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UNA VISIÓN CRÍTICA SOBRE LA REPÚBLICA Y LA GUERRA CIVIL

Las insurrecciones anarquistas

El golpe de Sanjurjo, en definitiva insignificante, recibe de muchos estudiosos una atención desproporcionada, como prueba supuesta de la persistente conspiración antirrepublicana por parte de las derechas. Pero la mayoría de éstas eligió la vía pacífica y legalista, cosa que rara vez se subraya. En cambio, sectores de la izquierda, como los comunistas, saltaron al ruedo oponiéndose radicalmente a la "república burguesa".

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Siendo el PCE un partido pequeño por entonces, su subversión tuvo poca importancia, pero no así los movimientos insurreccionales lanzados por un grupo más importante de la izquierda: la CNT-FAI. Estos movimientos rara vez son examinados debidamente en la historiografía de izquierdas, muy predominante en estos años, lo cual se explica porque durante la guerra los anarquistas lucharían al lado del Frente Popular, presentado como defensor de la República, y parece inconveniente a muchos estudiosos recordar hasta qué punto fueron, precisamente, un cáncer para dicha república.
 
La CNT ya había sido una plaga letal para la Restauración, por su continuo terrorismo, y no menos por la complicidad política que encontró en el resto de la izquierda y, en algunas ocasiones, en el mismo Partido Liberal, que ataban las manos al régimen frente a los pistoleros. El oportunismo y falta de principios de los diversos políticos les había llevado a procurar la alianza, de hecho o de derecho, con los terroristas (como en la huelga insurreccional del 17), a fin de derrocar a la liberal Restauración.
 
Luego, bajo la dictadura de Primo, diversas conspiraciones organizadas por políticos conservadores llevaron su política de alianzas nuevamente hasta los pistoleros. Y no variaría aquella demagogia brutal con los republicanos. Para el Pacto de San Sebastián intentaron concertarse con la CNT, por entonces casi desmantelada; y aunque no lo lograron sí obtuvieron la benevolencia anarquista, que en algunos lugares, especialmente en Cataluña, dio miles de votos a las candidaturas republicanas en las elecciones de abril del 31.
 
Esta política, absolutamente oportunista y en el fondo suicida, argüía que la CNT era, en definitiva, un movimiento social que "no podía ignorarse" y que sumaba fuerzas contra el enemigo común, contra la derecha y los liberales, en definitiva. Obviamente, quienes estaban dispuestos a sumar tales fuerzas sabían de qué se trataba, pero especulaban con usar a los pistoleros en calidad de fuerza de choque para después controlarlos o incluso destruirlos. Cálculo revelador de un maquiavelismo vulgar, en el fondo mafioso, que hemos visto muy ampliamente con la ETA, durante y después del franquismo. Parece una tradición muy asentada en la izquierda, incluso en franjas derechistas.
 
En consecuencia, la República llegó en buenos términos con los anarquistas, sobre todo en Cataluña, donde las nuevas autoridades, nacionalistas de Macià, facilitaron a la CNT-FAI una "limpieza" por el terror en los medios obreros. Numerosos trabajadores de ideas no anarquistas fueron asesinados, forzándose el despido de otros muchos y su reducción al hambre. Éste es también un episodio menos tratado de lo que merecería. Pero así como los republicanos esperaban manipular a los anarquistas, éstos pensaban exactamente al contrario: utilizar las debilidades republicanas para avanzar hacia su anhelada revolución.
 
En el seno de la CNT se abrió un debate sobre si colaborar con la naciente República, evitando el extremismo, o pasar a la acción exigida por su ideario. La disputa, reyerta más bien, terminó pronto con la completa derrota de los colaboracionistas y la puesta en marcha de un proceso de insurrecciones sucesivas, llamadas "gimnasia revolucionaria".
 
Pronto se hizo visible esa táctica. A finales de mayo, en Pasajes y San Sebastián se produjeron choques con la policía, que dejaron ocho anarquistas muertos. En junio, la huelga de la Telefónica degeneró en episodios de guerrilla urbana, y hacia finales de ese mismo mes se extendió una agitación separatista-anarquista en Andalucía, y una huelga violenta en el campo sevillano, que terminó con la aplicación de la ley de fugas por las autoridades y un balance de 20 muertos.
 
Aquello ya empujó al Gobierno republicano a adoptar una actitud rígida frente a la CNT; pero encontró el problema de que en Barcelona pensaban de otro modo: "Macià no quiere indisponerse con los sindicatos [anarquistas] –anota Azaña– , de quienes espera votos para el referéndum del estatuto", y allí "las autoridades se rinden todas al ambiente sentimental (…) y como los niños besan a Macià, los gobernadores se impresionan como ante un santón, y no se atreven a contrariarlo". Los atracos y atentados se volvieron pronto parte de la "normalidad" republicana.
 
La exasperación de Azaña se manifiesta cuando, ante un nuevo movimiento insurreccional en enero de 1932, en el Alto Llobregat, reaccionó, en sus propias palabras, "con toda rapidez y con la mayor violencia. Se fusilaría a quien se cogiese con las armas en la mano" El ministro Fernando de los Ríos quiso disentir, "pero yo no lo dejé, y con mucha brusquedad repliqué que no estaba dispuesto a que se me comieran la república. Todos los demás ministros aprobaron mi resolución". Dio "instrucciones inexorables" al general Batet para reprimir el movimiento, que se saldó con 30 muertos.
 
Una drástica represión se extendió también por Andalucía y Levante, con cientos de detenidos sin acusación, y el Gobierno denunció en las Cortes "un movimiento revolucionario con objeto de derribar la República" en connivencia, aseguró, con fuerzas extranjeras y con la extrema derecha, de lo cual no había la menor prueba. Azaña quedó muy satisfecho de la prueba, y señalará en sus diarios, a raíz de la sanjurjada, en agosto de ese mismo 1932: "Así como sofocamos por la fuerza el movimiento anarcosindicalista, hay que sofocar el de la derecha a toda costa y pase lo que pase".
 
Pero en realidad estaba muy lejos de haber sofocado a la CNT. Por el contrario, apenas cinco meses después, en enero de 1933, recibía el mayor y más decisivo susto de una nueva insurrección en Cataluña y Andalucía. En Barcelona los anarquistas tenían prevista la voladura de varios edificios oficiales, que habría causado probablemente cientos de muertos, pero el intento fue desarticulado a tiempo, y los cabecillas, incluido García Oliver, que sería ministro del Frente Popular durante la Guerra Civil, denunciarían brutales torturas policiales.
 
Lo peor ocurrió en Cádiz, en el pueblo de Casas Viejas: allí los guardias de asalto, cuerpo de nueva factura, estrictamente republicano, incendiaron la casa de unos anarquistas resistentes, matando a los que intentaban salir. Hicieron también una razzia entre la población, apresaron a doce campesinos y los fusilaron. Azaña intentó primero impedir la investigación, y luego rehusó admitir su responsabilidad
 
Un grupo de personas observa los cadáveres de varias víctimas de la represión de Casas Viejas.Veamos cómo enfoca Beevor el asunto (y dejo ya de lado la pintoresca y enredosa historia difundida por la serie de El Mundo): "La derecha, que tantas veces había exigido mano dura, y que al principio vio con aprobación la acción de la fuerza pública, advirtió el potencial que aquellos hechos podían tener como arma política, y se volcó, en el Congreso y en la calle, en acusar al jefe del Gobierno de obrar con extrema brutalidad".
 
¡Qué malas artes, las de esta derecha!, viene a indicar Beevor, en una insidia muy típica. Pero realmente la República estaba actuando con mucha mayor brutalidad que la Monarquía. Se ha dado mucha importancia a si Azaña pronunció o no la frase "tiros a la barriga", pero se trata de una anécdota: indudablemente los sucesos tenían relación con su política de "máxima violencia" contra los rebeldes, y quienes más duramente atacaron al Gobierno no fueron las derechas, sino los radicales y las izquierdas rivales.
 
Quizá quien puso el dedo en la llaga fue el por lo común demagógico Balbontín: "El señor Azaña encontraba legítimo acudir a la conciencia europea contra la brutalidad del rey [por la muerte de cuatro manifestantes en noviembre de 1930], y ahora resulta que sois infinitamente más brutales, más criminales que la monarquía, porque quemar una casa vieja, con mujeres y chiquillos dentro, no lo hizo nunca don Alfonso de Borbón. Las cabilas del Rif no han asesinado a los presos por la espalda". En efecto, ¿qué habría hecho Azaña de haber ocurrido tal cosa bajo un Gobierno de derecha?
 
Desde luego, él no dimitió ni admitió la menor responsabilidad, pero las consecuencias del escándalo fueron definitivas para el Gobierno. Al revés que en la sanjurjada, de la que había emergido con más fuerza que nunca, Casas Viejas lo aniquiló políticamente. Azaña seguiría en el poder hasta septiembre, pero en una larga agonía política, perdiendo sucesivamente elecciones parciales mientras sus aliados socialistas se inclinaban aceleradamente por la vía bolchevique. Cuando, en noviembre de ese año, 1933, se abrió una nueva campaña de elecciones generales, Azaña pudo haber quedado fuera del Parlamento. No lo haría porque evitó presentarse con su partido y por su circunscripción natural de Madrid. Se presentó por Bilbao, en las listas socialistas de su amigo Prieto.
 
Así pues, no fue tampoco en esta ocasión la derecha, con sus malas artes, la causante del hundimiento de Azaña. Los torpedos vinieron, precisamente, de un sector clave de la izquierda, la CNT, cuyas continuas violencias generaron una espiral represiva hasta dar por tierra con su Gobierno; y lo hicieron en tan solo dos años. Este aspecto de la República, enormemente significativo, nunca es examinado con la debida atención en la abundante bibliografía izquierdista.
 
 
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