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A PROPÓSITO DE LAS BENÉVOLAS, DE J. LITTELL

El escándalo y la verdad

Se debe decir la verdad aun cuando sea escandalosa –en este caso, hay que tener siempre presente que lo que se busca es la verdad, no el escándalo–. Y conviene recordar, cada tanto, aquella cita de Isaiah Berlin en su ensayo sobre la utopía: "Nada prueba que, cuando encontremos la verdad, ésta vaya a ser interesante".

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Hace unos meses, el director holandés Paul Verhoeven declaró en el diario argentino Clarín, a cuenta de su película El libro negro:
El personaje que elegimos, ese oficial alemán interpretado por Sebastian Koch, está basado realmente en un oficial de la Gestapo, que fue un hombre muy decente y no fue llevado a juicio después de la guerra porque no había crímenes de guerra en su contra. Sin duda había personas decentes en Holanda. Estaba tan harto de los personajes nazis negativos que nos han mostrado en los últimos cincuenta años, que me pareció innovador encontrar a un personaje que no era tan malo, y era interesante.
Creo que en este párrafo nos encontramos con un nuevo modo de revisionismo pronazi al que yo, sin coincidencias con la señora Arendt pero tomando su adjetivo, tildaría de banal. El director holandés construye un personaje nazi decente y positivo porque está "harto" de los nazis malos. La verdad, el hecho indiscutible de que los oficiales de la Gestapo ejecutaban las órdenes de un régimen genocida, cualesquiera fueran las funciones que les tocara ejercer dentro de su organización, le aburre. Y necesita, para construir su nueva película, un estímulo, un escándalo: un nazi bueno.
 
La novela de Jonathan Littell Las benévolas no pertenece a este nuevo revisionismo banal. Por el contrario, no sólo presenta una reconstrucción histórica rigurosa, sino que deja bien claro que entre los funcionarios nazis no existían los "tipos decentes": todos sabían perfectamente lo que hacían: matar voluntariamente a decenas de millones de civiles indefensos, torturarlos y oprimirlos, con diversos fines, como el de incrementar un poder basado en teorías disparatadas y –no es sólo el argumento de una película de Chaplin, sino la verdad– el de dominar el mundo.  
 
Con el afán banal del bravucón que mata simplemente porque puede hacerlo o con la delirante convicción de que pertenecían a una raza superior. Son éstos motivos ciertos y comprobables. Fueron diversos, los motivos, aunque no tantos. De lo que no hay duda es de que sabían lo que hacían, y de que sabían que estaba mal.
 
Jonathan Littell.En este sentido, la novela de Littell prefiere mantener la opacidad de la verdad antes que divertirse con los fuegos de artificio de la falsa novedad.
 
Creo que el escándalo no está en la novela, sino en las críticas, las entrevistas, las declaraciones. Suele ocurrir: los críticos y los periodistas también necesitan entretenerse, cambiar de aires. ¿Vamos a pasarnos todo el siglo XXI, como el XX, nos alertan los artistas y críticos transgresores, repitiendo que los nazis eran malos?
 
Cada tanto, alguien tiene que remover el avispero. Tiene que haber alguien que compare las multas de tránsito que ponen los ingleses con las leyes raciales de los nazis, que nos diga que son lo mismo porque tras ambas anda el Estado. Cada tanto tiene que salir algún vivillo a divertirse con los muertos.
 
El personaje nazi de Littell dice muchas cosas contrapuestas. En algunos párrafos incrimina a todos los lectores: cualquiera de ustedes, cualquier ser humano en mi lugar, hubiera hecho lo mismo; el Estado es capaz de convencer a cualquiera de qué sea lo bueno y qué lo malo en un determinado momento; el aire de la época puede intoxicar, sea cual sea su aroma, cualquier cerebro. Pero en otros párrafos afirma exactamente lo contrario: existe una solidaridad humana –dice mientras presencia una matanza de judíos rusos en la estepa– que no puede quebrarse ni aun en medio de la peor barbarie. La reacción física y mental de los verdugos ante sus propias acciones (vómitos, llanto, enloquecimiento furtivo) lo demuestra: habían hecho todo lo posible para deshumanizar a sus víctimas, y sin embargo matarlas no les resultaba indiferente.
 
Eso dice el personaje nazi de Littell, frente a su propia reflexión de que en las correctas circunstancias todos podríamos matar alegremente, sin que se nos moviera un pelo; de que podríamos dejar de considerar humano a tal o cual sujeto.
 
Es lógico que un personaje nazi mantenga estas dos opiniones contrapuestas. En la vida real, Adolf Eichmann, desde que fue capturado, así como en el juicio a que se le sometió en Jerusalem, esgrimió en algunos momentos ciertos argumentos y en otros los opuestos. Parece que la única persona que pudo enterarse de qué le pasaba realmente por la cabeza fue la heroína intelectual de nuestro tiempo, la señora Arendt. Perdón por mi interrupción, pero mi humilde opinión es que la señora Arendt era tan ignorante de lo que le pasaba a Eichman por la cabeza como lo somos todos nosotros, y como lo es el propio Littell.
 
Hanna Arendt.No hay nada inverosímil en los múltiples pensamientos contrapuestos del personaje nazi de Las benévolas, pero que no sea inverosímil no quiere decir que sea verdad. Los nazis no eran muy ordenados, y mucho menos lógicos, en sus teorías. Desde la atención al tamaño de los cráneos hasta sus esperanzas de que la muerte de Roosveelt representara su inmediata victoria, eran una sarta de insensateces que no podían comprobarse empírica ni científicamente. Cuenta Elzbieta Ettinger, en su imprescindible libro Hannah Arendt y Martin Heidegger, que en cierta ocasión Heiddeger se quedó muy consternado al descubrir que uno de sus alumnos arios mostraba menor resistencia física, en una prueba de destreza, que uno de sus alumnos judíos. De modo que hasta sus más renombrados filósofos no eran precisamente gente de confiar desde una perspectiva científica, lógica o realista, como queramos llamarla, enfureciendo a los relativistas.
 
Lo cierto es que, aunque sabemos que los nazis eran malvados, en el sentido de que eran verdaderos sacerdotes del Mal, todavía no sabemos bien qué les pasaba realmente por la cabeza. Y tal vez descubramos parte de su eficacia en el hecho de que nunca terminaremos de saberlo.
 
Las opiniones de críticos y periodistas acerca de que el personaje nazi de la novela de Littell, Max Aue, genera empatía, y de que todos podríamos habernos comportado como él en las mismas circunstancias, son insostenibles. Yo no sé cuál es el criterio medio de una vida tranquila, pero este personaje comienza su infancia queriendo ser su hermana –que es su melliza– y fornicando alegremente con ella. Posteriormente denuncia a uno de sus amantes a las autoridades nazis. Luego mata a su madre y a su padrastro, a su propia hermana (o al menos eso me pareció entender). Mata también a uno de sus amantes, y mata a su mejor amigo. Yo no creo que el suyo sea un comportamiento que nos haga concluir que se trataba de una persona de lo más normal, que sólo mataba por órdenes superiores. Y no quiero decir, por supuesto, que los nazis en general hayan sido tipos como Aue: lo que digo es que Aue no puede ser precisamente el ejemplo de hombre gris a tono con una época asesina.
 
Pero también es cierto que si bien un nazi puede ser cualquier persona, no cualquier persona acaba siendo un nazi. Los búlgaros y los daneses hicieron mucho por salvar a las víctimas del nazismo, mientras que centenares de miles de ucranianos se apresuraron a cumplir las ordenes de los nazis... antes incluso de que les fueran impartidas. Los europeos, ante las mismas circunstancias, actuaron de modos muy distintos. Los ingleses resistieron casi sin esperanzas, mientras que en Francia se instaló rápidamente un Gobierno pronazi.
 
En la novela, Max Aue elige estar en los grupos de ejecución de civiles indefensos. Una y otra vez, hasta la batalla de Stalingrado, le dan la oportunidad de dedicarse a otra cosa, pero él prefiere, con una perseverancia destacable, participar en el asesinato de niños y mujeres. No se trata de alguien que se vea obligado por las circunstancias; y, por supuesto, es perfectamente consciente de que lo que está haciendo está mal. Lo repite una y otra vez, del mismo modo que en otros párrafos dice lo contrario.
 
Las opiniones de algunos jerarcas nazis sobre el judaísmo y el sionismo están bien documentadas. Los nazis, en su afán de encontrar justificaciones para sus desmanes, intentaban considerar el sionismo un movimiento racial. Lo especialmente insólito de este disparate, uno más de los muchos de los nazis, es que en el sionismo se dan cita sujetos de mil y una etnias y culturas: judíos negros del África; judíos morenos de Marruecos, Irak, Túnez o el Yemen; judíos pálidos de Polonia y Rusia; judíos morenos, de nuevo, de Hungría. Judíos, en suma, de todos los confines, colores y lenguas de la Tierra.
 
Ni el sionismo ni el judaísmo manejan el concepto de raza. Es un concepto totalmente ajeno tanto al sionismo como al judaísmo. En cambio, sí unificaban a los judíos, fuera cual fuera su color de piel, los Diez Mandamientos. Eso era algo que los nazis no podían entender. Y, curiosamente, tampoco lo entiende la izquierda reaccionaria: basta con leer cómo retoma los argumentos de los nazis para atacar, en nuestros días, al Estado de Israel.
 
Y es que, en última instancia, el revisionismo banal incluye una voluntad profunda: la de eludir la responsabilidad, las reglas y los juicios. Todos somos éticamente iguales, propone el revisionista banal: los nazis y los aliados.
 
Pues, no. El libro de Littell jamás se habría publicado si hubieran ganado los nazis. La totalidad de las críticas contra los Aliados por su comportamiento en la guerra fueron publicadas en las democracias occidentales gracias a que triunfaron los Aliados. Y seguimos debatiendo estos temas, en las democracias occidentales, gracias a que triunfaron los Aliados.
 
Yo sé que hay muchos artistas que no valoran ni respetan esta escasa libertad de la que hoy gozamos. Pero todos ellos quieren vivir en las democracias occidentales, que son los únicos países del mundo en que pueden jugar a hacer sus escándalos sin ser asesinados.
 
 
JONATHAN LITTELL: LAS BENÉVOLAS. RBA (Barcelona), 2007, 1.200 páginas.
 
MARCELO BIRMAJER, escritor argentino.
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