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Quico Rivas

"Un bar es el sitio donde mejor se puede hablar durante horas sin que se te seque la garganta", me dijo en una ocasión mientras hablábamos más de señoritas esculturales que de esculturas femeninas

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El pasado domingo 1 de junio fallecía en un hospital de Ronda el crítico de arte Quico Rivas, aunque los últimos meses de su vida los había pasado en el caserón familiar de Grazalema, el hermoso pueblo gaditano donde había nacido para luego criarse en Sevilla. Dos días antes acababa de cumplir 55 años y pensaba retirarse de la fatigosa crítica de arte para dedicarse por entero a su pasión de pintar cuadros. No pudo cumplir su sueño y él lo sabía.

Infatigable activista contracultural, comisario de muestras artísticas heterodoxas, escritor de prosa estilizada, crítico sagaz pero inteligible y entusiasta pintor dominguero (según su propia definición), Quico Rivas ha dejado un reguero de amigos por todos los rincones de España, que siempre apreciaron su luminosa presencia, desde los hermanos Encarna y Federico Jimenez Losantos hasta el historiador Juan Manuel Bonet, el fotógrafo Alberto García Alix y la cantante Ana Curra, pasando por los artistas Guillermo Pérez Villalta, Carlos Alcolea, Manolo Quejido, Sigfrido Martín Begué, Joan Verdú o Pablo Sycet. Las infinitas amistades de Quico Rivas comprendían gente de muy variado pelaje: músicos y artistas de la ya extinta Movida, pintores de la figuración madrileña, periodistas bebedores y críticos vividores, señoritos andaluces y quinquis madrileños, casi todos con la obligación de ser noctámbulos para disfrutar de su conversación cadenciosa, aristocrática y conspiratoria.

No resulta fácil sintetizar en unas líneas la vida siempre apasionante y apasionada de quien fue promotor de proyectos descabellados, editor de revistas suicidas y deliciosamente panfletarias como El Refractor o El Plante, polemista explosivo y guerrillero anárquico y anarquista que combatía con imprecaciones ingeniosas y detonantes argumentos la estulticia, el politiqueo y la falta de escrúpulos de nuestros burócratas culturales y mercaderes artísticos. De todas aquellas aventuras trepidantes y azarosas que constituyeron la vida de Quico Rivas me gustaría destacar tan sólo unas pocas, como su contubernio adolescente en la Sevilla del 69 con Juan Manuel Bonet para crear el Equipo Múltiple, una pareja artística que oscilaba entre la creación pictórica, la agitación cultural y la crítica artística más irreverente. Fue en aquel período que se forjó su leyenda de crítico lúcido, brillante y mordaz, en ocasiones salvaje y despiadado, nunca complaciente y acomodaticio.

Durante su brillante etapa como director del IVAM, Juan Manuel Bonet le encomendó a su amigo de travesuras sevillanas que fuese comisario de una muestra del pintor Manuel Quejido. Fue precisamente en la inauguración de aquella muestra en abril de 1997 cuando conocí a Quico Rivas y quedé deslumbrado con su seductora y poliédrica personalidad. Además de disfrutar desde entonces de su magia para la conversación, siempre luminosa y erudita, a veces soterradamente irónica y perversa, Quico Rivas me invitó a colaborar en las páginas de El Refractor, un líbelo alternativo tan anarquista y romántico como provocador y exquisito. También me dio la oportunidad de conocer a algunos de sus amigos más queridos, como Alberto García Alix, otras de las personalidades más radiantes que he conocido y con quien Quico llegó a abrir el legendario bar La Mala Fama, junto a Ana Curra. Precisamente, Alberto ha sido quien ha definido más emotivamente su amistad con Quico en un texto firmado en París en abril de 2005: "Va y viene por mi vida como un amigo. Llega pidiendo siempre y siempre vuelve a por más. ¡Qué menos! Veinticinco años hace que soy su cómplice. Hemos penado en las mismas celdas, compartido las mismas botellas, los mismos desvaríos. Capaz le sé de subirme a la cruz o de regalarme mi propia sombra".

La Mala Fama no fue la única experiencia temeraria de Quico Rivas dentro del sector de la hostelería y la restauración. También en los años ochenta montó el no menos mítico garito Cuatro Rosas, con los componentes de Gabinete Caligari, por el sólo placer de poder consumir las horas y las copas en amable conversación o incluso agria disputa. "Un bar es el sitio donde mejor se puede hablar durante horas sin que se te seque la garganta", me dijo en una ocasión mientras hablábamos más de señoritas esculturales que de esculturas femeninas, apurando una tercera ronda de tercios en un bar de mala muerte del barrio del Carmen de Valencia.

Entre los últimos textos de Quico Rivas que he podido leer, figura una original aproximación a la pintura reciente del artista valenciano Joan Verdú. Seguramente su texto para el catálogo de la exposición de Verdú en Valencia no sería el último, puesto que Quico no paraba nunca de escribir e idear nuevos proyectos, pese a la fama de poco trabajador que alguien le atribuía injustamente. Lo que pasaba es que Quico tenía su propio ritmo creativo, lento y cadencioso como el de un caballo andaluz de paso, para la desesperación de quienes le reclamaban textos con urgencia imperativa para catálogos, revistas o suplementos culturales. Y los textos de Quico llegaban casi milagrosamente en el último minuto de la prórroga, tras dejar con los nervios exhaustos a sus impacientes acreedores literarios o periodísticos. Lo que ya nunca llegará, al menos de su mano, es el proyecto de exposición Los fantasmas de Madrid, que debía inaugurarse el próximo otoño en el Museo Reina Sofía y en el que figuraban algunos de sus pintores más queridos, como Pérez Minués, Carlos Alcolea, Manolo Quejido, Pérez Villalta o Chema Cobo, entre otros. Otras manos con igual talento podrán sustituirle en este proyecto, pero para quienes le conocimos y quisimos es insustituible en nuestro corazón.

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