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Marcel Gascón Barberá

La Europa catalana

Un titular llamó mi atención: "El Parlamento Europeo despide con emoción a los eurodiputados británicos". ¿Emoción? ¿En el Parlamento Europeo?

Marcel Gascón Barberá
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Un titular llamó mi atención: "El Parlamento Europeo despide con emoción a los eurodiputados británicos". ¿Emoción? ¿En el Parlamento Europeo?
Los eurodiputados cantando el "Auld Lang Syne" | EFE

Un titular improbable llamó poderosamente mi atención a mediados de esta semana. "El Parlamento Europeo despide con emoción a los eurodiputados británicos". ¿Emoción? ¿En el Parlamento Europeo?

Lleno de curiosidad pinché en el titular para leer la noticia. Y allí me encontré con un vídeo de gente en traje cogida de la mano que cantaba y se balanceaba al ritmo entrañable de la dulce melodía de "Auld Lang Syne".

Esta canción que yo conocía en catalán como "L’hora dels adéus" es, según la prensa, "una canción escocesa utilizada para despedidas y otros momentos solemnes", y fue elegida por los eurodiputados para decir adiós al Reino Unido en el día en que confirmó el Brexit.

Por un momento, al darle al play al vídeo, pensé que era una escena de Cataluña. De uno de esos despliegues de sentimentalismo almibarado que yo solo había visto hasta ahora en las Diadas.

A la confusión inicial contribuyeron las bufandas casi azulgranas que colgaban del cuello de un grupo entregado de diputados remainers. Un autoaplauso también muy catalán, que madame Von der Leyen presidió con gesto de satisfacción conmovida y controlada (siempre todo controlado), puso fin a la performance.

Aún no había muerto el aplauso y el grupo de la bufanda se abrazaba a otros eurodiputados con el dramatismo del niño arrancado para siempre del abrazo de la madre.

Y entonces entró en twitter González Pons, que en el debate había querido darle épica a este proceso administrativo presentado su candidatura a ser el Churchill perfumado del Remain:

Al votar el Brexit nos hemos levantado los diputados y hemos empezado a cantar "Auld Lang Syne". Nos hemos cogido de la mano sin importar a qué partido político pertenecemos. Nuestros corazones se han rebelado. La paz es más importante que la política. El nacionalismo es la guerra.

Horas después, de la emoción aún cautivo, volvía a tuitear como si acabara de empezar la guerra:

Yo estaba ahí. Y canté. Y lloré. Perder al Reino Unido es una derrota para quienes ambicionamos una Europa unida y en paz.

¿Seguro que no estábamos en Cataluña?

Otro titular de la semana hacía referencia a las banderas que sacó Farage. Entré y puse el vídeo de su discurso. Era la primera vez que escuchaba a Farage, y su verbo tosco y autoparódico tuvo en mí el efecto de la insulina en el diabético, en este caso para bajar el atracón catalán de glucosa del coro de González Pons.

Asentí a su ataque a la élite comunitaria que quiere poder sin someterse al control del electorado y desprecia e ignora a quien le critica. Me hizo reír su mención a Guy Verhofstadt -"no more Guy Verhofstadt", que estaba en la sala, cerró su enumeración de ventajas del Brexit.

Farage y sus compañeros del Brexit Party -entre quienes se veía a una bella eurodiputada india- se despidieron ondeando pequeñas Union Jacks de oficina para indignación de la agria vicepresidenta del Parlamento, Mairead McGuiness.

"Si incumplen las normas se les quitará la palabra", le dijo al jovial Farage antes de amonestarle por usar la palabra "odio" -"amamos a Europa, solo odiamos a la Unión Europea", había dicho él- con ese gesto arrogante y severo que tan bien representa a la burocracia de Bruselas.

Y que, por seguir con en la temática catalana, es una fábrica de euroescépticos cada vez más productiva.

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