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Manuel Pastor

Madrid será la tumba del ‘antifascismo’

Lo verdaderamente triste y despreciable de la situación que estamos viviendo es la sucia retórica guerracivilista.

Manuel Pastor
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Lo verdaderamente triste y despreciable de la situación que estamos viviendo es la sucia retórica guerracivilista.
EFE

Se atribuye a Huey Long, gobernador y senador demócrata disidente de Louisiana, la aguda predicción en los años 30 de que el fascismo, si algún día llegaba a América, lo haría disfrazado de antifascismo

Por las misma fechas y de manera similar, en España, el honrado socialista Julián Besteiro insinuó que el antifascismo de Francisco Largo Caballero y los radicales del PSOE durante la insurrección de octubre de 1934 era más parecido al fascismo que la propia CEDA, cuya victoria electoral –democrática– e incorporación al Gobierno fue el pretexto o justificación para la agresión violenta y anticonstitucional de las izquierdas.

Huey Long sería asesinado en 1935 por gangsters de su propio partido. Besteiro sería marginado y liquidado políticamente por el PSOE en 1939, tras participar en el golpe anticomunista de Casado. 

Los tristes sucesos del pasado día 7 en Vallecas (tristes para la pobre y enferma democracia española) ilustran la gran confusión existente en los debates y discursos políticos de nuestras izquierdas, que manipulan obscenamente la opinión pública. 

En La fatal arrogancia, F. A Hayek cita un aforismo de Confucio: “Cuando las palabras pierden su significado, las personas pierden su libertad”. Sería conveniente recordarlo siempre que se discutan los auténticos significados de palabras como comunismo, anticomunismo (y anti-anticomunismo, expresión inventada por los conservadores norteamericanos William F. Buckley Jr. y L. Brent Bozell en 1954), fascismo, antifascismo (y anti-antifascismo, expresión propuesta por mí en La Crítica el 6 de julio de 2020), etc.

Durante la Guerra Civil, en noviembre de 1936, las izquierdas colocaron una gran pancarta en la calle Toledo de Madrid con un texto que se haría famoso:

¡No pasarán! El fascismo quiere conquistar Madrid. Madrid será la tumba del fascismo.

Ya se sabe lo que pasó. Ahora vemos repetirse los eslóganes y manifestaciones de una quimérica resistencia contra un quimérico fascismo. El título que he elegido para este artículo, cautelosamente, lleva entrecomillado antifascismo. Lo cual es plausible en cuanto al posible resultado de las elecciones autonómicas madrileñas del próximo 4 de mayo.

Lo verdaderamente triste y despreciable de la situación que estamos viviendo es la sucia retórica guerracivilista, impuesta por los partidos radicales y desde las propias instancias gubernamentales. El inevitable y terrorífico pensamiento que invade nuestras mentes es obvio.

¿Estamos ante un nuevo tipo de guerra civil? Otra vez España está polarizada y tenemos un Frente Popular social-comunista, con el apoyo de los separatismos, en el Gobierno de la Nación. En 1936-39 las izquierdas se beneficiaron de la colaboración militar de la URSS, aunque al final resultó insuficiente. Ahora esas izquierdas se han beneficiado de la colaboración –accidental o no– de la China comunista en una guerra de nuevo tipo, con armas invisibles pero trágicamente eficaces, ya que en solo un año las víctimas mortales están cerca de 140.000, según algunas estimaciones.

Mi pensamiento desiderativo es que ahora también resulte insuficiente la contribución china y que Madrid, siendo la tumba del antifascismo, marque el camino para reencontrar la senda democrática, liberal y constitucional.

Probablemente ya caducó la era del bipartidismo que hoy añoran Pedro y Pablo (Sánchez y Casado). El trumpismo ha sido un ejemplar revulsivo en EEUU, un disruptor del establishment y la partitocracia. Conscientes o no, partidos como Vox y otros representan el mismo fenómeno en la vieja Europa. Pero el bipartidismo no debe sustituirse por un multipartidismo de asociaciones narcisistas que luchen por el poder, fragmentando disfuncionalmente la representación parlamentaria, sino por una estructura bipolar de grandes coaliciones o alianzas concurrentes (especialmente necesarias en el centro-derecha). 

Volviendo al lamentable 7 de abril vallecano. Rigurosamente, el antifascismo puede presentar rasgos de fascismo, pero esencialmente es comunismo (ambas ideologías usan por sistema la violencia y el terror). En España, hoy, el fascismo no existe. Como ha escrito el maestro Stanley G. Payne, máximo especialista en la materia, es un enemigo imaginario, solo creíble desde el delirio o el cinismo de la extrema izquierda: “Aunque el fascismo prácticamente ha desaparecido, el antifascismo no. Un antifascismo sin fascismo permite crear exactamente el tipo de enemigo, uno que de hecho no existe”. Mi opinión es totalmente coincidente con la del maestro Payne,  como ya expresé hace más de dos años (“¡Que viene el fascismo!”, La  Crítica, 25 de marzo de 2019). 

Hablando claro, y asumiendo que el antifascismo es una quimera porque el fascismo no existe, el próximo 4 de mayo Madrid más bien pudiera ser la tumba de un socialismo y un comunismo anacrónicos.

En España

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