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Luis Herrero Goldáraz

Limpio y blanco fanatismo

El Madrí sigue resucitando, todos los años. Hace un tiempo que ya ni se recuerda decidió hacerlo por primera vez.

El Madrí sigue resucitando, todos los años. Hace un tiempo que ya ni se recuerda decidió hacerlo por primera vez.
EFE

Mentiría si dijese que pienso a menudo en el hombre que combatió en la Segunda Guerra Mundial hasta 1974. Lo que sí es cierto es que desde que conocí su historia se me ha venido de vez en cuando a la cabeza, asomándose en los momentos más inesperados e inspirándome incontables inicios de reflexiones que nunca han terminado de llegar a buen puerto. Mi intención, tantas veces postergada, era escribir sobre el teniente Onoda y hacer hincapié en los mecanismos que vertebran el fanatismo humano. Ya saben, hablar sobre la facilidad con la que solemos acallar la realidad con tal de seguir anclados a nuestras fantasías; del ímpetu imperturbable de quien sigue creyendo en lo increíble aunque lo increíble se le muestre como es, una mentira –lo verdaderamente complicado, a fin de cuentas, suele ser creer en lo creíble–; o de esa necesidad insoslayable que nos lleva a ejercer la abogacía en favor de una serie de principios que nunca nos parecerán lo suficientemente endebles si continúan permitiéndonos vivir sin demasiadas quebraduras de cabeza. En esas llegó el Madrí, y entonces todo esto me dio un vuelco y descubrí que la verdadera razón por la que el infeliz soldado japonés se me había presentado era para que yo pudiese hablar de fútbol.

El teniente Onoda se emboscó en la selva filipina a finales de 1944 y de ahí no lo sacaron hasta treinta años después. Tuvo que acudir su antiguo comandante, el mismo que le había prohibido suicidarse o renunciar hacía décadas, para ordenarle directamente que se rindiese. Pero lo curioso es entender que Onoda había hecho en realidad lo más sencillo, pues cuesta más reconocerse responsable de uno mismo que abrazar el caos y la miseria abandonado al designio protector de cualquier orden superior.

El acto de elegir es bien curioso, porque las elecciones pesan. De ahí que Onoda pudiese vivir tantísimo tiempo engañándose, convenciéndose todos los días de que la guerra continuaba y decidiendo no dar pábulo a todas esas pistas, cada vez más numerosas, que evidenciaban que hacía tiempo que luchaba por una causa muerta. La duda sólo duele hasta que se la acalla por primera vez. Y a partir de ahí, el compromiso humano se asienta siempre en esa decisión que, aunque dubitativa, inicia el largo camino que convierte ideas tímidas en hábitos pasados, consolidados e irrevocables. Siempre es más fácil continuar caminando hacia el abismo que desandar todos los errores cometidos. Por eso Onoda permaneció en la selva. Por eso tantos han continuado matando a tanta gente en nombre de Dios, o de la Ideología. Y por eso el Madrí sigue resucitando, todos los años. Porque hace un tiempo que ya ni se recuerda decidió hacerlo por primera vez. Y desde entonces le sale sin querer esto de seguir creyendo en su inmortalidad, como si la verdadera locura fuese asumir la insípida lógica guardiolista que dice que un equipo dominado es un equipo muerto.

Lo del Madrí no es magia, es fanatismo. Avanza por las eliminatorias con la mirada arrebatada de esos pueblos capaces de hacer caer imperios por el mero hecho diferencial de que sus soldados no le temen a la Parca. Antes bien la ansían. La buscan con descaro y se ríen mientras la seducen, como si sospechasen que el manto negro de la noche eterna nunca lo es en realidad, y que bajo él se arrulla el sueño de un glorioso paraíso que sólo se abre a los valientes. Si una cosa me ha enseñado este equipo absurdo es que para creer en algo sólo hace falta decirlo en alto. Mostrarle al mundo y a uno mismo la convicción severa, aunque por dentro sigan las dudas, abrasando. Quizá esa sea la manera más sencilla de pasar de las ideas a los actos: sellando al aire una promesa. Y así después, al menos, cuando haya sucedido lo que tenga que suceder, se conserve todavía la dulce sensación de haber creído, por lo menos. Al fin y al cabo, ese es en verdad el único requisito indispensable para vivir. Quien no cree en nada está ya muerto.

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