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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Marlowe, el detective perdido

No sé cuándo empezaron a cocinar los detectives. No sé si el Carvalho de Vázquez Montalbán precedió al Spenser de Robert Parker en la gourmetería. Pero sí sé que hoy hay muy pocos detectives que, si no cocinan, no sean al menos exquisitos comensales: el Brunetti de Donna Leon, el Montalbano de Camilleri, el Jarito de Markáris, todos ellos disfrutan de la mesa.

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Ninguno de los detectives clásicos, de los que hay tres modelos muy parecidos en ciertos órdenes –el Marlowe de Chandler, el Spade de Hammet y el Archer de MacDonald– no comían, a lo sumo engullían bocadillos con café o con whisky a palo seco. Eran hombres duros, con una concepción de la vida y de su propia actividad esencialmente quijotesca: "Soy un romántico, Bernie. Durante la noche oigo gemidos y voy a ver qué pasa. De esa forma uno no saca ni un céntimo. Si uno tiene un poco de sentido común, lo que debe hacer es cerrar la ventana y subir el volumen del televisor, o apretar el acelerador y alejarse. Permanecer fuera de las dificultades y líos de otra gente. Porque todo lo que uno puede sacar es ensuciarse", resume Marlowe para Bernie Ohls, el único policía con el que mantiene una cierta amistad.

Porque las relaciones de aquellos detectives privados que tuvieron el rostro de Bogart (Marlowe y Spade) o de Paul Newman (Archer) no se llevaban bien con la policía. No hubieran sido jamás policías, o lo habían sido en una época remota y se habían alejado de ella. El pensamiento de Marlowe es clarísimo al respecto: "(...) los policías, en cierto sentido, son siempre los mismos, les echan la culpa a cosas que no la tienen. Si un tipo pierde su salario en una mesa de juego, hay que prohibir el juego. Si se emborracha, hay que prohibir el alcohol. Si mata a alguien en un accidente automovilístico, hay que dejar de fabricar coches. Si lo pescan con una muchacha en la pieza de un hotel, hay que terminar con el intercambio sexual...". Y más adelante: "Bajó las escaleras, subió al coche y partió. Los policías nunca dicen adiós. Siempre esperan verlo a uno de nuevo en la fila". "Me indicó con un ademán que siguiera mi camino y volvió a su coche. Como un verdadero policía. Ellos nunca dicen por qué hacen algo. Así, uno no se entera de que ellos mismos no lo saben". "Eso es lo malo con los policías. Uno está preparado para odiarlos y de pronto se topa con uno que se porta como un ser humano". "A los policías no se les estrecha la mano. Demasiada intimidad".

Además, está el problema de la ley:
La ley no es la justicia. Es un mecanismo muy imperfecto. Si usted aprieta los resortes justos, y además tiene suerte, es posible que al final se haga justicia. La ley no ha pretendido nunca ser otra cosa que un mecanismo.
Por eso Marlowe ha optado por un oficio paralelo:
Soy detective privado y tengo mi licencia desde hace bastante tiempo. Soy un tipo solitario, no estoy casado, estoy entrando en la edad madura y no soy rico. He estado en la cárcel más de una vez y no me ocupo de divorcios. Me gustan la bebida, las mujeres, el ajedrez y algunas otras cosas. No soy muy del agrado de los polizontes, pero conozco un par de ellos con los que me llevo bien. Soy hijo natural, mis padres han muerto, no tengo hermanos ni hermanas, y si alguna vez llegan a dejarme tieso en una callejuela oscura, como puede pasarle a cualquiera en mi trabajo, y en estos días que corren a mucha otra gente que se ocupa de cualquier cosa o de ninguna, nadie, ni hombre ni mujer, sentirá que ha desaparecido el motivo y fundamento de su vida.
Ni a Chandler ni a Hammet ni a MacDonald se les hubiese ocurrido la idea de hacer protagonista de sus libros a un policía. Lo que sí hacen Markáris, Leon, Camilleri (que dice tener por referente a Vázquez Montalbán, que era tan alérgico a la policía como Chandler), Mankell y otros autores de moda. Los policías propiamente dichos se incorporaron más tarde a la historia de la novela de investigación. No son aventureros, sino funcionarios, aunque tengan en los libros un sentido de la justicia que supera al de sus colegas.

Quizás lo único que tengan en común los investigadores independientes y los comisarios de las novelas sea su relación con el dinero, que Chandler, por boca de Marlowe, resume así:
Hay algo peculiar respecto del dinero: en grandes cantidades tiende a tener vida propia, hasta una conciencia propia. El poder del dinero se convierte en algo muy difícil de controlar. El hombre siempre ha sido un animal venal. El crecimiento de las poblaciones, el enorme coste de las guerras, la presión incesante de los impuestos... todas esas cosas lo hacen cada vez más venal. El hombre medio está cansado y asustado, y un hombre cansado y asustado no puede permitirse tener ideales. Tiene que comprar alimentos para su familia.
Y aún más:
Ésa es la diferencia entre el crimen y los negocios. Para hacer negocios, hay que tener capital. A veces pienso que es la única diferencia.
Y añade, en una conversación:
No se pueden hacer cien millones en forma limpia. Quizás el jefe crea que sus manos están limpias, pero en alguna parte, a lo largo de la cadena, hay tipos que son arrinconados contra la pared, pequeños y agradables negocios se vienen abajo y alguien tiene que liquidar y venderlo todo por unos centavos; gente decente pierde sus empleos, las acciones suben en el mercado, los apoderados son comprados como una pepita de oro antiguo y se pagan a los grandes estudios de abogados cientos de miles de dólares de honorarios para que combatan ciertas leyes que la gente quiere obtener, pero no los tipos ricos, porque interfieren con sus ganancias. El dinero en gran escala significa poder en gran escala, y el poder en gran escala es usado erróneamente. Es el sistema. Tal vez sea el mejor que podamos obtener, pero no es lo ideal.
"Habla como un rojo", le señala su interlocutor, y Marlowe responde, en tiempos de McCarthy: "No lo sé. Todavía no he sido investigado".

Y eso que no cree demasiado en la dignidad:
La mayoría de la gente pasa la vida gastando la mitad de las energías de las que dispone en tratar de proteger una dignidad que nunca ha poseído.
Casi todas, si no todas, las citas que acabo de incluir en esta nota proceden de El largo adiós, una de las mejores novelas que he leído en mi vida, más allá del género al que pertenece. El género no puede ni debe ser un límite literario. Yo Claudio, Los tres mosqueteros y hasta El Quijote son novelas de género. Chandler escribió siete novelas, todas ellas con Philip Marlowe como protagonista y narrador: La hermana pequeña, La ventana alta, Adiós, muñeca, Playback, La dama del lago, El sueño eterno y El largo adiós, además de la inconclusa Poodle Springs, que Robert Parker, por encargo de los herederos, completó a su manera hace unos años. Todas fueron reunidas hace unos años en español por Debate en dos volúmenes de Obras Completas. Ahora los lectores tienen a su disposición Todo Marlowe, en edición de RBA. Si El largo adiós había llegado a España de la mano de Carlos Barral en la célebre Serie Negra, el resto de Chandler fue publicado en el Libro Amigo de Bruguera por Ricardo Rodrigo, precisamente editor hoy de RBA, lo que revela en él un gusto y un interés poco corriente por un autor. Tiene razón.

Como decía al principio, no sé con precisión cuándo empezaron a cocinar los detectives, ni cuándo decidieron apuntarse al cuerpo de policía con todas las consecuencias (el Méndez de González Ledesma es una excepción, un policía atípico en todos los sentidos, tan extremadamente distinto del resto como los policías corruptos de Ellroy), pero percibo en todo ello una decadencia del hombre duro que lamento. Tal vez se debe a que ya no hay sitio para el individuo y que el mecanismo de la ley hace imposible que un tipo solo y solitario tenga la menor influencia sobre ninguna zona, por pequeña que sea, de la realidad.


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RAYMOND CHANDLER: TODO MARLOWE. RBA (Barcelona), 2009, 1.392 páginas.
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