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De lo malo lo peor

La actitud de Rivera no sólo favorece a quien pacta con Podemos en Madrid, sino que lo hace en toda España. Las urnas pedían cambio, pero a mejor.

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Albert Rivera, presidente de Ciudadanos | EFE

De la misma manera que algunos ascetas ponían una calavera encima de su mesa para que les recordara la fugacidad de la vida, Albert Rivera debería colocar encima de la suya la encuesta de Metroscopia que conocimos este domingo para no perder de vista lo efímero que puede llegar a ser el sueño de la influencia política en un país que está harto de los excesos. Ya sé que no es lo mismo un chorizo que un predicador vocinglero e inquisitorial de la virtud política. El primero provoca rabia; el segundo, hastío. No están al mismo nivel, pero ambas reacciones son distintas caras del mismo rechazo con que los ciudadanos saludan la fragilidad y la pretendida superioridad moral de una clase dirigente que no se redimirá a base de discursos, por muy inflamados que estén de retórica regeneracionista, sino de hechos curativos con que restañar el daño de los corruptos.

Veamos, Albert: ¿de qué sirve universalizar la norma de no entenderse con partidos que tengan imputados en sus listas si la consecuencia práctica de esa norma, tan injusta como toda generalización, supone de hecho allanar el desembarco en el poder de los conglomerados populistas que tanto has criticado durante la campaña? ¿Acaso es más higiénico, pongamos por ejemplo, exigir la dimisión de Lucía Figar -que tiene de corrupta lo mismo que yo de colega de los boixos nois- que fortalecer a quienes justifican la triple imputación de Tania Sánchez por delitos de prevaricación, malversación y tráfico de influencias que ayudaron a enriquecer a su familia?

Federico Jiménez Losantos sostenía este domingo, en su artículo de Libertad Digital, que Ciudadanos estaba poniéndole más condiciones en la Asamblea de Madrid a la lista ganadora de Cristina Cifuentes que a la perdedora de Angel Gabilondo -"el que se cargó las primarias del PSOE, el del Gobierno infame de Zetapé, el del partido que pacta con Podemos y y acepta entregar Pamplona a la ETA y Valencia a ERC"- con el único fin de liquidar el poder autónomo que representaba Esperanza Aguirre frente a Rajoy. Yo creo que Federico exagera un poco, porque aunque es verdad que la actitud de Rivera produce ese efecto colateral en el aguirrismo, también lo es que no actúa de esa forma sólo en Madrid, sino en el conjunto de España. Y eso es a la postre lo peor de todo: que no sólo favorece a quien pacta con Podemos en la Asamblea madrileña (lo que al menos limitaría geográficamente el ámbito de los cabreados), sino que lo hace en todo el territorio nacional. Así se explica que en sólo un mes Ciudadanos haya perdido seis puntos y medio de intención de voto. Un batacazo formidable que pone de relieve la debilidad de las fidelidades políticas que se han granjeado hasta ahora los partidos emergentes.

Dicen los expertos que 6 de cada diez votantes de Ciudadanos en las elecciones municipales votaron al PP en las últimas elecciones generales. Cabe pensar, por lo tanto, que se trata de electores defraudados con los malos hábitos de la derecha -corrupción, endogamia, altivez, abandono de los principios programáticos-, pero no con sus banderas ideológicas. Ayudar a arriarlas para que ondeen en el mástil de la vida pública las que enarbolan los populismos comunistas y nacionalistas es la mejor manera, la más rápida y eficaz, de convertir un proyecto político renovador en un egregio cadáver prematuro.

Pondré como ejemplo de lo que está pasando en muchos municipios españoles el caso de uno que conozco bien. En Benicasim, uno de los muchos tesoros turísticos de Castellón, la disyuntiva que se plantea el día 13 es que gobierne en minoría la lista más votada, la del PP, o que lo haga el candidato del PSOE, con la mitad de concejales, apoyado por Comprimís y Podemos. Ciudadanos se niega a facilitar que los populares retengan la alcaldía porque en sus listas hay varios imputados por una presunta irregularidad administrativa (que no supuso el enriquecimiento de nadie), pero no ve ningún reparo de mayor cuantía en hacer posible que la amalgama de socialistas, nacionalistas y comunistas desembarquen juntos en el equipo de gobierno del consistorio municipal. Conozco a varios votantes benicassuts que, hartos de darle cobertura a los de Rajoy, se mudaron a la urna de Rivera para depurar malos modos, pero no para poner en riesgo principios ideológicos básicos que suponían a salvo en su nueva apuesta política. Ninguno de ellos, si se consuma el día 13 la alternancia, tiene intención de confiar de nuevo en Ciudadanos. ¿Lo sabe Rivera? ¿Ha hecho el cálculo del precio de su intransigencia?

Es absurdo que una norma de conducta que, de hecho, produce el efecto de abrirle las compuertas del poder a amalgamas de aluvión forjadas a espaldas de las urnas pueda ser puesta como ejemplo de pauta de regeneración política. Cambiar lo malo por lo peor sólo por justificar fuerza motriz para promover el cambio no sirve para generar ilusión, sólo ahuyenta la clientela. Las urnas del 24 de mayo clamaron por el cambio, sí. Pero por el cambio a mejor. Parece que Rivera no se ha dado cuenta.

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