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LA CORRECCIÓN POLÍTICA

El mal del presente

El mal de la corrección política ha generado otros, paralelos y complementarios. Uno de ellos es la corrección histórica, expresión polisémica que remite a diferentes planos: la historia corregida que se enseña, cuando se enseña, en nuestras escuelas y la historia corregida del negacionismo, por una parte, y la permanente adaptación del pasado a las necesidades del presente, por otra.

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De este último asunto, el de la recreación del relato histórico al servicio de la política y su utilización metafórica, que aboca sin remedio al anacronismo, trata el magnífico libro de Jean Sévillia que acaba de publicar Ciudadela en Madrid: Históricamente incorrecto, una guía de perplejos que todo lector inteligente debería consultar a modo de vacuna contra las enfermedades ideológicas de la época.
 
El ejemplo de Ben Laden, del que se ocupó hace un par de años John Gray (en Al Qaeda y lo que significa ser moderno, Paidós, 2004), debiera bastarnos como prueba del anacronismo al que se nos somete. Decía allí Gray que no hay mayor tontería que sostener que Al Qaeda es una organización medieval; en realidad es "un subproducto de la globalización [...] igual que los cárteles de la droga de dimensiones mundiales [...] y su rasgo más característico, el de proyectar por todo el mundo una forma privada de violencia organizada, hubiera sido imposible en el pasado [... y] la creencia de que es posible precipitar el advenimiento de un nuevo mundo mediante espectaculares actos de destrucción no se encuentra por ninguna parte en tiempos medievales". El terror revolucionario es una invención moderna.
 
Sévillia va más allá: "Cuando hoy se quiere estigmatizar las costumbres de los talibanes o el oscurantismo de los mulás iraníes, se evoca el mundo medieval". "Una casta cruel que esclaviza a un pueblo embrutecido por el miedo, un universo de barbarie, ¿no era eso la Edad Media?", se pregunta al final. Claro que la Edad Media no tenía nada que ver con eso, ni era lo opuesto; sino otra cosa, que distaba mucho de la barbarie y que dio lugar, precisamente desde la resistencia al islam expansivo, al Occidente cristiano del Renacimiento. Y es que el hecho de que "las civilizaciones egipcia, griega y romana se hayan basado en la esclavitud, nadie lo recuerda", pero sí recuerdan todos al siervo medieval, que "sigue personificando el pasado más abominable: el nuestro".
 
Benedicto XVI.La tendencia a abolir nuestro propio pasado, el horror y el desprecio generalizados a lo que fuese que hiciesen quienes nos precedieron en este mundo, el no quererse a sí mismo de Occidente del que ha hablado hace poco Benedicto XVI, es el resultado de un proceso de deshistorización que probablemente se haya iniciado en la primera década de existencia de la extinta URSS.
 
Fueron los soviéticos los primeros en reformar el pasado, los que con el tiempo llegaron a publicar, por ejemplo, historias de la filosofía en las que todo el pensamiento occidental se resumía en cincuenta páginas y no tenía más función que la de prologar el marxismo. Fue Eisenstein quien retrató a un Iván el Terrible en el que todo el mundo reconocía a Stalin, era la prefiguración de Stalin. Y Tarlé escribió un sesudo volumen sobre una imaginaria clase obrera en la Revolución Francesa, y Ehrenburg concibió a Babeuf como el protocomunista de los soviets de 1789.
 
De pronto, todas las épocas estaban en un mismo plano temporal, convocadas por el fin de la historia, que los comunistas llamaban fin de la prehistoria porque la verdadera historia del hombre se iniciaba con ellos y en ellos. Y lo mismo empezó a ocurrir en los primeros años 30 en Alemania, donde los arios, tan imaginarios como la clase obrera revolucionaria, se proponían cerrar, o abrir, la historia. Y en los 20 en Italia, donde Mussolini no tuvo mejor idea que anunciar la restauración de la gloria de Roma.
 
Jéan Sévillia.¿Para qué les sirve a los poderes constituidos esa manipulación del pasado? Lo explicaba en este mismo periódico Cristina Losada: para que "la próxima vez que se pregunte a unos estudiantes sobre la guerra civil, respondan que se libró entre los defensores de la democracia y las hordas fascistas de Aznar".
 
Pues bien: Jean Sévillia ha escrito Históricamente incorrecto con el propósito de desfacer precisamente ese entuerto, devolviendo a la historia lo que es de la historia y al presente lo que es del presente. El resultado es un libro claro, asombrosamente didáctico y lleno de sorpresas para aquellos de nosotros que cometemos el error de creer que sabemos: la verdad es que también los que creemos saber estamos llenos de prejuicios, de ideas recibidas que se han quedado ahí por falta de atención crítica, de lugares comunes aceptados.
 
Si la Edad Media no es "la edad oscura", ¿qué es? Jean Sévillia lo explica. Si las Cruzadas no fueron una explosión de intolerancia, que no lo fueron, ¿qué fueron? Si los cátaros no fueron bondadosas e inocentes víctimas de la brutalidad católica, ¿qué fueron? ¿Son comparables las guerras de religión europeas con los actuales enfrentamientos con el islam y entre islámicos? Si el fascismo no es una exacerbación de las derechas tradicionales, ¿qué es? Jean Sévillia lo explica. Y explica el Antiguo Régimen, la Revolución y el Terror, la Comuna de 1871, el papel del catolicismo en el desarrollo de las luchas obreras, el pacifismo y otros varios asuntos que nos han sido mal transmitidos, pervertidos y trastornados por los historiadores progresistas del siglo XX. Y que nadie piense que son cuestiones de importancia sólo relativa: por el contrario, son esenciales todas porque todas son utilizadas día tras día en el campo de la propaganda.
 
Así, la Inquisición, un artefacto de control que se comprende perfectamente si se lo sitúa en su tiempo, y que corresponde redimensionar al cabo de varios siglos de sobrestimaciones acerca de sus métodos y el número de sus víctimas, ha servido a la propaganda anticatólica hasta el punto de convertirse para muchos en sinónimo de Iglesia. Sévillia muestra las diferencias entre el Santo Oficio en general y la Inquisición española en particular, y de paso revisa –revisa, sí: ¿acaso no es revisar la tarea del historiador? Cada vez que alguien intenta meter las narices en lo real transcurrido se oye la voz de Stalin, o la de Beria, acusando al interfecto de revisionista reaccionario– las circunstancias en las que se elabora la leyenda negra de la conquista de la conquista de América, "construida en el siglo XVII por Théodore de Bry, "flamenco protestante [que] publicó una colección de relatos de viajes a las Indias cuyo objetivo era el de exponer las mil y una infamias a las que los papistas se habrían entregado en las colonias". "Los filósofos del Siglo de las Luces, y luego los anticlericales del siglo XIX", dice Sévillia, "retomaron estas acusaciones [que] vuelven ahora con otra perspectiva: se trata de pregonar la igualdad de las culturas y de culpabilizar a las antiguas naciones colonizadoras".
 
Sirva este párrafo de ejemplo de lo que ofrecen las páginas de Históricamente incorrecto. Y de recomendación, por supuesto. Un imprescindible.
 
 
Jean Sévillia: Históricamente incorrecto. Ciudadela, 2006; 400 páginas.
 
vazquez-rial@telefonica.net
www.vazquezrial.com
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