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Marcel Gascón Barberá

Dos lemas falangistas

Vivimos de nuevo tiempos de adhesiones forzosas y prietas las filas, en la lograda expresión que dio título al himno del Frente de Juventudes de la Falange Española Tradicionalista y de las JONS.

Marcel Gascón Barberá
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Vivimos de nuevo tiempos de adhesiones forzosas y prietas las filas, en la lograda expresión que dio título al himno del Frente de Juventudes de la Falange Española Tradicionalista y de las JONS.
Marcel Gascón

Vivimos de nuevo tiempos de adhesiones forzosas y prietas las filas, en la lograda expresión que dio título al himno del Frente de Juventudes de la Falange Española Tradicionalista y de las JONS. Me he ha hecho escribir sobre esto el hallazgo fortuito, en varias páginas de internet que nada tienen que ver con la política, de banderas arcoíris y mensajes de apoyo a un movimiento antisistema como el Black Lives Matter. Banderas y pancartas que no despliegan usuarios anónimos o oenegeros menesterosos a los que les va, literalmente, la vida en ello. El despliegue gratuito de sentimentalismo minoritarista viene, nada menos, que de multinacionales-símbolo del capitalismo más exitoso (salvaje, dirían otros). Estos genios del comercio, créanme, saben lo que vende y lo que les conviene. Que sus community managers hayan sido instruidos en la adhesión sin matices a las referidas causas da una idea clara de hacia dónde sopla el viento, y de qué posición hace ganar dinero en este debate.

Vivimos, decía al principio, tiempos de adhesiones forzosas y prietas las filas. Y decía "de nuevo" porque la humanidad ha conocido en el pasado muchas otras eras de sacrificio obligatorio en el altar de unos u otros valores decretados como superiores. Eras en que la mera falta de entusiasmo por lo que entonces se consideraba 'el bien' supusieron la crucifixión, la lapidación y la hoguera, la guillotina o la ejecución y la horca, dependiendo de los usos de la época en materia de ajusticiamientos. Algo hemos avanzado cuando las piedras que se le tiran al hereje son ahora tweets, y la muerte del disidente sólo es civil.

Estos tiempos de grandes ideales transformadores que convierten la opinión y hasta el temperamento del individuo en irrelevantes ante el bien superior del momento tuvieron su último apogeo en los años treinta, la década trágica que desembocó en el Holocausto y la II Guerra Mundial. Su desenlace trajo para la mitad occidental de Europa una larga tregua del recurrente impulso humano hacia la utopía. Durante más de medio siglo los gobernantes renunciaron a redimir a los gobernados –el Gobierno de España lo llama no dejar a nadie (!) atrás– y se limitaron al mucho más razonable propósito de buscar el mayor bienestar posible para el mayor número de personas posible. Esta concepción de la política que por comparación con la que prima hoy puede calificarse de modesta hizo más por la igualdad y la dignidad del pobre de lo que nunca han logrado los forjadores de paraísos en la Tierra.

Y seguramente fueran los resultados espectaculares en Europa y Norteamérica de esta manera de entender la política los que llevaron a unas élites aburridas y sin grandes retos en la existencia mullida que les había proporcionado el sistema a abrazar nuevos ideales a los que consagrarse, en busca de sentido y emociones fuertes que ya no encontraban en lo personal. (Ideales por otra parte legítimos y saludables, hasta que se embarraron en la creencia a la fuerza totalitaria de que es posible combatir el prejuicio íntimo, por dañino y execrable que este sea, a través de la legislación y la ingeniería social).

La pionera en todo esto fue, a ambos lados del Atlántico y en los años sesenta, una minoría entonces exigua pero lo suficientemente influyente como para llegar a cincelar por completo un discurso público ya del todo sometido a una forma de pensar que quizá sirviera para liberarse del aburrimiento y el vacío existencial, pero que está por ver si vale para mantener y renovar la vida próspera y en seguridad y libertad que sí fue capaz de crear el orden que hoy se declara muerto.

El lema falangista "Prietas las filas" describe perfectamente el lugar al que nos lleva este nuevo redentorismo que ya es acervo comunitario en la UE e imagen corporativa en cualquier empresa que aspire a seguir ganando dinero. Otro lema presuntamente falangista, que estaba esculpido en madera en la sede de la OJE en mi pueblo y que mi amigo Pacheco tomó como nombre de su grupo de rock, explica con precisión el origen: "Busca lo que nunca existió". Es decir, liberación personal (del tedio y la carencia de sentido) en un proyecto político de imposición al otro, y felicidad social a través de un proceso revolucionario negador de la realidad y la experiencia. Mil veces ensayado y que siempre acaba en lágrimas.

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