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Marcel Gascón Barberá

El 'Megxit' y el 'Kimiexit'

Frente a la apoteósis de la hipocresía de los ricos que juegan a ser normales, la verdad profunda de la apuesta de Alizadeh por la dignidad.

Marcel Gascón Barberá
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Frente a la apoteósis de la hipocresía de los ricos que juegan a ser normales, la verdad profunda de la apuesta de Alizadeh por la dignidad.
La medallista olímpica iraní de taekwondo Kimia Alizadeh | Cordon Press

Ya sé que es una pesadez esto de ponerle el sufijo -exit a todos los casos de alguien que se sale de algo, pero me lo permito esta vez para poder encajar en el título a nuestras dos protagonistas de esta semana.

Por un lado, lo habrán imaginado, tenemos a Meghan Markle de Sussex, princesa por casamiento que quiere dejar de serlo. Al otro extremo del escenario está la medallista olímpica iraní de taekwondo Kimia Alizadeh, que a sus 21 años acaba de desertar a Holanda harta de "las mentiras, la hipocresía y las lisonjas" del régimen que oprime "a millones de mujeres" en su país.

Empecemos por la más conocida. Meghan Markle tiene 38 años y es una exactriz americana que saltó al estrellato global gracias a su matrimonio con el príncipe Enrique de Inglaterra.

Menos de dos años después de una boda en la que decidió como si el boato fuera por ella, Meghan se ha caracterizado por ser un incordio constante para la familia real británica con su irritante asunción selectiva de las atribuciones de su cargo. (Aunque sería caer en la misoginia absolver a su marido como si fuera un niño de la responsabilidad en la charlotada que están montando.)

Mientras disfruta de la fama y las oportunidades casi ilimitadas que le da ser la Duquesa de Sussex, Meghan se hurta como si fuera un papa argentino al que quieren besarle el anillo si la prensa o los súbditos que la mantienen quieren hacerle una foto.

Ahora ella y su marido quieren dejar de ser parte de la Casa Real británica para no haber de someterse a los rigores que impone la monarquía. Pero sin dejar de utilizar el título de Duques de Sussex, de manera que puedan seguir explotándolo económicamente y viviendo del nombre de la monarquía de la que reniegan.

La ruptura de Meghan Markle y su esposo Enrique con la Casa Real habría tenido mucho de noble si su abdicación de las responsabilidades hubiera estado acompañado de una renuncia a todos los privilegios, algo que no les habría dejado en una situación particularmente desesperada teniendo en cuenta la inmejorable situación social de la que partiría el matrimonio para empezar una vida nueva sin asignaciones directas del erario público.

Abjurando de sus deberes mientras piden conservar parte de los privilegios, en cambio, confirman para buena parte del público su imagen de niños malcriados abonados al lloriqueo victimista y el postureo.

Lo absurdo de la situación que han creado la pone muy bien de manifiesto el comunicado emitido después de la reunión del lunes sobre su futuro por Isabel II.

La reina parece superada por los acontecimientos y ha acabado utilizando una fórmula tan poco aristocrática como "conversaciones muy constructivas" (como de ministro de Sánchez) para referirse al contenido de la cumbre, que no hizo más que comprar tiempo dando por empezado un período de "transición en el que los Sussex vivirán entre Canadá y el Reino Unido".

"Aunque hubiéramos preferido que continuaran siendo miembros activos a tiempo completo de la Casa Real, respetamos y entendemos su deseo de vivir una vida más independiente…", dijo también la reina sobre la condición de príncipes a media jornada a la que aspiran su nieto y la esposa.

A la sensación de que los Sussex son en sí mismos un interminable paripé bastante hortera contribuyen las explicaciones reveladas por la prensa británica sobre su elección de Canadá como destino para su nueva vida como medio royals. Según han dicho amigos de Meghan Markle al Daily Mail, los todavía Duques de Sussex no quieren vivir en Estados Unidos hasta que Trump -al que esta princesa amante del lujo de corazón izquierdista ha acusado de dividir a la sociedad y ser un "misógino"- deje de ser presidente.

"Para cuando termine Donald Trump su histórico segundo mandato, estos dos memos ya se han divorciado", ha escrito Hermann Tertsch en Twitter pronosticando una separación que no sorprendería a nadie, pues es bien sabido que quien no cumple sus obligaciones con terceros aún tiene menos aguante con quien tiene más cerca.

Ante todo este circo superficial, pretencioso y sin gracia que al final reforzará por comparación a los Duques de Cambridge es reconfortante asomarse a la historia de la Kimia Alizadeh, que se convirtió en 2016 en Río en la primera medallista olímpica de la historia de Irán y ha logrado huir a Holanda de la cruel teocracia estúpida que le tocó por gobierno.

El abrazo de la libertad por parte de Alizadeh tiene un coste elevadísimo para esta joven valiente, que deja atrás vida personal y atenciones públicas para escapar de la podredumbre espiritual a la que inevitablemente condena ese régimen.

Saber que está a buen resguardo en Holanda para denunciar abiertamente la represión contra la que se rebela provoca en todo humanista la sensación de optimismo y alegría que siempre da ver al preso de conciencia librarse de las garras de sus carceleros.

Frente a la apoteósis de la hipocresía de los ricos que juegan a ser normales, la verdad profunda de la apuesta radical de Alizadeh por la dignidad y la vida en libertad.

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