Menú
Con tu apoyo hay más Libertad
  • Sin Publicidad
  • Acceso a Ideas
  • La Ilustración Liberal
  • Eventos
'EN LA MITAD DE MI VIDA'

El honor de las víctimas

Si no empezara este libro hablando de Eta estaría obviando la importancia fundamental que la banda terrorista ha tenido en mi vida. Si no hubiera vivido en el País Vasco, y no hubiera sentido tan de cerca el zarpazo de Eta, nada de lo que ha sido hubiera sido. Sin Eta mi vida habría sido completamente distinta.

0

¿Cuánta gente del País Vasco y del resto de España podría decir lo mismo? ¿Cuánta gente tiene un antes y un después en su vida estrechamente vinculado a esa banda terrorista? Seguramente mucha más de lo que nos gustaría creer. Nos ha marcado a generaciones enteras, unos lo vivimos con más intensidad que otros, pero nadie hoy con una pizca de sensibilidad puede decir que Eta no ha sido un agente determinante en su vida sin haber sido invitada a ello. Por eso quiero empezar hablando de Eta, porque mucho de lo que nos ha ocurrido pivota en torno a la banda terrorista y a sus actuaciones. Su existencia ha marcado el devenir de la sociedad vasca y, desgraciadamente, en muchos casos lo ha marcado en clave completamente negativa, porque ha sacado lo peor de nosotros mismos como personas y como sociedad. Nos hemos comportado en demasiadas ocasiones como cobardes, como egoístas, como mezquinos... incluso como inmorales.

Como sociedad hemos dejado bastante que desear. ¿Cómo se puede entender, por ejemplo, que en 1993 fuéramos capaces de celebrar la Tamborrada como si nada hubiera pasado? El 19 de enero es la víspera de la Fiesta Grande de San Sebastián y durante las veinticuatro horas del día 20 de enero cientos de tamborradas recorren las calles de San Sebastián tocando las marchas del maestro Raimundo Sarriegui. Es nuestra fiesta más entrañable y la más participativa. Casi todo el mundo toca en alguna tamborrada o tiene un amigo o un familiar que lo hace. Los donostiarras en general somos poco participativos pero esta fiesta en concreto la vivimos con muchísima intensidad. La bandera de San Sebastián se iza a medianoche en el balcón de la biblioteca municipal de la plaza de la Constitución, en plena Parte Vieja donostiarra, con la Tamborrada de Gaztelubide, y ése es el inicio de las veinticuatro horas más festivas de nuestra ciudad.

El año 1993 la bandera se izaba en el ayuntamiento de San Sebastián porque había obras en la biblioteca de la plaza de la Constitución. Estábamos en el despacho del grupo popular esperando que dieran las doce para asomarnos a los balcones y ver cómo se iniciaba la fiesta, cuando empezaron a llegar rumores de un atentado de Eta, de que algo había pasado. No dábamos crédito. La víspera de la Fiesta Grande de San Sebastián, a escasos minutos de la medianoche, Eta no podía atreverse a cometer un atentado. Pero, una vez más, Eta lo había hecho. Efectivamente, a las 23,30 un pistolero de la banda había asesinado de un tiro en la nuca al empresario hostelero José Antonio Santamaría mientras cenaba en una sociedad gastronómica de la Parte Vieja de San Sebastián.

En los pasillos del ayuntamiento se produjeron momentos de confusión y nerviosismo. Todavía recuerdo ver pasar a los concejales de Batasuna como si nada hubiera ocurrido mientras los demás tratábamos de asimilar que Eta acababa de matar una vez más. Hubo gritos e insultos pero, aunque parezca mentira, se izó la bandera y empezó la fiesta. Las tamborradas salieron como si nada hubiera pasado: exactamente con la misma actitud que acabábamos de ver en los concejales de Batasuna, actuar como si nada hubiera sucedido. Como toda muestra de duelo, la bandera de San Sebastián ondeó a media asta y con un crespón negro. No se suspendió ni un solo acto, y el ambiente festivo inundó las calles de la ciudad. ¿Cómo fuimos capaces de empezar la fiesta con el cuerpo de José Antonio Santamaría todavía caliente en la Sociedad Gaztelupe, a escasos metros de allí?

Éste no es un hecho aislado que ejemplifica lo peor de la sociedad vasca, porque cuatro años más tarde, en los Carnavales de Tolosa, que son los más populares del País Vasco, volvió a aflorar esa muestra evidente de mezquindad y miseria humana. El 11 de febrero del año 1997, cuando la comparsa Kabila estaba a punto de iniciar su desfile, le asestaron un tiro en la nuca a su director, el empresario vasco Patxi Arratibel. En un gesto que le honró, el Ayuntamiento de la villa recomendó suspender oficialmente las fiestas, pero fueron las propias comparsas las que se negaron a ello. No contentas con este desprecio a una víctima que acababa de ser asesinada allí mismo, algunas de aquellas comparsas homenajearon durante esos mismos carnavales al cabecilla de Batasuna Eugenio Aramburu, que había aparecido ahorcado en su caserío de Vizcaya unos días antes.

Así hemos vivido, negando homenajes a las víctimas y homenajeando a los verdugos, sin valor para suspender unas fiestas manchadas de sangre, haciendo como que no pasaba nada cuando Eta nos amargaba trágicamente la vida.

Por desgracia, hemos vivido muchos más ejemplos de la peor cara de la sociedad vasca, de una sociedad marcada por el miedo y la falta de libertad. Nos ha faltado coraje para rebelarnos, para plantarle cara al terror, pero también es verdad que muchas veces hemos practicado una doble moral que nos hacía estar más cerca de los verdugos que de las víctimas. Durante años, cuando Eta asesinaba a alguien se decía con malicia: "Algo habrá hecho". Y de esa manera, si no se justificaba el atentado sí se le daba una explicación, una razón de ser, y se convertía a la víctima y a su familia en verdaderos apestados. Al terrible dolor se añadía el oprobio. ¡Cuántas familias han tenido que marcharse de su barrio, y en muchas ocasiones de sus pueblos y ciudades, por el vacío social al que se veían sometidas! Víctimas que no recibían ninguna atención por parte de las autoridades, por no hablar de la carencia total de ayuda psicológica o económica institucional después del atentado.

(...)

Eta ha conseguido durante años imponernos su ley del silencio y, por miedo o por comodidad, hemos accedido a ello. Como sociedad hemos dejado mucho que desear, pero nuestras instituciones no han dado mejor ejemplo. Y no sólo me refiero a las instituciones políticas, porque en el País Vasco incluso la institución eclesiástica ha adolecido de falta de ejemplaridad e incluso de falta de caridad cristiana.

[...]

Durante años hemos enseñado nuestra cara más amarga: en primer lugar, desde luego, Eta con su maldad, y después nosotros como sociedad incapaz, a veces por miedo y otras por comodidad, de acabar con ella. Por eso he querido empezar hablando de Eta, no para darle más protagonismo del que ya tiene, sino para dejar claro que estoy segura –¡quiero estar segura!– de que mis hijos vivirán sin su presencia y de que cada vez habrá menos personas que al hacer balance de su vida comprueben, con la resignación e indignación con que yo misma lo hago ahora, que Eta ha sido un elemento determinante en sus vidas. Ha sido un intruso indeseable que nos ha marcado para siempre.

Estoy convencida de que nunca volveremos a los años de plomo, ni a tener que ir a concentraciones semanales exigiendo la liberación del último secuestrado, ni a tener que pasar horas y horas en Urgencias del Hospital Aránzazu, ni a intentar paliar el dolor de viudas y huérfanos con abrazos tan llenos de cariño y solidaridad como incapaces de llenar el vacío por una vida truncada. Ojalá no haya más manifestaciones exigiendo libertad y alternancia política, manifestaciones en las que, hombro con hombro con adversarios políticos, se fraguaban amistades de lo más variopintas.

No más desgarros personales. No más dudas de si merece o no la pena. Todo esto no volverá a ocurrir, no debe volver a ocurrir. Hemos madurado, hemos aprendido a base de sufrimiento. Pero ¿hemos aprendido lo suficiente? ¿Seremos capaces de hacerlo bien? ¿Recordaremos a todas y cada una de las víctimas del terrorismo y su exigencia de Memoria, Dignidad y Justicia? Una vez que Eta ya no exista, ¿estaremos seguros de no haber hecho "cosas que puedan helar la sangre de las víctimas", como denunció certeramente Pilar Ruiz, la madre de Joseba Pagazaurtundua?

[...]

El honor de las víctimas

Si he empezado hablando de Eta y también de la respuesta social que tanto en positivo como en negativo generó, no es casualidad que ahora lo enlace con las víctimas, porque son las dos caras del terrorismo: la maldad frente a la bondad, el odio frente al amor, el rencor frente a la reconciliación, lo peor del ser humano frente a lo mejor.

Por las víctimas, aunque sólo fuera por ellas, tenemos la obligación de ser honestos con la historia y no falsearla. Tiene que quedar muy claro que Eta ha existido, tiene que quedar muy claro quiénes fueron las víctimas y quiénes fueron los verdugos. Y también tiene que quedar muy claro quiénes son los vencedores y quiénes los vencidos para que esta pesadilla no vuelva a producirse.

No podemos permitir que la historia del terrorismo de Eta en el País Vasco termine como si hubiera habido un empate. O como si hubiera habido dos bandos en una lucha legítima para ambas partes. No. En Euskadi no había dos bandas ni dos bandos; en el País Vasco había y sigue habiendo una banda terrorista que asesina y aterroriza a la sociedad, unos terroristas que eligieron de forma voluntaria ser asesinos o cómplices de asesinato, y unas personas que en ningún momento quisieron ser víctimas ni dar su vida porque unos asesinos decidieran que les tocaba.

Durante demasiados años se creyó que Eta era un movimiento surgido contra la dictadura de Franco. Si así hubiera sido, su actividad criminal habría cesado al morir el dictador, o cuando los españoles pusimos en marcha nuestra democracia en ese impecable ejercicio de concordia que fue la Transición. No fue así, sino todo lo contrario: Eta intensificó su actividad a partir de 1975 porque no luchaba por las libertades y contra la dictadura, sino por imponer su propia dictadura totalitaria. Eta siempre mató contra España y contra lo que ésta representa en Euskadi: la libertad, la democracia y los derechos individuales. Eta siempre mató en nombre de un proyecto político totalitario, el suyo, en nombre de la independencia de una supuesta Euskal Herria, un pueblo vasco supuestamente "oprimido" por dos naciones, la española y la francesa. Y en defensa de esa mítica patria vasca han cometido todo tipo de atrocidades.

Cada uno de los etarras eligió libremente cruzar la línea que separa el Estado de Derecho del terrorismo. Nadie los obligó. Y por eso, hoy más que nunca, sus atentados ni pueden ni deben quedar impunes. No basta con un supuesto arrepentimiento privado que les dé derecho a beneficios penitenciarios. Deben pagar por todo el mal causado. Podrán redimir penas de acuerdo con la ley como el resto de los reclusos españoles, pero siempre de forma justa y con el beneplácito de las víctimas. Matar no tiene premio, pero dejar de matar tampoco debe tenerlo.

No permitamos que nadie nos escriba la historia y dejemos claro desde ahora mismo que el punto final a este capítulo negro de la historia de los vascos sólo se podrá poner con el visto bueno de las víctimas, al margen de intereses partidistas (aunque algunos quieran disfrazarlos de intereses de país). Debemos dejar claro quiénes han sufrido y quiénes se han encargado de hacer sufrir al resto con terrible saña y maldad.

Espero que los responsables políticos y la sociedad en su conjunto sean justos con la historia porque se lo debemos a las generaciones futuras, aunque acabar con esta pesadilla nos cueste un poco más de tiempo.

Acabar con esta pesadilla significa lisa y llanamente derrotar a Eta y a todo lo que la banda terrorista representa. Su final debe deslegitimar toda su carrera criminal e invalidar su proyecto político, que está totalmente pervertido desde el momento en que lo han defendido derramando la sangre de cientos de inocentes. No podemos dejar ni un resquicio a la duda de pensar que existía alguna razón para hacer lo que hicieron.

Desde la niña Begoña Urroz Ibarrola, que murió con apenas veintidós meses al alcanzarle una bomba incendiaria colocada en la estación de Amara en San Sebastián, hasta el policía francés Jean-Serge Nérin, asesinado en Dammarie-les-Lys, al norte de París, el 16 de marzo de 2010, Eta ha asesinado a 858 personas, y todas y cada una de ellas se merecen que antes de poner el punto final a la existencia de la banda terrorista pensemos si lo que se está haciendo les parecería bien, si considerarían que se estaba produciendo un final de Eta justo.

Un final justo significa sencillamente que se haga justicia y que todos los que han colaborado de un modo u otro con la banda terrorista paguen por sus culpas antes de reinsertarse en la sociedad. La sociedad será generosa, de eso estoy segura, pero primero querremos confirmar que hay un arrepentimiento sincero por parte de los verdugos. Un arrepentimiento sincero que se traduzca en petición de perdón a sus víctimas, en colaboración con la Justicia y en la asunción real de las consecuencias que tienen sus actos. Y no por querer que se haga justicia somos peores personas. Al revés. Querer que se haga justicia es lo que impedirá que nadie busque venganzas personales, pues ya está el Estado de Derecho para aplicar la ley.

No nos dejemos engatusar ni envolver por atractivos cantos de sirena a la hora de ponerle punto final a la negra historia del terrorismo. No nos olvidemos del sufrimiento que hemos padecido desde hace años, del daño irreparable que Eta ha causado a infinidad de familias y de la marca indeleble que ha dejado en esta sociedad. No olvidemos para que podamos construir entre todos un futuro de convivencia y pluralidad. No olvidemos para que las siguientes generaciones se sientan orgullosas de nosotros y puedan, ellas sí, aprender de nuestros errores. No intentemos borrar ni nuestra memoria ni nuestra historia, porque ésa será la mejor manera de evitar que esa historia se vuelva a repetir.

Paz sin libertad

Es muy duro vivir en una sociedad dividida y atenazada por el miedo. Estamos deseando que acabe Eta, pero ¿qué herencia dejaremos a nuestros hijos si no somos capaces de ir hasta el final en la derrota del terrorismo y consentimos, con la excusa de vivir en paz, el olvido de lo más importante, vivir en libertad?

La paz sin libertad no tiene ningún sentido. Hasta en las dictaduras se puede vivir en paz, siempre y cuando no se critique al régimen. Pero lo que nunca hay es libertad. La libertad es mucho más necesaria que la paz. La libertad de cada persona es individual e intransferible, no nos la deben arrebatar. Y, sin embargo, en el País Vasco durante años no hemos podido ser libres, así que ahora, que parece que el final de Eta está cerca, tengamos el sosiego y la madurez de saber qué es lo que debemos primar y cuál es el camino que debemos seguir. Ése es el camino que marcaron las víctimas: Memoria, Dignidad y Justicia. Y si lo seguimos es difícil que nos equivoquemos.

Me parece importante que esto quede claro. Me preocupa, por las cosas que estamos viendo, cómo terminará la historia de Eta. La banda terrorista por sí sola no querrá terminar, no querrá reconocer lo inútil de sus cuarenta años de terror, lo absurdo de su proyecto totalitario, e intentará, aun en sus últimos momentos, sacar algún tipo de ventaja. No quieren que la historia los juzgue como lo que son, unos asesinos, y buscarán que se les reconozca una justificación política. Espero que no caigamos en ese espejismo, que no nos dejemos llevar por el buenismo imperante o que, llevados por la premura de la cercanía de una campaña electoral o por la búsqueda de réditos partidistas, terminemos flaqueando en el último momento.

Más de una vez, y en distintos foros, he tenido la misma discusión, y no siempre con personas que pudieran ser sospechosas de querer silenciar a las víctimas. Hay gente que opina que las víctimas no pueden hacer planteamientos políticos y que, si los hacen, éstos no deben ser tenidos en cuenta. Discrepo total y rotundamente. Porque las víctimas no han elegido serlo, mientras que sus agresores, los etarras, han decidido de forma voluntaria convertirse en asesinos.

Ninguna de las 858 víctimas mortales de Eta, ni de sus innumerables víctimas, los heridos, los extorsionados, los que se han visto obligados a marcharse de su tierra, ninguno de ellos ha elegido ser víctima. Ninguno ha podido elegir, ni siquiera los políticos hemos elegido ser víctimas u objetivos del terrorismo. Conocemos la realidad y los riesgos que conlleva dedicarse a la política en Euskadi, pero eso no nos hace aceptar sin más el hecho de que podemos ser víctimas de Eta.

A muchas personas, y a muchos sectores de la sociedad, las víctimas de Eta los incomodan porque son el recuerdo vivo de la maldad, porque son la voz de las conciencias adormecidas cuando reivindican Memoria, Dignidad y Justicia, porque nos obligan moralmente a tomar partido entre víctimas y asesinos, porque nos hacen salir de nuestro territorio de comodidad donde ni siquiera tenemos que imaginarnos todo su sufrimiento. Las víctimas resultan incómodas cuando ejercen de Pepito Grillo recordándonos continuamente que su dolor no puede haber sido inútil y que determinadas situaciones políticas no deben permitirse porque suponen una afrenta cruel para ellas.

Si la sociedad española, en algún momento, da la espalda a las víctimas en sus reivindicaciones de Memoria, Dignidad y Justicia será la prueba de que lo peor de nosotros mismos ha triunfado.

 

NOTA: Este texto es un extracto del primer capítulo de las memorias de MARÍA SAN GIL, EN LA MITAD DE MI VIDA, que acaba de publicar la editorial Planeta.

0
comentarios

Servicios