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Marcel Gascón Barberá

El chantaje del Open Arms

Europa no puede acoger a todos los que lleguen sin sacrificar su bienestar y su modelo de convivencia.

Marcel Gascón Barberá
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Europa no puede acoger a todos los que lleguen sin sacrificar su bienestar y su modelo de convivencia.
El Open Arms en Lampedusa | EFE

Después de casi tres semanas de chantaje, en las que rechazó todo compromiso para poner fin a la crisis, el Open Arms ha ganado el pulso a Salvini. El barco ha conseguido desembarcar en el puerto que quería gracias a una orden de la Fiscalía italiana que convierte al fiscal Patronaggio en el héroe de esta película que empezó a rodarse para que Salvini fuera el malo.

Dicen, quienes le aplauden, que el fiscal impuso la humanidad a la crueldad xenófoba de Salvini. Lo que no dicen es que sienta un precedente peligroso que tendría nefastas consecuencias para Italia si las autoridades que nos gobiernan se tomaran en serio sus decisiones. (No lo hacen, como tan bien ha demostrado Sánchez al abrazar las devoluciones en caliente que criticaba o lavarse las manos con un nuevo pasaje del Aquarius meses después de que lo invitara a atracar en Valencia invocando razones morales).

Es absurdo poner en duda que muchos de los refugiados que intentan llegar a Europa huyen de situaciones desesperadas y son merecedores de toda la compasión humana. Pero no lo es menos negar la obviedad de que Europa no puede acoger a todos los que lleguen sin sacrificar su bienestar y su modelo de convivencia, porque en el mundo hay más pobres y perseguidos de los que las naciones de éxito pueden absorber sin dejar de serlo.

La negativa del Open Arms de desembarcar en los puertos que tenía abiertos ha dejado claro que el principal objetivo de la ONG no es salvar la vida de aquellos que se la juegan para vivir en Europa, sino denigrar y presionar a quienes se atreven a decir sin remilgos que es insostenible dejar entrar a todos los que lo intenten.

"Están contentos no porque lleguen a tierra, sino porque cayó el ministro del Interior italiano, cayó Salvini", dijo el dueño del Open Arms, el español Óscar Campos, mientras los inmigrantes a bordo cantaban y saltaban momentos antes de desembarcar en Lampedusa.

Campos estaba visiblemente emocionado, pero no por el fin de la agonía dentro del barco, sino por la derrota política de Salvini. Decidir cuántos inmigrantes y refugiados acepta cada país es prerrogativa de su Parlamento y de su Gobierno, elegidos por el pueblo en las sociedades libres. Con una política de hechos consumados que utiliza el sufrimiento y la mala conciencia como armas, organizaciones como la de Campos tratan de imponer su agenda por encima de los procesos democráticos.

Al mismo tiempo, estas ONG desacreditan a las democracias liberales en las que aspiran a vivir los inmigrantes ilegales culpándoles del drama que viven. Ni una gota de la indignación de estos agitadores pseudohumanitarios de izquierdas salpica nunca a los regímenes dictatoriales y ultracorruptos que han empujado a los inmigrantes a echarse al mar.

El culebrón del Open Arms habrá abierto a muchos los ojos sobre las intenciones reales de quienes, queriéndolo o no, se han convertido en el último eslabón del engranaje de las mafias de la inmigración ilegal.

Pero su descarado chantaje seguirá funcionando mientras los políticos europeos no asuman lo que saben que es verdad y se quiten el miedo a que les llamen desalmados por honrar su juramento de aplicar la ley.

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