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La idiocracia de siempre

Sánchez, que llegó al poder con ayuda de los mismos sediciosos que ahora promete mantener a raya, repite, corrige y aumenta el error de Rajoy.

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Mariano Rajoy junto a Pedro Sánchez hace un año. | EFE

La maldición salada de mirar hacia atrás solo admite la excepción de aprender de los errores pasados para no volver a cometerlos en el futuro. La tradición de los primeros aniversarios nos obliga a recordar lo que pasó. Ya hemos doblado el recuerdo de las leyes de desconexión. En las próximas horas le tocará el turno a la Diada que prendió la mecha del referéndum. Y a continuación, todo lo demás: el 1-0, la declaración de independencia, la aplicación tardía del 155, la huida de los cobardes, el encarcelamiento de los otros líderes de la rebelión…

Recuerdo muy bien cuál era el razonamiento gubernamental en aquellas fechas. Se resume en una frase de tres letras. "No se atreverán". Puigdemont o Junqueras salían todos los días en público a anunciar lo que iban a hacer y el Gobierno respondía en privado que era un farol. Según esa doctrina empecinadamente negacionista no iba a pasar nada de lo que pasó. Pero pasó. Y estos días lo estamos recordando como un dejà vu de lo que nos aguarda a partir del martes. Hemos entrado en bucle. Lo que pasó hace un año está volviendo a pasar. En términos idénticos. Algunos papeles han cambiado de protagonista, pero la historia es exactamente la misma.

Que Rajoy no actuó a tiempo es un hecho objetivo que no admite discusión cuando se analiza con la perspectiva del tiempo transcurrido. Si lo hubiera hecho, las leyes de desconexión no se habrían aprobado y los independentistas no hubieran podido invocarlas para convocar el referéndum. Nos habríamos ahorrado el bochorno de ver abiertos los colegios electorales, que según el Gobierno no iban a abrir, pertrechados con urnas que según el Gobierno no existían. Sin referéndum, el fantasma del mandato popular del 1-O seguiría encadenado en su mazmorra y el drama del último año se habría escrito de otra manera. No sé si mejor o peor, pero distinta.

En tiempos de Rajoy se daba por hecho que ERC, que según las encuestas era la formación hegemónica en la orilla independentista, no malograría su gran oportunidad de llevar a Junqueras a la presidencia de la Generalitat exponiéndose a que le inhabilitaran. También se decía que el miedo a la cárcel embridaría los ánimos de Puigdemont y Forcadell. Y que en último término, si las circunstancias lo requerían, siempre quedaría la baza nuclear del 155. Ahora sabemos que ese argumentario era una memez soberana, la paja mental de un voluntarismo estúpido que puso al Estado de rodillas a cambio de nada.

Sánchez, que llegó al poder con ayuda de los mismos sediciosos que ahora promete mantener a raya, repite, corrige y aumenta el error de su antecesor. Por eso merece una admonición más severa. Si hay algo peor que un pardillo es un pardillo sabiondo. Él cree que su oferta de diálogo será fructífera. Y si no lo es, que la experiencia de la cárcel -no ya como amenaza teórica, sino como experiencia consumada- mantendrá a los rebeldes en el ámbito de las bravatas, donde la retórica es flamígera pero inofensiva. Y en el peor de los casos, si llega a ser menester -cosa harto improbable-, que el botón nuclear del 155 nos preservará de males mayores.

Mucho me temo que este curso estamos condenados a ver que Sánchez también se equivoca. En todo. Ni la oferta de diálogo le va a funcionar más que a Rajoy (salvo que esté dispuesto a entregar lo que le piden, claro), ni la experiencia penitenciaria arredrará los ímpetus sediciosos, ni la invocación del 155 conjurará el desafío. Seamos serios, ¿de qué sirvió su aplicación cuando Rajoy, Sánchez y Rivera la acordaron? Un año después, las cosas están como estaban: la Generalitat vuelve a tener el control del dinero, el diplocat ha reabierto sus embajadas, el Parlament sigue dominado por el absolutismo independentista y el discurso institucional persevera en su propósito de ejercer el derecho a la autodeterminación de Cataluña. Se podrá argumentar, como contrapartida, que hace un año los líderes de la rebelión no estaban en la cárcel o no eran prófugos de la justicia. Y es verdad. Como también lo es que ese hecho no se debe a la aplicación del 155. Los jueces hubieran actuado exactamente igual aunque no hubiera entrado en vigor. La observancia de la ley les obligaba a hacerlo.

La conclusión es que, un año después, en vísperas de que la historia se repita, las cosas siguen igual o peor de lo que estaban: el plan de la sedición, intacto. El Gobierno, inmóvil. Y la oposición, a tortas. No hemos aprendido la lección. La mirada al pasado no está sirviendo para prevenir el futuro. Deberíamos convertirnos en estatuas de sal. Nos hemos ganado el derecho a que las generaciones futuras nos llamen gilipollas.

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