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LA DERROTA DE ETA

La derrota de... las víctimas del terrorismo

Parecería que estuviéramos ante un libro analítico y a la vez combativo contra el terrorismo nacionalista vasco. Dedicado "a todos los que luchan por la libertad", tal vez el lector poco avisado se adentre en él con ingenua pasión para encontrar elementos de reflexión que le ayuden a soportar un combate tan largo. Pero se sentirá rápidamente decepcionado: la derrota de ETA sólo existe en la imaginación de los autores, más interesada en proporcionar coartadas a la negociación del actual Gobierno con la banda terrorista que en aportar luz, a través de las víctimas, a la lucha contra ella.

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La introducción al texto expresa así ese delirio: "Más de cuarenta años después de su nacimiento, ETA no ha conseguido ninguno de [sus] objetivos. Sencillamente: el Estado (…) ha derrotado a ETA" (pág. 2); por ello, "se trata de celebrar que después de 832 personas asesinadas (…) los españoles hemos ganado al terrorismo y podemos decir orgullosos que vivimos en un país de libertad" (pág. 5).
 
Si el lector no supiera quiénes son los autores de semejante afirmación, no daría crédito, pues basta asomarse diariamente a la prensa para ver reflejada la continuidad, hasta nuestros días, de la actividad terrorista y de su violencia, tanto física como simbólica. Por ello, tal vez convenga una breve anotación al respecto: José María Calleja trabaja en CNN+ y colabora en varios otros medios, en los que, durante los dos últimos años, se ha convertido en uno de los principales propagandistas de la política negociadora del presidente Rodríguez Zapatero. Ignacio Sánchez-Cuenca es profesor de Política y Sociología en el Instituto Juan March y en la Universidad Complutense, y ha escrito un singular libro en cuyo capítulo final se describe el modelo de negociación con ETA que ha inspirado la mencionada política: ETA contra el Estado (Tusquets, 2001).
 
Por tanto, estamos ante la obra conjunta de un ideólogo y un propagandista de la negociación con ETA. Una obra que, sin embargo, no habla para nada de esa negociación y que se centra en las víctimas de la organización terrorista. Es más, su fin declarado es "hacer justicia a las víctimas" por medio de "la reconstrucción de la verdad histórica (…) sobre cuántas personas han sido asesinadas por el terrorismo nacionalista vasco, quiénes eran, cómo, cuándo y dónde los mataron"; pues, según los autores, en otra de sus sorprendentes afirmaciones, "apenas se ha actuado" acerca de este asunto, que "no recibe demasiada atención en el debate público" (págs. 169 y 170).
 
A través de esa singular reconstrucción, en la que la voz, los sentimientos y el sufrimiento de las víctimas se encuentran ausentes, lo que en realidad se hace es analizar a las víctimas desde la óptica de la propia ETA, lo que, como más adelante argumentaré, concede implícitamente a ésta un singular estatus de organización combatiente, con lo cual se coadyuva a su legitimación.
 
La técnica de la reconstrucción consiste en la realización de lo que Calleja y Sánchez-Cuenca consideran "una base de datos exhaustiva" que comprende a todas las víctimas. Según ellos, esa base de datos "no existía", pues "los intentos anteriores (…) eran parciales, no recogían información relevante y contenían numerosos errores" (pág. 170). A este respecto, pretenden haber consultado todas las fuentes disponibles, aunque olvidan algunas, como la elaborada por Manos Blancas contra el Terrorismo o la muy apreciable del Diccionario Espasa de Terrorismo, del que es autor José María Benegas (una fuente ésta que, por cierto, les habría ayudado a mejorar los datos biográficos de algunas víctimas). Por otra parte, efectúan una depuración de los datos que en ocasiones se basa en criterios dudosos que, además, no se aplican de manera unívoca, como el que se trate de atentados no reivindicados o negados por ETA.
 
A partir de esa base de datos, los autores desgranan a lo largo de seis capítulos lo que pretenden que sea una historia de las víctimas de ETA, empezando por los miembros de las Fuerzas de Seguridad y acabando en los crímenes que aquélla no se atreve a confesar. Señalaré que el texto es muy desigual en cuanto al detalle de las narraciones y que, en todo caso, la perspectiva personal de las víctimas se omite por completo.
 
Esto último no deja de resultar sorprendente, si se tiene en cuenta que en la bibliografía se citan obras (por ejemplo, Un grito de paz, de Pedro María Baglietto; Contra el olvido, de Cristina Cuesta; Nosotros, los Ybarra, de Javier Ybarra; Los años del plomo, de Isabel San Sebastián; Regreso a Etxarri-Aranatz, de Javier Marrodán; Gritos de libertad, de Cayetano González, y Los Pagaza, de Maite Pagazaurtundúa) que contienen materiales de gran valor para ello. Pero tal vez se explique porque se trata de un libro pretendidamente analítico en el que importan más las categorías conceptuales que las historias personales. Y es precisamente a través de esas categorías conceptuales como Calleja y Sánchez-Cuenca acaban desvelando el verdadero cariz de su obra.
 
Empecemos por el principio. El capítulo primero arranca con la sorprendente afirmación de que "policías y guardias civiles han muerto de manera previsible y rutinaria" (pág. 7). ¿Cómo es posible que esas muertes se califiquen de previsibles y rutinarias? Para las víctimas que cayeron en los atentados de ETA, o para sus familiares, la muerte casi nunca fue previsible. Si Calleja y Sánchez-Cuenca estuvieran mejor documentados en cuanto a los estudios clínicos sobre las víctimas de ETA –por ejemplo, Superar un trauma, de Enrique Echeburúa, y los de Enrique Baca y María Luisa Cabanas Las víctimas de la violencia y "Niveles de salud mental y calidad de vida de las víctimas del terrorismo en España" (Archivos de Neurobiología, nº 60, 1997)–, sabrían que el 86% de ellas jamás pensó que podría sufrir un atentado, y que apenas un 2% recibió algún aviso al respecto.
 
Por tanto, si en la perspectiva de las víctimas la muerte no fue previsible, sólo cabe deducir que lo fuera en la representación de los victimarios. Y es, en efecto, esta última la que adoptan en su análisis los autores del libro, pues resulta evidente que, para una ETA que dice luchar militarmente, sus objetivos pueden ser los miembros uniformados de las fuerzas del orden o los militares, o los civiles a los que, por su papel o sus opiniones, aquélla considere "combatientes". Y todos ellos serán para la organización terrorista objetivos previsibles y rutinarios.
 
Así pues, desde las páginas iniciales el libro se impregna del modo de ver y representar las cosas de quienes ejercen la violencia política. Ésta es pretendidamente selectiva, pues la selección de los objetivos es lo propio de quien actúa con criterios militares. Según Calleja y Sánchez-Cuenca, en efecto, en comparación con otras, "ETA ha sido una organización más selectiva en sus crímenes" (pág. 44); "en general ETA no practica un terrorismo masivo o indiscriminado a la manera de organizaciones islamistas" (pág. 156). Para demostrarlo basta con echar las cuentas y observar que, según las peculiares categorías que emplean los autores, "tenemos [en] el 76 por ciento de todas las víctimas mortales un grado de discriminación elevado".
 
Digo peculiares categorías porque entre ellas se incluyen las de asesinato "selectivo" y asesinato "genérico", con tal confusionismo que, siguiendo los ejemplos expuestos por los propios autores, el caso de Melitón Manzanas se califica como genérico, a pesar de que "ETA lo seleccionó por su conocida reputación de torturador", y el de Ernest Lluch les merece la formulación de la siguiente pregunta: "¿Es su muerte genérica, parte de una campaña contra políticos no nacionalistas, o es más bien selectiva, al haberse significado Lluch en el debate sobre la política vasca?".
 
Claro que, si el terrorismo es selectivo, entonces se puede especular acerca de las prácticas de violencia terrorista en función del lugar en que se cometen los atentados. Y así, Calleja y Sánchez-Cuenca llegan a concluir que su análisis revela algo sobre "el cuidado que tiene ETA a la hora de matar: tan sólo mata vascos cuando éstos no se pliegan a sus deseos (informadores, etc.); en cambio, mata gente del resto de España sin demasiados miramientos".
 
¿Cabe deducir de este resultado científico que la política correcta es plegarse a ETA para que no te maten? Los autores no lo aclaran y nos dejan en la duda, aunque seguramente quepa inferir de su entusiasmada adhesión a la idea de la negociación con ETA que no le hacen ascos a esa conclusión. Es más, Sánchez-Cuenca ha dejado escrito que la paz puede establecerse en el País Vasco mediante "un pacto firmado por todas las fuerzas políticas relevantes ante la mirada atenta de la ciudadanía (…) [en el que se plasme] la promesa del Gobierno a los nacionalistas de posibilitar la independencia tras la desaparición de ETA", de tal manera que "en un País Vasco pacificado, sin terrorismo de ningún tipo, si al cabo de un tiempo se produjera una mayoría clara y duradera de gente favorable a la independencia, el Gobierno y los grandes partidos no pondrían obstáculos para que ese territorio pudiera llegar a independizarse" (ETA contra el Estado, págs. 245 y 246).
 
Pero si el terrorismo de ETA es selectivo, hay que quitarse también de en medio los hechos que molestan a semejante interpretación. Para Calleja y Sánchez-Cuenca, el paradigma de esta actitud es el caso Hipercor. El atentado que tuvo lugar en esta instalación comercial barcelonesa en junio de 1987 es exculpado por ambos autores señalando que "probablemente ETA no pretendía provocar una masacre" (pág. 44), y es considerado sucesivamente como un "caso anómalo" (pág. 162) y un "trágico error" (pág. 163). Más aún, señalan que "generó tensiones serias en el seno de HB e incluso de la propia ETA", de manera que "hasta los terroristas entendieron que si continuaban por esa vía, se enfrentarían a una marginación social que podía volverse contra ellos" (págs. 45 y 46).
 
Estas supuestas tensiones no se documentan y, en todo caso, son contradictorias con la profusión de atentados con coche-bomba que se cometieron con posterioridad, incluyendo matanzas como la de la casa-cuartel de Zaragoza (1987), la de Sabadell (1990), la de la casa-cuartel de Vic (1991), o las cometidas en Madrid en 1993, en la calle López de Hoyos, y en 1995, en Vallecas. Claro que, siguiendo los singulares criterios clasificatorios de Calleja y Sánchez-Cuenca, como en todos estos casos los que murieron fueron principalmente miembros de las Fuerzas de Seguridad o de Defensa, se trató de víctimas "genéricas", excepción hecha de los ocho niños asesinados en ellos, a los que se considera víctimas "colaterales".
 
Este último concepto merece una atención especial, pues resulta singularmente revelador del efecto legitimador que tiene este libro para la propia ETA. Según los autores, entre las víctimas de la organización terrorista hay un 11,1% de "muertes colaterales", a las que se define como "no pretendidas, como cuando explota un coche-bomba al paso de un furgón policial y muere algún civil que pasaba por allí" (pág. 157). Y también se anota un 1,8% de "errores", es decir, de casos "en los que los terroristas se equivocan y (…) confunden a la víctima con el auténtico objetivo del atentado" (pág. 158).
 
Las nociones de víctima colateral y víctima errónea aluden a lo que, en el derecho internacional humanitario, se considera "daños incidentales", que se producen en los casos en que un ataque a un objetivo militar ineludiblemente conduce a la producción de daños personales o materiales de carácter civil (véase Roy Gutman y David Rieff, Crímenes de guerra, Debate). De acuerdo con los Convenios de Ginebra, esos daños son legítimos y no están prohibidos, aun cuando pudieran ser esperados o previsibles.
 
Por tanto, cuando se emplean esos conceptos en el marco del análisis de las organizaciones terroristas, implícitamente se está considerando a éstas como contendientes sujetos a las normas del derecho de guerra, y por tanto se está legitimando el empleo que hacen de la violencia para la consecución de objetivos políticos; y se admite también que su objetivo de matar a policías o militares, en los atentados con víctimas colaterales, está justificado. Y al hacerlo se olvida convenientemente que ese mismo ordenamiento jurídico, en el Protocolo II de Ginebra, prohíbe taxativamente todo ataque a civiles en conflictos bélicos internos, a menos que sean combatientes.
 
No crea el lector que con lo anterior terminan los confusionismos terminológicos que, en definitiva, actúan como elementos de legitimación del terrorismo nacionalista vasco. Calleja y Sánchez-Cuenca también contabilizan a las víctimas según los singulares criterios empleados por ETA para justificar sus crímenes.
 
Así, nos dicen que hay "atentados selectivos, dirigidos contra una persona debido a su comportamiento (personas que colaboran con las Fuerzas de Seguridad, que no pagan la extorsión etarra, que se significan por oponerse a ETA)" (pág. 157). En esa contabilización siguen estrechamente la regla definida por la organización terrorista, sin discutir en ningún momento su pertinencia y sus resultados; y sin aclarar al lector que, fueran cuales fueren las excusas esgrimidas por ETA, todas esas víctimas fueron radicalmente inocentes y no merecieron el castigo al que, al arrebatárseles la vida, fueron sometidas. Claro que, como ya he señalado antes, en este libro la perspectiva de las víctimas, de su memoria, de su verdad y de su exigencia de justicia, se encuentra radicalmente ausente.
 
Resumamos: La derrota de ETA es un libro engañoso porque no trata del tema que enuncia su título; es un libro conceptualmente confuso que se inspira en categorías que forman parte del discurso terrorista; y, aunque sus autores pudieran no pretenderlo, es un libro legitimador de la propia ETA, pues el uso de esas categorías actúa en tal sentido. Recomiendo al potencial lector que se aleje de él, a no ser que por algún motivo profesional le sea ineludible estudiarlo. Entonces, acuda a alguna biblioteca y, al menos, no le rinda derechos a sus autores.
 
 
JOSÉ MARÍA CALLEJA E IGNACIO SÁNCHEZ-CUENCA: LA DERROTA DE ETA. DE LA PRIMERA A LA ÚLTIMA VÍCTIMA. Adhara (Madrid), 2006, 302 páginas.
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