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Católicos en la corte del rey Obama

Sin duda, el catolicismo se ha convertido en un factor político de gran importancia en la política americana.

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El gran Alexis de Tocqueville anticipó la importancia que tendría en catolicismo en la democracia americana. Efectivamente, hacia finales del siglo XIX la simbiosis entre catolicismo y democracia en América provocó suspicacias incluso en el Vaticano acerca de lo que con el tiempo sería la ideología democristiana, hasta el punto de que el papa León XIII se vio forzado a publicar una carta pontificia (Testem Benevolentiae) admonitoria sobre lo que se percibía entonces como una desviación, que llamaría americanismo. Paradójicamente la primera manifestación contemporánea de cierto antiamericanismo ideológico-religioso, que sin embargo no impidió un ascenso progresivo de los católicos en la política del siglo XX, desde Al Smith hasta JFK. Pero como todas las prognosis sociológicas, la de Tocqueville no pudo prever las consecuencias no deseadas.

¿Qué tienen en común senadores demócratas católicos (y millonarios) como Ted Kennedy (q. e. p. d.), Joe Biden, Christopher Dodd y John Kerry, y los zares-consejeros de la Casa Blanca John Brennan, Tom Donilon y Denis McDonough, asimismo católicos? Aparte de pertenecer a la corte de Obama, todos, de jóvenes, tocaron o cantaron al son de la guitarra en la Misa (la gran aportación del Concilio Vaticano II a la liturgia católica fue la introducción de la guitarra en la Misa). De la liturgia pasaron a compartir una doctrina: la Teología de la Liberación. Un catolicismo social o sociata, y una gran tolerancia, cuando no complacencia, con el feminismo, el movimiento gay, el multiculturalismo, el aborto, el adulterio y el divorcio. Finalmente, todos acabarían apoyando también el matrimonio homosexual. Todo ello encaja perfectamente en la ideología progresista del Partido Demócrata, pero tiene poco que ver con el catolicismo. De hecho, algunos obispos (la verdad, muy pocos) han amenazado con la excomunión a algunos de los senadores mencionados, por sus apoyos a las políticas abortistas. Pero en general la jerarquía católica americana ha preferido hacer la vista gorda, y a veces ir en dirección contraria, como sucedió en el vergonzoso funeral del poco ejemplar Edward Kennedy en la basílica de Boston, concelebrado por cardenales, obispos y sacerdotes.

El senador Kennedy y su clan (incluido el gobernador Andrew Cuomo, divorciado de una Kennedy), como es sabido, desempeñaron un papel decisivo en las primarias presidenciales de 2008 avalando al senador Obama frente a la senadora Clinton, ya que el mulato encarnaba mejor, según la opinión de la sosa Caroline Kennedy, el estilo cool y el legado de JFK (se le olvidó a la célebre hija que su padre, pese a sus muchos defectos privados, era firmemente pro-life, un guerrero frío anticomunista y un partidario de bajar los impuestos). Obama, el presidente más favorable al aborto y los impuestos de la historia, desde su juventud coqueteó con el neocomunismo (por influencia de su padre y de su mentor Frank Davis, así como del radical Saul Alinsky, que indirectamente inspirará su ideología –mitad Gramsci, mitad Capone– de organizador comunitario, donde se encontrará con otros radicales como Bill Ayers y Jeremiah Wright). La Teología Negra del reverendo Wright le llevará a sintonizar con la católica Teología de Liberación del reverendo Michael Pfleger. Una corriente precursora de ésta, representada por otro discípulo de Alinsky, César Chávez y un renacido Robert Kennedy –tras superar una profunda depresión por el asesinato de su hermano en 1963–, tendrá ramificaciones que alcanzarán a Obama. Entre los jóvenes activistas de la campaña presidencial de RFK, trágicamente truncada en 1968, se encontraba un progresista católico como Greg Creig, abogado de Fidel Castro (en el infame asunto del niño balsero Elián Gonzalez, y en otros más oscuros) que terminará incorporándose a la Administración Obama como consejero presidencial y zar para la política latinoamericana. Otro católico progre, Miguel Díaz, profesor de Teología, será embajador en el Vaticano.

Toda corte tiene su bufón, y en la de King Obama le ha correspondido el puesto a Joe Biden, el plagiario de la risa tonta y las meteduras de pata (su gaffe más famoso fue cuando describió a Obama en las primarias como "un afroamericano limpio y articulado"). John Kerry, especialista en esposas millonarias (van dos), será el próximo secretario de Estado, pese a su pasado antiamericanismo plagado de mentiras sobre Vietnam.

Pero la célula de católicos más poderosa es una que se ubica en la Casa Blanca y conformada por los zares de la Seguridad Nacional, expertos en la politización y manipulación de la Inteligencia (como ocurrió en el reciente desastre de Bengasi): John Brennan, designado ahora para asumir la dirección de la CIA; Tom Donilon, consejero de Seguridad Nacional; Denis McDonough, adjunto del anterior pero posiblemente próximo jefe de Gabinete del presidente.

Sin duda, el catolicismo se ha convertido en un factor político de gran importancia en la política americana. Piénsese que, actualmente, de los nueve miembros de la Corte Suprema, seis –incluido el presidente– son católicos (Roberts, Scalia, Thomas, Kennedy, Alito y Sotomayor; los tres restantes son judíos). Con casi 78 millones de fieles, la Iglesia Católica es la denominación religiosa mayoritaria, y supone un bloque de votantes considerable. Tradicionalmente orientado hacia el partido Demócrata, hoy el voto católico no siempre es congruente en las guerras culturales de la nación. Los conservadores siguen siendo una minoría (inercia ante un americanismo progresivamente secularista), aunque muchos puedan estar de acuerdo con ciertos principios y valores tradicionales (defensa de la familia, rechazo del aborto y del matrimonio homosexual), una mayoría sigue mesmerizada por las políticas sociales y de bienestar promovidas por el socialdemócrata Obama, que tras su reelección ha adoptado lo que algunos críticos (Sean Hannity, Mark Steyn, Charles Krauthammer, Rand Paul...) perciben como un claro King complex. Revistas católicas en sintonía con el régimen obamita, como Commonwealth ­­–de gran influencia en la clase media ilustrada– o la clásica de los jesuitas –America–, alimentan una visión progresista de un americanismo mucho más heterodoxo y peligroso, a mi juicio, que el postulado a finales del siglo XIX por el cardenal Gibbons y el arzobispo Ireland, injustamente amonestados entonces por el Vaticano.

En la oposición política, Sean Hannity y Bill O'Reilly, de la cadena Fox, y algunos escritores de National Review y First Things (continuando el legado de William F. Buckley y Richard J. Neuhaus) constituyen los últimos baluartes públicos eficaces del conservadurismo católico en el debate ideológico y las guerras culturales, que en la arena estrictamente política tiene muy contadas aunque fuertes personalidades: Newt Gingrich, Paul Ryan, Marco Rubio, Susana Martínez, Bobby Jindal, Robert McDonnell...(A Chris Christie, de momento, le ponemos entre paréntesis y a régimen).

Manuel Pastor, director del Departamento de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid y presidente del Instituto de Investigación Conde de Floridablanca.

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