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Luis Herrero

Camino a la decepción

No será fácil que vuelva a perfilarse una conjunción astral que le otorgue a Vox capacidad decisoria en una votación de tanta enjundia.

Luis Herrero
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No será fácil que vuelva a perfilarse una conjunción astral que le otorgue a Vox capacidad decisoria en una votación de tanta enjundia.
EFE

Hay que agradecerle a Vox que se haya desmarcado de la España previsible. En un país en el que el discurso político lo escriben los amanuenses de los argumentarios, guías plagadas de lugares comunes que convierten el debate público en una sucesión de obviedades de andar por casa, que de repente haya sucedido algo imprevisto, fuera de lo habitual, revitaliza la actividad neuronal de los analistas. Todos andan —andamos— tratando de entender por qué el partido de Abascal le perdonó la vida al Gobierno de Sánchez durante la votación del decreto de las ayudas europeas. La explicación oficial no cuela. Lo que dijo Espinosa de los Monteros el día de autos fue que querían evitar a toda costa que se retrasara la llegada del dinero que tiene que ayudarnos a salir del hoyo, dando por bueno el discurso de Carmen Calvo, que había establecido una relación de causa efecto entre la aprobación del decreto y la percepción del fondo. El problema es que se trataba de una trola mayúscula. Para variar (un ejemplo más de la previsibilidad de la acción política), el Gobierno estaba utilizando la mentira como herramienta de combate. Ni la convalidación del decreto era condición indispensable para poder disponer de la ayuda europea ni la derrota parlamentaria hubiera supuesto un golpe para el prestigio de España en el seno de la UE. El único prestigio que hubiera quedado maltrecho habría sido el de Pedro Sánchez. 

¿Por qué los de Abascal dieron por bueno el embuste de Calvo? Ese es el gran arcano de este enredo. A mí solo se me ocurren dos explicaciones posibles: o por bisoñez o por cálculo. Si la culpa la tuvo la inexperiencia no hubiera pasado nada por reconocer el error ante la opinión pública. La humildad dignifica. Si fue una decisión premeditada, los cabeza de huevo que asesoran a Abascal tendrán que explicar qué sacan en limpio. Aparentemente, nada bueno. Para empezar, porque les enfrenta a la contradicción de su propio discurso. Lo que regula el decreto de marras es el mecanismo de gestión de los fondos europeos una vez que lleguen a España. Gracias a Vox, Sánchez consiguió carta blanca para administrar el dinero a su antojo desde el Palacio de la Moncloa, favoreciendo caprichosamente a los empresarios que estén dispuestos a ayudarle a defender su causa. No hay duda de que se trata, en efecto —como bien denunció Espinosa de los Monteros—, del camino más corto al clientelismo y a la corrupción. Pero entonces, ¿por qué no hicieron nada para evitarlo? 

No será fácil que vuelva a perfilarse una conjunción astral que le otorgue al partido abascalista capacidad decisoria en una votación de tanta enjundia. Si se hubiera consumado la derrota, Sánchez habría salido del trance hecho unos zorros, no solo por la clamorosa exhibición de una tremenda debilidad parlamentaria —que puede ser crónica si el escenario catalán obliga a ERC a distanciarse del PSOE—, sino también por la obligación sobrevenida de tener que sentarse a negociar el destino de cada uno de los euros que lleguen de Europa. ¿Por qué quisieron ahorrarle el mal trago? ¿Por diferenciarse del PP y Ciudadanos haciendo un extraño ejercicio de travestismo centrista en vísperas de las elecciones catalanas? ¿Se trata de un gesto estratégico de moderación política para quitarse el sambenito de extrema derecha que le ha colgado la trompetería mediática y poder penetrar en el electorado de sus competidores directos el 14-F? 

Si se trata de eso, de pescar votos en caladeros colindantes para consumar el sorpasso que barruntaba el último CIS de Tezanos, no le arriendo la ganancia. No hay nada más peligroso, para un partido político, que negar su propia identidad. El PP se fue a pique cuando el pragmatismo de Rajoy lo convirtió en un partido bizcochable, sin convicciones ideológicas capaces de movilizar a los suyos, y Ciudadanos se hundió por renegar de su condición de partido bisagra. Entre los escombros de esos dos cataclismos emergió el liderazgo de Abascal, caracterizado por una insobornable abominación de lo políticamente correcto. Su hostilidad manifiesta a todo lo que oliera a contubernio social-comunista le había aupado al tercer cajón del pódium de la competición política. ¿Por qué cambiar ahora de partitura? La decepción causa estragos. Gracias a Dios, el voto cautivo empieza a ser cosa del pasado.  

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