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La trampa

Conocemos los tres errores del CIS, lo que no sabemos es el objetivo de la estrategia. ¿Qué debería hacer el votante de derechas para cambiar las cosas?

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Los expertos han explicado los tres errores de método del CIS. | Pixabay

Los expertos me han explicado muy bien los tres errores de método que delatan la mangancia del último CIS. Casi una cuarta parte de los encuestados —el 23,9% para ser exactos— son votantes del PSOE. La sobremuestra es abusiva. El porcentaje correcto debería haber sido el 14,9. Nueve puntos menos. A partir de ahí, los resultados del sondeo son fruto de un árbol envenenado. Por si esa chapuza no fuera motivo suficiente de impugnación, añádanse al pliego de cargos estas otras dos: también se interroga a más parados de los que tocan y la totalidad de los indecisos —mayoritariamente adscritos al bloque de la derecha por la sobreabundancia de opciones que tienen a su alcance— se les ignora como si no existieran. La conclusión está clara: la trampa es de las gordas. Sabemos cómo se ha hecho. Lo que no sabemos es por qué.

¿Para favorecer al PSOE? Extraña manera de intentarlo. Si de lo que se trata es de movilizar al electorado de la izquierda —el que se quedó en casa en las elecciones andaluzas—, trasladarles el mensaje de que bastará la ayuda de Podemos para llegar a la mayoría absoluta parece un camino equivocado. A quien de verdad moviliza ese pronóstico es al electorado de la derecha, que a partir de ahora no dejará de rascarse la cabeza cavilando qué debe hacer para impedirlo.

Hay quien dice que Tezanos ha borrado de la ecuación de los pactos post electorales a los partidos independentistas —manifiestamente prescindibles si se cumpliera la predicción del CIS— para que los votantes del PSOE que están cabreados con Sánchez por haberse acogido a la fórmula Frankenstein se queden sin excusa para negarle el voto. La nueva aritmética parlamentaria que emerge de la chistera tezanista ya no exige el pago de peajes a los inductores del procés. A mí, humildemente, me parece un razonamiento demasiado alambicado. Primero porque suena a inverosímil y, segundo, porque incentiva el castigo a Sánchez por sus fechorías pasadas, teniendo en cuenta que infringirlo no pondría en riesgo la sujeción de Vox a posiciones alejadas del poder. El partido de Abascal, según Tezanos, no solo retrocede en intención de voto sino que forma parte de una coalición —la del tridente del centro derecha— que cada vez se aleja más del abracadabra de los 176 escaños.

Si ese fuera en verdad el paisaje que nos aguarda a la vuelta de la esquina, ¿qué debería hacer el votante de la derecha para cambiar las cosas? El mero hecho de formularse esa pregunta supone abrir el debate del voto útil. Me contó el otro día en la radio el director de NC Report —la empresa demoscópica que le hace las encuestas a La Razón— que según sus datos Vox rondará los dos millones y medio de votos el 28 de abril. Una cosecha estimable que, sin embargo, tendrá mucho de melancólica: más de la mitad de esos votos —me dijo— no se traducirán en escaños porque la ley D´hont reduce a diez el número de circunscripciones donde puede obtener representación parlamentaria. Las papeletas que consiga en las otras 42 provincias sólo servirán para embellecer su estadística porcentual la noche del recuento. Desde el punto de vista práctico, en cambio, su valor es próximo a cero.

A Pablo Casado le gustaría que Abascal, en vista del panorama, desistiera de presentar candidaturas en las plazas que le son inexpugnables, pero el político vasco no está por la labor de acceder a la demanda del presidente del PP. Y probablemente hace bien. Para el buen fin de su proyecto —la consolidación del nuevo partido— es más importante acreditar la dimensión de su apoyo social que inmolarse en beneficio de un logro cortoplacista, el de desbaratar la mayoría de Sánchez, que solo predice un CIS tramposo y torticero. Yo, en su pellejo, haría lo mismo, aunque al hacerlo cayera en la trampa de estar cavando mi propia tumba.

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