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Vox o el triunfo de la partitocracia

Lo que parece Vox es un grupo, o, mejor, una logia masónica, la del Toro o Becerro de Oro, cuyo sumo sacerdote es Julio Ariza.

Lo que parece Vox es un grupo, o, mejor, una logia masónica, la del Toro o Becerro de Oro, cuyo sumo sacerdote es Julio Ariza.
Santiago Abascal atiende a los medios de comunicación durante una visita a Tordesillas. | EFE/Nacho Gallego

Hoy, con casi total probabilidad, uno de cada cinco votantes de Castilla y León lo harán por el partido de Santiago Abascal. Las encuestas de la última semana —siguen prohibidas para el resto de los ciudadanos, no para los partidos— dan por hecho que Vox superará el 20% que se considera clave para acceder a muchos escaños en muchos distritos electorales. No se notará demasiado en Castilla y León, por la diferencia representativa de las provincias menos pobladas con respecto a las otras, pero sí en comunidades con menos extensión y más población, como Madrid, que se acerca mucho a la perfecta atribución de escaños por votos. Curiosa o trágicamente, en las elecciones generales es donde más se benefician las fuerzas localistas, por lo general separatistas y xenófobas. Mal negocio para la nación española.

Contra ese mal y otros nació Vox, que denunciaba en la partitocracia el resumen casi perfecto de los males de la patria. Tenía razón. Y hoy podrá comprobarse hasta qué punto.

Vox ha cambiado y casi todo ha cambiado para Vox

Porque hoy se demostrará que desde que Abascal anuló sus promesas de compromiso con la nación, de sacrificio por encima de los intereses y de las conveniencias de partido, le ha ido mejor al partido y, por supuesto, a él. Y si hubiera que resumir ese cambio en una paradoja, ésta sería que, cuanto menos se parece Vox a lo que quisieron que fuera, mejor le está pareciendo a la opinión pública española. Por supuesto, han cambiado mucho las circunstancias, y no se percibe la situación general como hace unos años, pero tampoco se percibe Vox como entonces. Y es difícil saber qué es lo que ven los jóvenes votantes en Vox, salvo que está tan inédito como ellos.

Y tampoco es del todo verdad. Vox pasó, gracias al golpe de Estado en Cataluña y a la infinita cobardía, teñida de incompetencia, del Gobierno de Rajoy, de una nada electoral repetida de 42.000 votos a tres millones y 52 escaños. Perdió luego uno y bajó a 33, tuvo lugar entonces la moción de censura de Tamames, para mí el momento más bajo del partido hacia dentro y hacia fuera, y el único en el que, realmente, se vio tambalearse el liderazgo de Abascal. Y empezó a reforzarlo echando a todos los notables, los fundadores del partido, los que podían esgrimir su misma legitimidad, los que siempre le habían hablado de tú. Se quedó solo y, claro, sin rival.

Pero, aparentemente, su gran acierto, rabiosamente partidista y reñido con el interés general, fue el de abandonar hace un año largo los gobiernos autonómicos y las alianzas con el PP. Conviene recordar que ya era suficientemente fuerte para habar formado parte de ayuntamientos y gobiernos autonómicos, en los que, absurdamente, los rechazaba el PP. Digo absurdo porque, en la práctica de la gestión política diaria, se notaron sus carencias, agravadas, no compensadas, con alardes estrepitosos propios de un partido testimonial, más que del que aspira a mayoría de gobierno.. Quizás con la excepción de Vicente Barrera en Valencia, Vox parecía tan incompetente que se le votaba por no votar al PP, pero nada más, y siempre contra Sánchez. El enemigo era el PSOE, ni el PP ni, como ahora, Ayuso.

Porque, en esta su segunda edad de oro, tras el estiaje de plata, el discurso de Vox es, fundamental, obsesiva y exclusivamente contra el PP. En cualquier declaración, en cualquier mitin, en lo que dice Abascal y lo que se dice junto a Abascal, no digamos en el ejército robotizado de los haters de Zancajo, todo lo malo que le pasa a España es siempre culpa del bipartidismo, pero a continuación queda claro que los dos partidos son uno, el PP, que, de creer a Vox, es el que deja que en España y la UE la Izquierda haga todo lo que hace o no haga lo que deja de hacer. ¿Qué hay de verdad?

Es cierto que el PPE ha sido y es socio de la socialdemocracia y los verdes, con lo que eso ha supuesto para implantar o tolerar la Agenda 2030, pero en la UE hay diversos grupos, y a la derecha del PPE hay dos, el de Meloni y el de Orban, y Abascal traicionó a Meloni y se pasó al de Orban. Luego, ha tenido la habilidad jesuítica, muy de sacristía vascongada, de traer de visita a su casa en Navidad, como si no la hubiera traicionado nunca, a la presidenta italiana, pero eso no cambia el hecho de que, en un fin de semana, pasó de la derecha patriótica a la derecha soviética. Y ahí vota a menudo junto a la extrema izquierda y haciéndole el juego a Moscú. No ha protagonizado escándalos, eso hay que reconocerlo, y Abascal se ha mantenido fiel a Trump y a Israel en todos los momentos críticos, cuando Abascal ha aparecido de la mano de Feijóo, y unidos contra Sánchez.

Pero esa unión que tanto aprecian los votantes de base de ambos partidos sólo se ha dado en política exterior, y porque alinearse con el déspota de la Moncloa resultaría excesivo hasta para el Vox obrerista que busca en los vastos y devastados barrios de las grandes ciudades el voto antisistema, el de la enmienda a la totalidad, antes propiedad exclusiva de comunistas y socialistas. No se debe a unos principios mantenidos desde el primer Vox, que era una rectificación nacional, liberal y popular del PP. Algo queda de continuidad, siquiera en el discurso de Abascal, pero ante todo es la busca del voto contra Sánchez quitándoselo a Feijóo, o sea, al PP. Y la táctica, la técnica, el sentido último, lo que queda del discurso público es puro, o impuro, partidismo. Nada más. Hablar de patriotismo es ridículo.

Y cuando pacte, si pacta, con el PP, ¿habrá ganado el bipartidismo? Por supuesto. Será un triunfo inapelable, y menos mal, de la partitocracia.

Del culto a España al culto a Abascal

Se dirá que eso es legítimo. Y lo sería si hubiera algo más que puro partidismo, pero, por desgracia, los partidos acaban siendo lo que parecen, y lo que parece Vox es un grupo, o, mejor, una logia masónica, la del Toro o Becerro de Oro, cuyo sumo sacerdote es Julio Ariza y los monaguillos, su hijo Gabriel y Kiko Méndez Monasterio, el sueldo más alto de la política española, según ha denunciado Sánchez, el que menos puede denunciarlo. El culto a España de los pintorescos actos en Vista Alegre se ha convertido en culto a Abascal. Y a él se le ve satisfecho ejerciendo de verdugo de sus antiguos apóstoles, ahora expulsados de la nueva iglesia del Santi Supremo.

Como es el candidato único a todo, y el truco le funciona, se le ve rozagante, eufórico, piafante incluso, rodeado, y eso es muy cierto, de un séquito y de mucha chavalería de todas las edades. Esa ilusión que él ha creado o que se ha creado en torno a él, es elogiable, porque falta hace, pero no suple la falta de ideas nuevas y el archivo de las antiguas. En esto, Vox está triunfando como el PP de Arriola, actuando según las encuestas.

Una vieja fábula cuenta la reacción de un lugareño cuando se quemó una imagen de San Pedro y encargaron otra a un artesano del pueblo, que utilizó el tronco de un ciruelo partido por un rayo. Pero cuando el rústico lo vio en el altar, dijo: "Gloriosísimo San Pedro, / yo te conocí ciruelo / y de tu fruta comí. /Los milagros que tú hagas / que me los cuelguen a mí."

Eso me pasa a mí con el Ser Supremo y líder de Sólo Vox; lo conocí ciruelo de Amurrio, y gusté de su sombra y su modesto fruto, pero no logro imaginármelo, aunque ahora ande a caballo, como el Cid, conquistando reinos y hasta ganando batallas después de muerto, porque no le deseo esto último y porque lo veo rodeado de vividores ante la fosa común de España.

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