas apelaciones es que quienes las hacen deben tener un pasado realmente negro, para querer ocultarlo. Y con semejante pasado, ¿qué futuro podría esperarse de ellos?
 
Es preciso responder a estas campañas rescatando la verdad, pues sólo en ella puede asentarse una auténtica reconciliación. Además, como cita Martín Rubio de Cicerón: "Si ignoras lo que ocurrió antes de que nacieras, siempre serás un niño".
 
 
– Stanley G. Payne, El colapso de la República, Madrid, La Esfera, 2005, 664 páginas.
– Ángel David Martín Rubio, Los mitos de la represión en la Guerra Civil, Basauri, Grafite, 2005, 283 páginas.
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