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En el covid yo entré con miedo, como en la muerte, pero no salí más sabio necesariamente. 

Luis Herrero Goldáraz
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Al principio no pensaba que fuese covid porque, las cosas como son, yo nunca enfermo. En lugar de eso, lo que me entra es morriña, que es como estar intoxicado de uno mismo, y sólo a partir de esa brutal contradicción comienzo a desarrollar quién sabe qué síntomas aleatorios. Digamos que mis dolencias siempre son como una farsa que se retroalimenta paulatinamente. Arrancan con la necesidad atávica de que alguien me quiera un poco y porque sí, y se desarrollan siguiendo las mismas pautas decadentes. Así me he encontrado tantas veces, perfectamente sano pero fingiendo estar muriendo, soltando gemiditos estudiados y haciendo la croqueta en el sofá como si fuese Busquets en el Camp Nou, hasta que de pronto y sin venir a cuento termino poniéndole cara a un cuadro clínico capaz de volarle la cabeza al mismísimo doctor House. 

Con estas cosas en mente, como digo, no pensaba que lo mío fuese covid aquella noche en la que comencé a tratar de darle lástima a mi hermano para que me hiciera la cena. Y no lo pensaba porque ni siquiera era capaz de discernir cuánto de real o de inventado tenía mi propio malestar. Suponía que la cosa era como tantas otras veces había sido: una pantomima feliz producto de la sugestión; así que sólo tras amanecer a las dos de la madrugada con las piernas como el Rambo de Santiago Urrialde me atreví a pensar que la cosa tal vez tuviese algo que ver con el bicho ese del que tanto se habla en todas partes. Es una revelación jodida, la del covid. Arrastra miedos e incertidumbres. En el momento en que te dan el positivo es imposible no preguntarse qué se habrá hecho tan mal en esta vida para suspender hasta el recreo en el colegio pero aprobar cuando no toca una vez ya no se está en él. Después llega el encierro, que es todavía peor porque te deja a solas con el segundero y con la pregunta recurrente de si acaso cada instante podrá ser el primero de una recaída vertiginosa que te llevará sin frenos hacia los infiernos de la UCI.

Pero a todo acaba acostumbrándose uno. Más si tiene a mano cantidades ingentes de paracetamol. Así que superadas las primeras incertidumbres la cosa acaba siendo simplemente un pelear con uno mismo las incomodidades carcelarias. Personalmente, algo que me vino bien fue darme cuenta de que al fin tendría la oportunidad de emular a todos esos personajes que me han enseñado durante décadas la mejor manera de sobrellevar dignamente este tipo de infortunios. No me puse a cavar un túnel, como Dantés, pero sí utilicé una pelota de tenis para matar las horas igual que Steve McQueen en La gran evasión. También me alejaba de la puerta, cauteloso, cada vez que me traían el rancho; y trataba de sacarle algunas palabras a mi captor, aunque sólo fuese para arañarle unos segundos al reloj, todavía más impresionado que perplejo ante el capricho extraño que le mantenía a salvo de un contagio que yo consideraba inevitable. 

Más allá de todo eso, las horas pasan bastante más rápido de lo que cabe imaginar cuando uno no tiene nada que hacer. Se puede dividir el día fácilmente entre el tiempo requerido para lamerse las heridas y el tiempo empleado para leer, supuestamente, aunque al final termine siendo tiempo malgastado en diferentes siestas. Por otro lado, es mentira que se coma menos. Si bien se llega a perder el apetito con el olfato, lo que no se pierde nunca es el instinto de supervivencia. Y Dios me libre de morir de hambre en esta vida, si de mí depende evitarlo. En el covid yo entré con miedo, como en la muerte, pero no salí más sabio necesariamente. Salí más gordo y con la certeza absurda de que, puestos a fingir para sentirnos queridos, mejor no hacerlo en mitad de una pandemia. Ya se sabe. Si algo hemos aprendido en los últimos años es que el riesgo de cualquier farsa es que puede convertirse en realidad.     

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