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POR QUÉ CREO

El entrevistador entrevistado

El s. XX nos dejó conversiones públicamente relevantes y relatos de éstas de alta calidad literaria, vertidos en muy variados géneros literarios. Baste recordar de A. Frossard Dios existe: yo me lo encontré o El "Hecho Extraordinario" de M. García Morente.

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Un caso singular es el de Carmen Laforet. En lugar de escribir en primera persona, en un personaje de su novela La mujer nueva –el primer capítulo de la segunda parte es difícilmente superable– nos cuenta su propia experiencia. Aunque ahora también podemos leer la carta que dirigió la escritora a su amiga Elena Fortún hablándole del acontecimiento ("Es una llamada, una hoguera, un deslumbramiento, una claridad maravillosa. Es como si abrieran dentro de nosotros las puertas de la Eternidad"), gracias a Cristina Cerezales, que la ha recogido en su Música blanca. Pero, pese a la pericia literaria, a lo largo de la historia, quienes han intentado contar siempre han quedado insatisfechos. A sus testimonios se podría aplicar lo que Edith Stein dice tratando del problema filosófico de la esencia:
Vea usted mismo y comprenderá lo que quiero decir. Yo, vida, alegría, ¿quién podría comprender lo que significan estas palabras sin haberlas experimentado por sí mismo?
Vittorio Messori, además de su trabajo como periodista, cuenta entre sus libros con dos extensas e interesantísimas entrevistas: la que hizo al entonces cardenal J. Ratzinger, Informe sobre la fe, y la que tuvo por protagonista a Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza. Ahora, en Por qué creo. Una vida para dar razón de la fe, le ha tocado el turno al entrevistador, y bajo este género literario nos cuenta, al hilo de las preguntas que le dirige Andrea Tornielli, su propia experiencia de conversión:
Por lo general, se hacen buenos propósitos de cambio de vida. Yo no la cambié. Me fue cambiada.
Este hecho va siendo abordado morosamente desde distintas perspectivas. Como si se tratara de la conquista de Jericó, se va caminando en círculos alrededor de la fortaleza. El pudor a contar algo tan íntimo y la propia naturaleza del misterio divino marcan el ritmo de tan imposible y, al mismo tiempo, ineludible empresa.

Pero, aunque nunca se acabe de desentrañar, a lo largo de sus cientos de páginas, el "hecho extraordinario" del verano turinés de 1964, éste proyecta su luz sobre las más variadas realidades. Desde la nueva perspectiva (meta-nous, convertere) en que Messori se halla desde entonces, las más variadas facetas de la vida del hombre descubren tonos, matices, contornos y perfiles nuevos que indirectamente remiten a ese punto de fuga nuevo e inasible. Política, sociedad, cultura, sexo, religión, arte, historia, etc., no son simplemente sometidas a crítica, sino que de ellas se abren ante el lector posibilidades de gran riqueza; nada es negado, sino que todo purificado encuentra afirmación nueva sobre roca inconmovible.

Alguien educado en una cultura radicalmente laicista y en un clima bastante anticlerical, en unas vacaciones universitarias, en un momento determinado, choca con las paredes de la inmanencia. Al joven estudiante italiano se le hace patente el encarcelamiento al que se ve sometido por una cosmovisión que niega el Más Allá y, a la par, también se le abren "las puertas de la Eternidad". Momento de "hoguera", el feu (fuego) del memorial de Pascal, en el que la Palabra se le hace presente. No un mito, un arquetipo, una leyenda, sino Alguien; ese personaje histórico que murió y resucitó: Jesús.

Y, desde el sentido que da lo eterno a todo, la vida, fuera del cepo de la angustia de la finitud, es distinta y las cosas cobran nueva luz. Desde ese momento, comienza un camino de ensanchamiento de la libertad; la razón, lejos de encogerse, se dilata, pues ya no está constreñida por ningún dogmatismo cultural al que haya que someter la realidad, sino que está seducida y atraída por la Verdad. Ante Dios, la persona se ve afirmada y cualquier forma de masificación queda relegada:
Esa polis sobre la que el Evangelio tiene que decir su palabra no es la clase, ni la nación, ni el Estado, ni el pueblo. Todas estas realidades no están compuestas por multitudes indiferenciadas, sino por personas singulares, a cada una de las cuales va el amor, la atención paternal, el cuidado privado de Dios. Del cual somos hijos, no somos gente anónima que encuentra un sentido para estar en el mundo únicamente en estar juntos. No por casualidad la confesión es individual, no colectiva. No por casualidad el juicio final será para cada hombre con un nombre, con una historia personal, diferente a todas las demás, no será un juicio a la Humanidad anónima.
Y su vida, a través sobre todo de su tarea como escritor, va a ser dar razón de esa esperanza nacida en un estío. Pero también un ir perfilando en sí mismo una forma de ser católico en este momento preciso de la historia que, por un lado, va a poner en tela de juicio muchas falsas respuestas a las preguntas del presente y, por otro, va a ofrecer maneras de estar al creyente.

Un libro transparente, cordial, inteligente y ciertamente enriquecedor. Es una lástima que adolezca, en mi opinión –¿será problema de traducción o de autor?–, de algunos importantes errores digamos de concepto (pp. 127, 255, 292) y alguna imprecisión (pp. 199, 305). Esperemos que Messori lo tome en cuenta y haga, con la próxima edición, un libro ejemplar.


VITTORIO MESSORI: POR QUÉ CREO. Libros Libres (Madrid), 2009.
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