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El miedo contra el miedo

La democracia fue una conquista de casi todos, no sólo de unos pocos. Precisamente por eso es un delito de lesa majestad querer cargarse el régimen del 78.

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Le he oído decir a Fede (Fede es Federico Jiménez Losantos, para que no haya dudas) que hace cuarenta años los antifranquistas como él, cuatro gatos agrupados en las sentinas del PC, veían al Régimen como una especie de muralla inexpugnable, a salvo de cualquier amenaza opositora. Libertad Digital tiene colgado un reportaje muy interesante donde algunos de los más conspicuos antifranquistas de la época –Leguina, Sánchez Dragó, Jesús Cacho, Amando de Miguel y el propio Federico– cuentan cuál era su estado de ánimo mientras el dictador agonizaba en noviembre del 75. La impresión unánime que trasmiten los cinco es que se sentían muy poquita cosa. Ni habían conseguido que Franco abandonara el poder ni pudieron evitar que muriera en la cama. Escuchado ahora casi resulta un testimonio enternecedor.

Si me hubieran preguntado a mí, que viví aquello en el recinto de la presunta fortaleza, no extramuros de ella, hubiera dicho que los prebostes del Régimen, en cambio, les veían mucho más peligrosos de lo que ellos se veían a sí mismos. Les tenían miedo. Casi nadie lo sabía entonces, pero el franquismo era un lobo de taxidermista. Acojonaba, desde luego –de un modo descaradamente exagerado para la poca energía que conservaba–, pero también se dejaba acojonar. Y mucho. Tal vez era Franco el que estaba más convencido de todos de que a él y a su débil entramado institucional no le quedaba ni media leche. El hombre llevaba, de hecho, varios años dando tumbos.

Cuando asesinaron a Carrero, en diciembre del 73, su guardia pretoriana no se atrevió a despertarle por miedo a que el impacto de la noticia le mandara al otro barrio. Fue el último en enterarse de que el almirante había volado por los aires y cuando se atrevieron a decírselo, tres horas más tarde, aún le edulcoraron la noticia diciéndole que estaba gravemente herido. No tuvo fuerzas para ir al entierro. Cuando oyó las salvas de honor que llegaban del cementerio de El Pardo, mientras él tomaba el té en una salita de su palacio, rompió a llorar como un niño. Ya mandaba tan poco que ni siquiera pudo elegir libremente al presidente del Gobierno que debía sustituir al fallecido. Él quería a Nieto Antúnez, para que un almirante de lealtad inquebrantable sucediera a otro, pero sus ayudantes le comieron el coco para que nombrara a Carlos Arias, a quien él había descartado días antes durante un despacho con Torcuato Fernández Miranda.

El aliento inicial de Arias, jaleado desde atrás por Pío Cabanillas, tuvo una cierta ambición aperturista. Incluso llegó a redactar un decreto-ley que desmantelaba la estructura organizativa del partido único. El ministro secretario, Utrera Molina, fue al Pardo con el chivatazo en la primavera de 1974. Franco se asustó tanto que desde entonces escondió debajo de su colchón una metralleta belga. Al poco tiempo le sobrevino la flebitis. El 18 de julio, mientras los archipámpanos del Régimen celebraban en La Granja el trigésimo noveno aniversario del glorioso alzamiento nacional, Franco veía una película desde la cama. El argumento le conmovió hasta el punto de provocarle una fuerte hemorragia bucal y anal que le tuvo esa noche al borde de la muerte. Los médicos, cuando la enfermedad hubo remitido, reanimaron al paciente a base de marchas militares. Aquella musicoterapia le sacó de la espesura oscura de los negros presentimientos y le hizo regresar al pasado, a la época donde su autoridad personal no era discutida por nadie. Decidió que las fuerzas no volverían a flaquearle y que volvería a empuñar el timón con el pulso firme de siempre.

El subidón de testosterona castrense de Franco le costó la vida a los tres miembros del FRAP y los dos de ETA político-militar que fueron fusilados en septiembre de 1975. Un año antes, el atentado terrorista de la calle del Correo, junto a la Dirección General de Seguridad, se había llevado por delante a once personas y había dejado malheridas a otras ochenta. El dictador tenía que reafirmar su autoridad. Y lo hizo. De nada sirvió el aluvión de peticiones de clemencia que llegaron desde todos los puntos del planeta. Pero también sirvió (me refiero al subidón de testosterona) para pararle los pies al grupo más ultra del Régimen, que nunca dejó de conspirar para impedir que el príncipe Juan Carlos se convirtiera en sucesor a título de rey. Franco soportó aquella presión, como casi todas, dando una de cal y otra de arena. En octubre de 1974 dejó caer a Pío Cabanillas y a Barrera de Irimo para contentar a los falangistas de Girón, pero poco después –en marzo del 75– permitió que Arias borrara del Gobierno a los baluartes más significados del búnker. Arias se plantó ante él y le dijo: "Si no tengo su confianza, prefiero irme". Y Franco le dio carta blanca.

Lo hizo, entre otras cosas, porque sabía que su obra no tenía la más mínima posibilidad de perdurar. Adolfo Suárez fue a verle en junio de 1975, recién nombrado presidente de la asociación política UDPE, y se atrevió a decirle: "La llegada de la democracia será inevitable porque lo exige la situación internacional. España es una isla. La gente respeta a Franco, pero no quiere esta situación. La gente quiere homologarse con lo que hay fuera, y cuando Franco falte, ese deseo de un futuro democrático para España será imparable". Cuando Suárez me lo contó me dijo que el mundo se hundía bajo sus pies mientras aguardaba la respuesta. Pero Franco, después de un silencio glacial, acabó por responder: "Entonces, Suárez, habrá que ganar el futuro democrático para España".

Franco tenía claro –y la mayoría de los políticos, y unos pocos militares, y casi todos los ciudadanos– que no había franquismo posible sin Franco y que España, más pronto que tarde, acabaría homologándose con el resto de Europa. Pero eso no significa que no tuviera miedo. Tenía más miedo él de los opositores al Régimen que los opositores al Régimen de él. El 22 de noviembre de 1975, con el cadáver de Franco recién sepultado bajo una losa de ocho centímetros y mil quinientos kilogramos de peso en la basílica del Valle de los Caídos, su viuda acudió al Ministerio de Justicia para revisar el borrador de las mercedes nobiliarias que le había concedido el Gobierno. El jefe de la Casa Civil del Generalísimo le dijo al ministro: "Hay que dejarlo todo arreglado antes de que los acontecimientos se precipiten y el riesgo de la revancha adquiera proporciones temerarias". El Rey, al saberlo, se enfadó:

¿Miedo? ¿Miedo de qué? Los Franco sabían, porque yo se lo había repetido hasta la saciedad, que mi primera preocupación en cuanto estuviera a la cabeza del Estado sería impedir por cualquier medio que se hiciera un memorial de agravios cometidos por el régimen franquista. Empantanarse en revanchas y venganzas personales hubiera supuesto un retorno a los tiempos de la posguerra civil.

"Nosotros pensábamos que la dictadura era muy fuerte –declaró Felipe González en un reportaje televisivo sobre la transición– y que era muy arriesgado enfrentarse con ella. No podíamos, de ninguna manera, apreciar hasta qué punto la dictadura era frágil y tenía miedo de cualquier cosa. Tenía miedo hasta de una concentración de doscientos estudiantes en la universidad. Por cosas así, según hemos sabido después, la dictadura se ponía en crisis interna".

Dice Fede, al final del reportaje de Libertad Digital, que lo único que jamás supuso es que los franquistas iban a traer la democracia. "Para eso –afirma– es para lo único que los antifranquistas no estábamos preparados". Pero creo, humildemente, que Fede se equivoca. La democracia no la trajeron los franquistas. La democracia la trajo la demanda de los ciudadanos. En la España de hace cuarenta años ya no quedaban apenas franquistas. Unos pocos, atrincherados en reductos de intransigencia fanática, trataron de torpedear el proceso y los demás se quitaron de en medio. Del entramado institucional sólo quedaba en pie un cascarón de atrezo. La democracia fue una conquista de casi todos, no sólo de unos pocos. Precisamente por eso es un delito de lesa majestad querer cargarse el régimen del 78 poniendo en cuestión su fuente de legitimidad.

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